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Alfombra roja, desfile, brindis, declaraciones llenas de optimismo sobre el futuro de la relación bilateral y hasta un cierre con YMCA. Si uno mirara distraídamente la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, podría creer que asistió al encuentro entre dos socios decididos a limar asperezas.
En realidad, la escena reunió a los líderes de las dos potencias llamadas a protagonizar la gran disputa geopolítica que definirá el contorno del siglo XXI: una potencia dominante, pero en declive, y otra ascendente, que reclama para sí el lugar que supo tener como el imperio más prominente del mundo. Por algo Xi llevó a Trump al Templo del Cielo, el mayor ícono arquitectónico del poder imperial durante la dinastía Ming.
El banquete de Estado, los elogios prodigados, la insistencia de Xi en una relación “constructiva” y “estratégicamente estable”, y la invitación de Trump para que visite la Casa Blanca el 24 de septiembre forman parte de una estrategia de contención. Los dos saben que un choque frontal sería demasiado costoso. La apuesta, por ahora, es desarrollar amortiguadores.
El problema es que, detrás de la pompa, los resultados fueron magros. La reunión privada en el Gran Salón del Pueblo duró más de dos horas. Hubo coincidencias en seguir negociando para alcanzar acuerdos en comercio, minerales críticos, semiconductores y mucho más. Pero no hay ninguna señal de que esos acuerdos estén cerca de sellarse.
La Casa Blanca habló de una posible compra de petróleo estadounidense por parte de China y de un alivio arancelario sobre ciertos bienes no sensibles. La parte china, en cambio, evitó confirmar varias de esas versiones en los mismos términos.
No es casual. Trump llegaba más debilitado que en el encuentro anterior: menor aprobación, una economía más frágil y una presión política creciente ante la inminencia de las elecciones de medio término. Xi, en cambio, llegaba comparativamente más sólido, con más tiempo y menos urgencias. Esa diferencia de posiciones se sintió en el tono, en los silencios y en la falta de definiciones.

De Irán a Taiwán
El conflicto con Irán fue parte central del trasfondo del encuentro. Trump buscó, entre otras cosas, ayuda o al menos coordinación con china para estabilizar el frente energético y facilitar una reapertura más segura del estrecho de Ormuz. No por casualidad, la primera cita que resaltó la Casa Blanca tras la reunión fue que ambos coincidieron en que Irán no puede tener un arma nuclear.
Es un dato muy revelador. Trump soñaba con llegar a esta cumbre con la guerra resuelta a su favor. Llegó, en cambio, todavía condicionado por un frente que le consume capital político, encarece la energía y altera toda su agenda internacional. Para Xi, una ventaja obvia: le permitió sentarse como el líder sereno, previsible y estratégico frente a un rival más urgido.
De su parte, quedó claro que todo gira en torno a Taiwán. En su comunicado, Beijing volvió a definir la cuestión como la más importante de toda la relación bilateral y advirtió que un mal manejo por parte de Estados Unidos podría llevar al conflicto. Y ahí está el nudo verdadero de esta historia.
La ambigüedad estratégica que Washington sostuvo durante medio siglo, reconociendo formalmente la soberanía china sobre la isla mientras fortalecía de hecho a Taiwán, ya no resulta aceptable para una China mucho más ambiciosa. Beijing necesita la unificación no solo como causa nacional, sino como plataforma para consolidar su dominio sobre su mar Meridional.
El tema se volvió todavía más sensible durante la Era Biden, cuando el entonces presidente dejó varias veces de lado la ambigüedad para afirmar que Estados Unidos defendería a Taiwán ante una agresión. Nunca quedó del todo claro cuánto había de doctrina y cuánto de desliz en esas frases.
Cuando le preguntaron por el tema, Trump evitó responder. Muchos en el Pentágono están inquietos. Saben que toda la puesta en escena de Xi está orientada a persuadirlo de que, llegado el momento, no intervenga. Marco Rubio afirmó en una entrevista que, por ahora, la posición estadounidense respecto de Taiwán no se modificó.

Argentina en un mundo bipolar
Para la Argentina y para el resto del mundo, la magnitud del encuentro confirmó algo más profundo: todos están expectantes ante la evolución del enfrentamiento que definirá el futuro inmediato de un mundo con contornos cada vez más bipolares.
No es, claro, la bipolaridad nítida y estructurante de la Guerra Fría. Es una bipolaridad más fluida, en un sistema con varias potencias relevantes y con una economía globalizada en la que comercio, tecnología y finanzas siguen cruzándose en todas direcciones.
Pero incluso esa bipolaridad más blanda impone límites. Estando en América, área de influencia estadounidense, resulta cada vez más evidente que ya no habrá margen para repetir acuerdos como el que permitió la instalación de la Estación de Espacio Lejano en Neuquén ni para coquetear con la compra de aviones de guerra chinos, como hizo el gobierno anterior. Eso no implica renunciar al comercio con un socio tan importante para Argentina. Implica entender que el margen político para ciertas decisiones estratégicas es mucho más estrecho.
Es un mundo en el que un gobierno como el de Milei se siente muy cómodo. Puede ser uno mucho más molesto para un gobierno de otro signo político. Sobre todo, si intenta replicar la política exterior de los primeros años 2000, cuando todavía seguían vigentes las reglas del viejo orden unipolar surgido de la posguerra fría y Washington miraba pasivamente cómo China ganaba influencia en la región a expensas suya.
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