Inversiones sustentables: la fuerte advertencia de la ONU y los desafíos del capital natural

A mediados de septiembre se conoció que la Bolsa de Valores de Nueva York (NYSE), y el Grupo Intrinsic Exchange (IEG), que tiene como fundadores accionistas al BID y la Fundación Rockefeller, acordaron desarrollar en forma conjunta una nueva clase de activos denominados "Empresas de Activos Naturales", o NAC, por sus siglas en inglés.

Las NAC son aquellas empresas que asignan valor a los servicios proporcionados por la naturaleza, por ejemplo almacenar carbono en un bosque, en lugar de la extracción de recursos naturales, como la tala.

La noticia pasó relativamente desapercibida en la Argentina. Sólo obtuvo alguna mención en medios de nicho, especializados.

Sin embargo, NYSE y IEG dijeron en una declaración conjunta que "esta nueva clase de activos en la NYSE creará un círculo virtuoso de inversión en la naturaleza que ayudará a financiar el desarrollo sostenible para comunidades, empresas y países".

Douglas Eger, director ejecutivo de IEG, anticipó: "Juntos, IEG y NYSE permitirán a los inversores acceder a la reserva de riqueza de la naturaleza y transformar nuestra economía industrial en una que sea más equitativa".

Hoy, los activos naturales producen a nivel mundial unos u$s 125 billones anuales a través de servicios de los ecosistemas, se trate del secuestro de carbono, la biodiversidad o el agua limpia. "El gran rendimiento de estos servicios subraya el potencial financiero de una clase de activos que se basa totalmente en la inversión ambiental", reforzó Eger.

En el contexto de este fenómeno y de los datos globales que lo describen convergen, al menos, dos elementos.

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Por un lado está cambiando el paradigma que confinaba a las acciones de remediación ambiental al universo de la filantropía, del voluntariado a través de fundaciones, de las donaciones. Definitivamente emerge un nuevo concepto en el que las compañías pueden obtener ganancias sin necesidad de explotar recursos naturales, más bien lo contrario: protegiéndolos, mientras aportan a la prevención del cambio climático.

El otro fenómeno que subyace y, de alguna manera, lo antecede, se relaciona con el dramatismo que la ONU le imprimió a la última advertencia que realizó su comité científico sobre las perspectivas del cambio climático: Naciones Unidas dijo que si en 19 años no se revierte el ritmo de emisión de gases de efecto invernadero ingresaremos en un "punto de no retorno" (dixit), lo que significa que en 200 años la humanidad y toda las formas de vida que conocemos en la tierra, simplemente se extinguirán.

El documento, elaborado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, es la advertencia más dura hasta ahora sobre la velocidad y la escala del calentamiento planetario.

En este marco, las compañías globales y los grandes inversores toman cada vez mayor conciencia de que el capital puede ser la herramienta más importante para financiar la prevención del cambio climático y revertir esta lógica de explotación de recursos naturales versus la protección de activos naturales.

Estamos a las puertas de que las compañías consideren la remediación del planeta y la generación de servicios ecosistémicos como activos de la compañía basados en la naturaleza.

La apertura de los mercados clásicos a las inversiones sustentables no solamente será el vehículo para listar en paneles específicos a las compañías basadas en activos naturales sino también a las que desarrollan blockchain y que están generando capital a partir del ecosistema de criptomonedas y los NFT.

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El mercado se abre, así, hacia dos temáticas que necesariamente van a acelerar y escalar porque la generación de riqueza a partir del desarrollo de la blockchain es mucho más amplio, rápido y democratizado que el de todas las industrias conocidas hasta el momento.

Hoy hay 150 millones de usuarios de criptomonedas en el mundo y se calcula que en 2025 va a haber 1500 millones.

Todo ese volumen de capitalización llevará como una marca indeleble la comprensión de que las criptomonedas, como herramienta claves de las finanzas sustentables, y la naturaleza, son herramientas fundamentales para generar, no sólo riqueza sino también para prevenir el cambio climático y sostener la vida del ser humano en la tierra.

La Argentina, sin embargo, aún mira esto con cierta distancia. Somos un país cuya economía está todavía atravesada por debates que, en este contexto, pertenecen al pasado.

Nosotros nos enmarañamos hace décadas sobre cómo domar la inflación mientras el mundo está mirando cómo los países empiezan a legalizar las criptomonedas para uso corriente y como medio de pago, tal el caso de El Salvador.

El mercado prevé y el nuevo listado para las NAC es una evidencia, que las compañías basadas en activos naturales son las que van a estar generando mayor recaudación en la venta pública de acciones, mientras nosotros aún estamos dominados por el pensamiento de que el Estado es el único que tiene que generar todas las estrategias sobre remediación climática a partir del Ministerio de Medio Ambiente.

Sin embargo, la Argentina es también el país que está generando la mayor cantidad de unicornios de Latinoamérica, es decir que los obstáculos que enfrentamos son un caldo de cultivo fenomenal para la resiliencia privada argentina.

Ha llegado el momento de alinearnos con los vientos del mundo, y por una vez dejar de ser siempre el país a contramano.

Corremos el riesgo de que la brecha tecnológica y del conocimiento se amplíe tanto que los países que no logren ir en ese camino ingresarán, ellos mismos, en un punto de retorno.

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