

Las elecciones en Brasil nos recordaron, una vez más, que los encuestadores atraviesan una crisis global. Quien lideraba en la mayor parte de las mediciones terminó segundo y quien aparecía más rezagado terminó primero. Pero sería un error concluir simplemente que se les rompió la herramienta de medición. Si fuera así, dirían cualquier cosa. Y no sucede eso.
El promedio de tres de las encuestadoras más reputadas le daba a Lula 46% de los votos. Terminó con 45,2%, menos de un punto de diferencia y muy por debajo del margen de error. A Flávio Bolsonaro le asignaban 43%. Sacó 47%. Esos 4 puntos duplican el margen habitual.
Podría ser casualidad que hayan medido con bastante precisión a Lula y subestimado a Flávio. Pero el mismo patrón se repite desde hace años en Brasil y en otros países. Las encuestas capturan con bastante eficacia el voto del centro y la centroizquierda asociada al sistema político tradicional. Les cuesta mucho más medir a una derecha que se volvió crecientemente antisistema.
Tendencia mundial
En Brasil ya había ocurrido con Jair Bolsonaro. Antes de la primera vuelta de 2022, Datafolha, Quaest y AtlasIntel le daban en promedio 49,8% a Lula y 38,4% al entonces presidente. Lula terminó con 48,4%, apenas 1,3 puntos menos. Bolsonaro llegó a 43,2%: casi 5 puntos más. En el balotaje volvió a pasar lo mismo, aunque en menor escala. Las tres acertaron el ganador, pero subestimaron otra vez al bolsonarismo.
Estados Unidos ofrece una serie todavía más larga. En las elecciones de 2016, 2020 y 2024, los promedios nacionales estuvieron muy cerca del voto final de Hillary Clinton, Joe Biden y Kamala Harris. Trump, en cambio, obtuvo sistemáticamente más de lo previsto: 1,3 puntos en 2016, 2,1 en 2020 y 1,4 en 2024. En estados decisivos el error fue mucho mayor. En Wisconsin, las encuestas daban a Clinton 6,5 puntos de ventaja en 2016 y ganó Trump por 0,7. Cuatro años después daban a Biden 6,7 y terminó ganando por apenas 0,7.
También ocurre en Europa. En Países Bajos, Geert Wilders tenía 18% en promedio antes de las elecciones de 2023 y terminó con 23,5%. Las mismas encuestas sobreestimaron al partido de centroderecha tradicional. El error no benefició a toda la derecha, sino especialmente a su variante más disruptiva.
Argentina agrega otro caso revelador. En las PASO de 2023, Milei sacó casi ocho puntos más de lo previsto. En las generales ocurrió lo contrario. Pero en el balotaje volvió a superar ampliamente a los sondeos: le daban alrededor de 51% y terminó con 55,7%.

Votantes rebeldes
Durante años se habló del “voto vergüenza”: personas que ocultarían su apoyo a candidatos controvertidos para no ser juzgadas. Pero no hay evidencia para sostener esa explicación. Un experimento de Yale con más de 5.000 estadounidenses no encontró una ocultación masiva del voto a Trump.
El problema es otro. Cada vez menos gente acepta participar de una encuesta y quienes se niegan no son políticamente iguales a quienes responden. En 1997, las encuestas telefónicas del Pew Research Center lograban entrevistar al 36% de las personas seleccionadas. En 2021 la tasa había caído a un dígito. En 2022, una encuesta de Siena obtuvo apenas 0,4% de respuestas.
Una investigación publicada este año pudo medir el sesgo con precisión. Sus autores recuperaron personas entrevistadas en 2016 y comprobaron quiénes aceptaban volver a participar en 2020. Los votantes de Hillary Clinton tuvieron una probabilidad de responder 4,2 puntos mayor que los de Trump, incluso controlando diferencias demográficas y geográficas.
Los trumpistas también abandonaban con mayor frecuencia entrevistas ya iniciadas. Esa diferencia alcanzaba para explicar buena parte del error electoral que las ponderaciones tradicionales no habían logrado corregir.

Ahí aparece el problema de fondo. En buena parte del mundo académico, cultural, mediático y de la investigación de opinión pública se consolidó una notable homogeneidad ideológica, muy atravesada por la corrección política del progresismo bienpensante. Esos ámbitos hablan cada vez más entre sí y menos con sectores que defienden valores más tradicionales, rechazan esos códigos y desconfían de las instituciones. Muchas veces los miran con condescendencia, como ignorantes, atrasados o extremistas. Eso está creando una grieta entre un sector importante de la población y aquellos pretender comprenderla.
Entre los estadounidenses, 77% de los demócratas dice confiar en los grandes medios frente a 42% de los republicanos. Con los científicos, la diferencia es 88% contra 66%. Además, 61% de los republicanos cree que los científicos se sienten superiores a los demás. ¿Están, acaso, equivocados?
Para un votante que desconfía del Gobierno, las universidades, los medios y los expertos, un encuestador puede ser simplemente otro emisario de ese mismo universo. Entonces no responde. O abandona. Y un pequeño diferencial alcanza para deformar mucho una muestra: si en un electorado dividido en mitades responde 10% de la derecha y 12% de la izquierda, una elección empatada aparece con una ventaja de más de 9 puntos para la izquierda.
La paradoja es cada vez más evidente: el mismo rechazo a las instituciones que lleva a una parte de la sociedad a votar candidatos antisistema hace que esos votantes sean más difíciles de medir para las instituciones que intentan estudiar qué piensa la sociedad. Si quienes analizan la opinión pública no consiguen entender la raíz de esa desconfianza, van a seguir descubriéndola cuando se abran las urnas.















