El cambio demográfico es un proceso de largo plazo, iniciado en nuestro país hace 150 años. Pasamos de una sociedad donde nacemos mucho y vivimos poco a una donde nacemos poco y vivimos mucho. La tasa global de fecundidad bajó de 6 hijos por mujer en 1870 a cerca de 1,25 hoy; la expectativa de vida al nacer subió de unos 30 años a más de 75.
Estos cambios afectan el crecimiento y la edad de la población, la conformación de las familias, la demanda de servicios al Estado, el mercado de trabajo y la organización y estrategia comercial de las empresas. En resumen, nos están cambiando la vida, aunque no nos demos cuenta.
La demografía está cambiando desde hace tiempo, pero pasa inadvertido por la intensidad de los debates de corto plazo y los serios problemas para acceder a estadísticas de calidad.
Por un lado, las crisis fiscales y económicas que Argentina sufre periódicamente desde hace décadas, sumadas a una preocupante tendencia a discutir solo la coyuntura, dificultan advertir y enfocarnos en temas estructurales como la demografía. Dedicamos mucha energía a la inflación, el riesgo país o los acuerdos electorales, y casi nada a pensar cómo será la sociedad en 30 o 70 años.

Al mismo tiempo, los datos para entender qué pasa con temas críticos como la demografía son de mala calidad. Los censos, que deberían hacerse cada 10 años y ser la base de cualquier análisis serio, tienen graves problemas: en las últimas 4 décadas solo el de 2010 se hizo cuando correspondía, y la utilidad de la información es limitada por malas decisiones (como no preguntar en el último censo por el estado civil) o fallas de ejecución.
Las encuestas de hogares, principal fuente sobre el mercado de trabajo y los ingresos, atrasan décadas: Argentina es el único país de América Latina cuya encuesta no tiene cobertura nacional. Las estadísticas vitales (nacimientos y fallecimientos) se publican con casi 2 años de demora y tienen muchas limitaciones de acceso y uso.
Entonces, si no nos importa mucho lo que está pasando y no tenemos buenas fuentes de información para entenderlo, la probabilidad de que identifiquemos las oportunidades y los problemas y tomemos buenas decisiones va a ser baja.
Últimamente el tema demográfico ha ganado espacio: vemos cada vez más comentarios de políticos, más interés de comunicadores, más curiosidad de la población. Esto es bueno, porque genera un espacio para enfocarnos en algunos temas importantes que no suelen recibir suficiente atención.
Sin embargo, parte de este interés está mal orientado. En los últimos 10 años el descenso de la fecundidad se aceleró y eso hizo que, en muchos casos, se propongan políticas para revertir esta tendencia. Eso es un error porque rara vez ese tipo de políticas tienen impacto.
Se suele gastar muchos recursos públicos intentando dar incentivos para que las familias tengan más hijos y el impacto es muy bajo. Pero, además, no es deseable: la fecundidad disminuyó porque hay más educación, más equidad, más posibilidades para las mujeres, más cuidados e inversión en la calidad de vida y el futuro de nuestros hijos.
Revertir en forma significativa la baja de la fecundidad implicaría revertir estos cambios, es decir, volver atrás con el progreso social y económico de los últimos cien años.

Esto no significa que no haya nada para hacer. Invertir recursos (sobre todo, con eficiencia) para mejorar la vida de los niños es una buena política por sus impactos inmediatos (mejores condiciones de vida para la población más vulnerable) y también futuros: esos niños serán los trabajadores de mañana, y una mejor infancia resulta en mejores trabajadores.
Además, el cambio demográfico exige reformar a fondo muchas políticas públicas. En educación, la calidad es pobre, pero al ingresar menos niños tenemos una oportunidad histórica para impulsar reformas que mejoren los aprendizajes y no solo la cobertura.
En salud debemos pasar de un modelo enfocado en problemas agudos (infecciones, enfermedades transmisibles o accidentes) a uno centrado en los crónicos (enfermedades neurológicas o degenerativas), cada vez más habituales, y definir estrategias sobre tecnologías médicas, que pueden aportar mejoras pero deben administrarse sin comprometer la sustentabilidad financiera.
En jubilaciones, debemos preservar la amplia cobertura actual de los adultos mayores y corregir problemas que hacen al sistema caro, injusto e ineficiente. Muchos países más envejecidos que el nuestro tienen sistemas jubilatorios más efectivos, con cobertura de mayor calidad y financiable.
Por su lado, el sector privado también debe adaptarse, aprovechando algunas oportunidades y respondiendo a desafíos. La demanda de los consumidores está cambiando, las características de los trabajadores en cada empresa también.
Quienes entiendan antes los cambios en el mercado y encuentren mecanismos para combinar mejor la experiencia de sus trabajadores mayores con la innovación de los más jóvenes y los complementen con tecnologías modernas que aumenten la productividad serán los ganadores de este proceso.
Los cambios demográficos ya ocurrieron, aunque no necesariamente los hayamos visto. El enorme desafío que tiene nuestra sociedad es reconocer (y entender) estos cambios y adaptarnos a ellos para poder aprovechar las muchas oportunidades y evitar problemas. Son buenas noticias, pero requieren foco y decisiones que poco tienen que ver con las discusiones de corto plazo. De nosotros depende.

Por Rafael Rofman
Investigador principal de CIPPEC y autor del libro "La Revolución Demográfica"
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