La Argentina enfrenta simultáneamente dos transformaciones profundas. La primera es propia: necesitamos ordenar nuestra economía y reconstruir las condiciones y capacidades para producir y competir con el mundo. La segunda es global: la inteligencia artificial está transformando aceleradamente la manera en que trabajamos, producimos, aprendemos, investigamos y organizamos nuestras empresas.
Las dos transformaciones tienen un punto de encuentro: la educación.
Una sociedad preparada, capacitada y flexible puede incorporar nuevas tecnologías, aumentar su productividad y crear actividades que antes no existían. Una sociedad con un sistema educativo desconectado del cambio tecnológico puede quedar rezagada, aún cuando consiga estabilizar su economía.
Por eso, en esta nueva etapa, tenemos que empezar a pensar que la política educativa también es política productiva y política industrial.
La educación ya no puede correr detrás de la sociedad. El mundo está cambiando.
La inteligencia artificial está acelerando extraordinariamente la velocidad de transformación. Darío Amodei, Peter Thiel, Alex Karp y muchos de quienes están pensando esta nueva etapa, desde posiciones diferentes, coinciden en una cuestión esencial: las capacidades tecnológicas y humanas serán cada vez más determinantes para la productividad de las empresas y la competitividad de las naciones.
Esto modifica completamente la relación entre educación y sociedad.
Antes, un sistema educativo que estuviera algunos años atrasado respecto de los cambios económicos podía eventualmente hacer una actualización. Hoy, la educación no puede limitarse a reaccionar frente al cambio. Tiene que preparar a las personas para vivir dentro del cambio.
Y eso significa algo más que transmitir conocimientos. Significa enseñar a aprender, interpretar información, resolver problemas, adaptarse, trabajar con otros, desarrollar criterio y aprovechar las nuevas herramientas tecnológicas.
Una mirada interesante desde Italia
En este contexto resulta particularmente interesante la visión del ministro italiano de Educación y Mérito, Giuseppe Valditara, que nos visitó recientemente en la Argentina.
Valditara propone una escuela centrada en la persona, capaz de potenciar la singularidad de cada alumno. Defiende el mérito integrando talento, esfuerzo y oportunidades, compensando desigualdades pero premiando la disciplina y la excelencia. Plantea además jerarquizar el rol docente, fortalecer la orientación vocacional temprana y reconstruir una cultura donde convivan tanto derechos como responsabilidades.
Otro eje fundamental es la revalorización de la educación técnica. Durante demasiado tiempo consideramos que la universidad era necesariamente el camino superior y que la formación técnica ocupaba un escalón inferior. Ese paradigma ya no responde al mundo productivo.
La nueva industria necesita técnicos en automatización, robótica, electrónica, mantenimiento, programación, mecatrónica, energía, minería, biotecnología, logística y análisis de datos.
Italia está intentando precisamente conectar escuelas técnicas, institutos tecnológicos, universidades y empresas. Es una idea particularmente valiosa: el mapa educativo debe dialogar con el mapa productivo.
Y esto no significa convertir a la educación en una fábrica de empleados. Valditara reivindica también la formación humanística. En un mundo dominado por la tecnología necesitaremos personas que sepan escribir, comunicarse, comprender la historia, pensar críticamente y tomar decisiones.
La respuesta no es humanismo o tecnología. Es humanismo más tecnología. Cuanto más IA, más importante será la inteligencia humana
La educación del futuro no debería competir contra la inteligencia artificial. Debería enseñar a las personas a utilizarla para ampliar sus propias capacidades.
Por eso la IA debe entrar en el sistema educativo. No para reemplazar al profesor, sino para potenciarlo; no para evitar que los estudiantes piensen, sino para permitirles pensar mejor.
También está apareciendo una nueva alfabetización. Leer, escribir y comprender textos seguirá siendo indispensable. También las matemáticas y el razonamiento lógico. Pero tendremos que sumar capacidades digitales, comprensión de datos y conocimiento sobre cómo utilizar responsablemente herramientas de inteligencia artificial.
Aprender durante toda la vida
La transformación tampoco termina en la escuela o en la universidad. La velocidad tecnológica obligará a millones de personas a actualizar sus conocimientos varias veces a lo largo de su vida profesional.
La formación continua, el reskilling y el upskilling van a convertirse en una responsabilidad compartida entre empresas, trabajadores, universidades, escuelas técnicas, sindicatos y Estado.
La educación ya no podrá ser pensada como una etapa de la vida. Será una actividad permanente.
El desafío argentino
Argentina tiene una enorme oportunidad. Tenemos universidades de prestigio, tradición científica, escuelas técnicas, empresas industriales, emprendedores tecnológicos, recursos naturales, energía, minería, agroindustria, biotecnología y economía del conocimiento.
Pero necesitamos conectar mejor esas capacidades.
Una escuela técnica ubicada en una región minera debería comenzar hoy a formar las capacidades que esa actividad necesitará dentro de cinco o diez años. Lo mismo debería ocurrir alrededor de Vaca Muerta, los polos metalmecánicos, la agroindustria, la industria farmacéutica, la biotecnología o la economía del conocimiento.
Precisamente con esta visión, desde la UIA firmamos la semana pasada en Santa Fe un acuerdo con el Consejo Universitario Argentino para acercar la academia al sector productivo.
Ese encuentro expresa una convicción: universidad, escuela y empresa no pueden vivir en mundos separados. El mapa educativo argentino tiene que empezar a dialogar mucho más con el mapa productivo argentino.
La política industrial comienza mucho antes de que se abra una fábrica. Empieza en la escuela.
Y en la nueva era de la inteligencia artificial, la educación ya no puede simplemente acompañar al desarrollo. Tiene que convertirse en uno de sus principales motores.

Por Martín Rappallini
Presidente de la Unión Industrial Argentina
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