ANÁLISIS

Biden intenta que la voz de EE.UU. siga primando en el concierto global

Ni era de la entropía y ni de la no polaridad. El mundo sigue en manos de los líderes de los distintos Estados... o al menos eso pretende el presidente norteamericano.

En 2011, el académico Randall Schweller proponía que, ante el declive de la supremacía de Estados Unidos y el auge de nuevas potencias que oscilarían entre el apoyo al statu quo y el revisionismo, el nuevo orden mundial naciente se caracterizaría como una era de entropía. Lejos de una concertación multilateral pacífica o una colisión inevitable, movilizada por la difusión de poder, este tiempo estaría marcado por la incertidumbre y por un mundo sumergido en un "purgatorio" eterno, donde la complejidad del sistema propiciaría un orden basado en, paradójicamente, el desorden.

Pocos años antes, Richard Haass, presidente de uno de los think-tanks más influyentes del mundo, anunciaba el advenimiento de la era de la no polaridad. Según él, marcada por la globalización y el empoderamiento de los actores no estatales, la presente era no sería una transición de poder convencional. En el mundo postamericano, Estados Unidos ya no sería la única voz, ni tampoco, en muchas agendas, la más fuerte. El espacio que dejaría no sería ocupado satisfactoriamente por ninguna otra potencia, y la cacofonía resultante de una creciente plétora de actores con perspectivas e intereses divergentes dificultaría cualquier intento de acuerdo sobre asuntos internacionales.

La retirada estratégica de Donald Trump de diversas agendas y regiones parecía cumplir las profecías. Pero, para bien o para mal, en sus primeros 100 días el nuevo mandatario demócrata ya se ha demostrado dispuesto a quebrarlas y retomar el mando de los asuntos internacionales. Lejos del modelo aislacionista y abocado a la política doméstica de su antecesor, Biden apuesta a que Estados Unidos retome el timón.

Bajo el slogan de Build America Back Better (con diferencias de forma pero no de fondo con el Make America Great Again de su antecesor), el mandatario norteamericano reincorporó temas que habían quedado relegados: asumió un fuerte compromiso contra el cambio climático, regresando al Acuerdo de París y promoviendo instancias de cooperación multilateral como la Cumbre Contra el Cambio Climático que presidió; buscó retomar las relaciones con aliados y amigos tradicionales, reafirmando su compromiso con la OTAN y con sus socios en el Asia Pacífico; se reintegró a la Organización Mundial de la Salud y al Consejo de Derechos Humanos de la ONU; y ha intentado retomar las negociaciones por el acuerdo nuclear con Irán, prioridad en materia de no proliferación de armas de destrucción masiva.

El plano interno también resulta importante para el objetivo que se ha encomendado, disponiéndose a retomar el mando en ámbitos en los que este país se ha visto superado en las últimas décadas. Así, solicitó cuantiosos fondos para invertir en infraestructura, industria y educación, motores del crecimiento que respaldaron a la nación del águila en su auge como gran potencia.

Más allá de su inclinación política, el análisis de su agenda doméstica no debe separarse de sus ambiciones geopolíticas. Para sorpresa de aquellos que vaticinaban en el demócrata una paloma que aceptaría el irremediable declive relativo, Biden se ha dispuesto a reñirle el siglo XXI al gigante asiático. El resultado está por verse. La rivalidad con China, creciente durante la administración de Trump y que continúa ahora con apoyo bipartidario, podría devenir en coaliciones catastróficas para el mundo entero. No obstante, a la par, hace pocas semanas ambos actores han consensuado comprometerse en su lucha contra el cambio climático, indicio de posible cooperación en algunas agendas.

Más allá del resultado de esta delicada interacción estratégica, el punto es que, contrario a lo planteado por los autores mencionados, nuevamente son los Estados los que pretenden retomar las riendas del sistema, quedando esto claro con el caso estadounidense. El empoderamiento de los actores no estatales, con una voz cada vez más escuchada en diversas cuestiones, es un hecho indiscutible. Pero son los líderes de las unidades estatales los que, en la práctica, siguen teniendo mayor incidencia en la toma de decisiones. Concertación o coalición, el mundo sigue en sus manos. O, al menos, eso pretende Biden.

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