Subir la presión fiscal, un error recurrente para una economía asfixiada

El anuncio de los cambios en el Monotributo para el año próximo alimenta el temor creciente, en parte de la sociedad argentina, sobre un nuevo giro del círculo vicioso en el que el país se sumergió desde hace décadas: cuando las cajas no alcanzan para cubrir los gastos, aumenta la presión fiscal y cuando ello ocurre, se reduce la actividad, crece la informalidad y, por ende, se recauda menos.

Incrementar los montos de facturación y cuotas del impuesto por debajo del nivel de inflación implica la posibilidad de que cada vez más argentinos queden fuera del Régimen Simplificado. Esto significará, por un lado, una mayor carga tributaria para quienes se mueven en el cada vez más pequeño mundo de la economía formal, y como contrapartida, implicará también un incentivo a un mayor nivel de evasión en tiempos de recesión, pérdida de poder adquisitivo y bajos ingresos.

En la práctica, la medida tiene el mismo efecto para el asalariado, particularmente el de clase media, que el atraso sufrido en el mínimo no imponible o las deducciones de Ganancias y Bienes Personales, tributos sobre los cuales se debate hoy, al igual que con las retenciones e Ingresos Brutos, la posibilidad de un incremento en el futuro.

Actualmente, en un país con 163 impuestos más regímenes de recaudación anticipada, la carga tributaria se lleva uno de cada dos pesos que gana un trabajador formal, según relevó el Instituto Argentino de Análisis Fiscal.

Por eso, si se pretende sumar un peso al bolsillo para aumentar el consumo interno y, así, activar la producción, será necesario bajar la presión fiscal. Solo así se evitará que el "recurso de siempre" se agote.

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