La vuelta al Mediterráneo en 7 días

La vuelta al Mediterráneo en 7 días

Una gira all inclusive por 6 ciudades de tres  países,  a bordo de un buque de lujo por el Mare Nostrum. Los paseos clave en cada escala. Y los secretos de un estilo de vida y viaje en alza.

Colón saluda desde allá arriba. Ya casi no se lo ve. En el balcón, con los pies sobre la baranda y una copita de bienvenida que nos dejaron en el camarote, Barcelona desfila por la banda de babor y luego queda en la popa. Al frente, el Mediterráneo es una niña buena, tranquila y dorada por el sol del final de la tarde. El capitán Giorgio Moretti acelera: tenemos una noche para recorrer las 130 millas náuticas que nos separan de Palma de Mallorca, el primer puerto de este viaje que comprende 6 ciudades de tres países en 7 días.

El Diadema, la embarcación más grande de la flota de Costa Cruceros, avanza a toda marcha y con rumbo sur hacia las Islas Baleares, pero en el restaurante del quinto piso parece que cenamos sobre suelo firme: en estas ciudades flotantes hay de todo, para todos, y servido en bandeja. Amanecemos con el barco atracado en Palma: algunos se levantaron a las cuatro de la mañana para ver las luces del faro de la Isla de Dragonera, y otros a las 7 para observar la maniobra de entrada al puerto. Quizás en la próxima ciudad… A pocos metros del barco nos ofrecen bicicletas para alquilar y, con la ayuda de un mapa, descubrimos que la isla está repleta de bicisendas. Nos lanzamos a pedal, primero hasta el casco histórico fundado por un cónsul romano en el año 123 a. C., y luego por la costa hasta la playa del Arenal. Palma de Mallorca es la escala más larga del itinerario: el buque zarpa recién a la una de la madrugada y navegará más de 48 horas para llegar a Cagliari, corazón de Cerdeña.

“El Costa Diadema sigue con ruta este-sur-este en el Mediterráneo occidental, navegando una zona llamada Piana Abismal Sardo-Balearica, con fondos que superan los 2.800 metros de profundidad. Frente a nosotros se extenderá el mar abierto durante todo el día”. Eso leemos en el Diario di Bordo, en la sección Noticias del Puente de Mando, y luego vemos toda la agenda de actividades que se proponen para esas horas sin tierra a la vista. Finalmente, el día pasa volando entre clases de salsa y de pasodoble, siestas bajo el sol en la cubierta, merienda con pastelería y juegos en la piscina.

 

Viajar en loop 

Quien viajó a Italia conoce Roma, Venecia, Florencia, Nápoles, Capri, tal vez hizo la Costa Amalfitana y llegó hasta el final de la bota. Pero, ¿cuántos argentinos conocen la ciudad de Cagliari? Se trata del centro político, administrativo, económico y cultural de la isla de Cerdeña, con una historia que se remonta 5 mil años. Cagliari tiene una necrópolis de la época de Cartago, un anfiteatro romano, una basílica bizantina, dos torres del tiempo de la República de Pisa y un sistema de fortalezas de cuando era el corazón del imperio español de los Habsburgo. Caminamos sobre las murallas con vista a los techos de tejas rojas y el mar turquesa al fondo. Y después de almorzar tomamos un bus que en minutos nos deja a la vera de una playa hermosa. “¡Argentina! ¡Dall’altro lato del mondo!”, se sorprenden dos mujeres, evidentemente hermanas, en este balneario típico de los años ‘50, con un gran portón de ingreso y servicios de club. Mientras sus hijos van y vienen del mar, ellas charlan, tan relajadas, sólo atentas al sol. Inevitable recordar que, según un informe de National Geographic, los residentes de Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón) y Loma Linda (California) viven más años que el promedio...

Volvemos al Diadema a la hora límite de reembarque. Otra ventaja del verano mediterráneo es que los días se estiran hasta entrada la noche, por lo que, de regreso en el barco, siempre hay tiempo para relajarse y aprovechar los servicios de a bordo antes de la cena. Esta noche, los menús en todos los restaurantes están inspirados en la región de Cerdeña, donde abundan el cordero y el pavo, el pescado y los frutos de mar, los tomates cherry y la pasta, claro, que siempre encuentra un lugar como primer o segundo plato.

Mientras el crucero pone rumbo a Civitavecchia, el puerto de Roma, aceptamos la invitación del chef Ejecutivo, Luigi Carotenuto, para conocer las cocinas de Costa Diadema. “Son 7, distribuidas por todo el barco. Acá hacemos desde el pan y las tortas hasta la muzzarella y el helado”, explica. El chef trabaja para la empresa hace 11 años, pero esta es la primera vez que es el máximo responsable de la comida a bordo: “Es bastante trabajo. Tenemos que alimentar a 3.700 pasajeros, más 1.500 personas del staff. En la semana que dura este viaje, vamos a haber consumido 8.800 huevos. Y, por día, en este crucero se sirve un promedio de 80 mil platos”.

Navegamos toda la noche hacia el noreste en el mar Tirreno, y llegamos a Civitavecchia a las 8. En esta ocasión sí madrugamos para ver la maniobra de amarre. A ojos ingenuos parece muy simple pero, en verdad, resulta compleja e incluso estresante: en cada escala, el capitán Moretti es responsable de atracar un barco que pesa 132.500 toneladas y que lleva a más de 6 mil personas a bordo. Civitavecchia tiene el puerto más importante del centro de Italia y es el ingreso desde el mar a la bella Roma. La mayoría de los pasajeros aprovecha las excursiones que van a los Museos Vaticanos, a la Fontana Di Trevi, al Coliseo y al Foro Romano, pero ya estuvimos allá... Y nunca estuvimos acá: en la ciudad recorremos ferias y mercados, y visitamos el Forte Michelangelo, encargado por el Papa Julio II para defender el puerto de los ataques piratas.

Ya en Savona, se produce un recambio importante de pasajeros. Es que Diadema es una suerte de loop permanente en temporada alta. Entre los nuevos huéspedes embarca uno muy especial: Amilcare Bullè, quien —con 86 años— tiene el récord máximo de millas recorridas con Costa Cruceros. “Para ser exactos, ya tengo 2.274 días a bordo. Esto es como mi casa. De hecho, hago al menos un crucero al mes desde que enviudé”, confiesa.

Savona es pequeña, absolutamente caminable, con todas sus atracciones concentradas en unos pocos kilómetros cuadrados: el Castillo de Priamar, la Cattedrale Dell’Assunta y todas las playas que se extienden al otro lado de la avenida Giuseppe Mazzini. Esa noche navegamos unas 250 millas más hasta la última escala del viaje, Marsella. Históricamente, esta ciudad siempre fue el patito feo de Francia, pero en la última década fue totalmente renovada y puesta en valor, desde sus inmensos clubes náuticos y toda la costanera, hasta la Catedral de La Major y la famosa Rue de la République. Parte del relanzamiento de Marsella fue la serie producida por Netflix que lleva su nombre, protagonizada por Gérard Depardieu.

A diferencia de Savona o Palma de Mallorca, la escala de Marsella sí es propia de una gran urbe. Entonces, para aprovechar el tiempo, nos subimos a un trencito que trepa hasta la iglesia Notre-Dame de la Garde, desde donde se tiene la mejor vista de la ciudad, del Mediterráneo y del crucero que, en menos de 24 horas, nos devolverá a la capital calana. Preferimos no almorzar y nos embarcamos en un catamarán para recorrer las calanques, suerte de fiordos o calas perfectas en la Costa Azul. Ese paseíto nos deja con ganas de regresar porque un viaje recién termina donde empieza a asomar el siguiente.