Cada vez más empresas argentinas apuestan a reemplazar productos de uso diario por alternativas sustentables, con modelos de negocio que buscan demostrar que el impacto ambiental y la rentabilidad pueden ir de la mano. Así se presentaron Francisco Mirabella, cofundador de Meraki Sustentable; Marina Arias, directora ejecutiva de Sistema B Argentina; y Andrea Ramos, VP de Water & Climate Partnerships de Kilimo.

El primer eje del panel fue la diferencia entre una empresa que nace para resolver un problema ambiental o social y otra que incorpora la sustentabilidad como práctica secundaria. Ramos aseguró que “las empresas que nacen con un propósito definido lo tienen dentro del core del negocio y utilizan la fuerza del mercado para impulsar esa solución”.

Arias sumó una distinción que, según dijo, le importa especialmente: Sistema B Argentina no es una ONG, aunque muchos la confundan con una. “Somos una empresa del sector privado, queremos hacer plata, nos parece que está bien hacer plata, pero cada vez que ganamos un dólar está generando impacto de forma totalmente directa”, afirmó Arias.

Sistema B ofrece herramientas concretas para ese camino: una evaluación de impacto libre y gratuita, abierta a cualquier empresa sin importar tamaño o industria, y un proceso de certificación que implica cambios estatutarios y compromisos públicos y legales. “La empresa sola no puede. Necesitamos que el consumidor elija, que los proveedores acompañen, que el cliente pida, que el Estado reconozca”, planteó Arias, y agregó que las universidades también tienen un rol pendiente como semilleros de este cambio cultural.

El caso de Meraki ilustró cómo una apuesta por lo cotidiano puede abrir un mercado. Mirabella contó que hace 10 años la empresa fue la primera en introducir el cepillo de dientes de bambú en la Argentina. “Lo que hicimos fue reemplazar desde los materiales un producto cotidiano y traer una opción sustentable. Cuando vimos que crecía, nos dimos cuenta de que había un montón de oportunidades más para seguir transformando los hábitos de la gente”, relató el ejecutivo.

Con el tiempo, Meraki amplió su línea de productos de cuidado personal bajo la misma lógica: “No es un tema de transformar los hábitos de la gente, sino acompañarlos, educarlos y también brindar soluciones, porque ahí está el quid de la cuestión”, sostuvo Mirabella.

El recorrido de Kilimo tiene su origen en el agua. La empresa nació en Córdoba con un software propio para ayudar a los agricultores a gestionar el riego de manera más eficiente. Pero Ramos describió un obstáculo inicial que los obligó a replantear el modelo: “El agua es un recurso que prácticamente es gratuito en toda América Latina, entonces no está dentro de la línea de prioridad del agriculto”.

La solución fue conectar a esos productores con empresas que sí tienen compromisos concretos de seguridad hídrica. “Si tengo una planta de producción en una cuenca donde el día de mañana voy a tener racionamiento de agua, pierdo plata”, explicó Ramos. Kilimo opera hoy en siete países, con sus proyectos más grandes concentrados en la cuenca del río Mendoza, una de las zonas más áridas del país. El mecanismo central es el pago por servicio ecosistémico: las empresas financian la adopción de tecnología de riego eficiente por parte de los agricultores, y estos reciben un pago si efectivamente reducen su consumo de agua. “Eso fue un cambio radical que nos ayudó a escalar de forma mucho más rápida en el continente”, afirmó Ramos.