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“Tato” tiene 55 años, vivía en Caseros (Tres de Febrero) y ocupaba un departamento de 85 metros cuadrados en el Gran Buenos Aires.

Agotado por el estrés urbano, el impacto del consumismo y la inestabilidad laboral, decidió concretar un giro radical en su vida: vendió su propiedad y se mudó a Villa Larca, una localidad de San Luis ubicada sobre la Ruta de los Comechingones, para instalarse en un terreno seco de más de 1.000 metros cuadrados a un kilómetro y medio del pueblo.

Sin experiencia previa en la vida rural, comenzó trabajando en una avícola en Papagayos y luego se diversificó como electricista domiciliario, técnico en refrigeración, reparador de consolas y carpintero autodidacta para sostener la economía familiar.

Autoconstrucción, reciclaje y un diseño de 110 metros cuadrados

Junto a su pareja Sonia, transformó la parcela en un predio verde con huerta orgánica y árboles como álamos, fresnos y sauces.

La pareja contrató personal únicamente para el levantamiento de la estructura principal y la colocación del techo, mientras que la plomería, la instalación eléctrica, la pintura y los revestimientos en placas OSB fueron ejecutados de manera artesanal por ellos mismos.

Por su parte, Tato reutiliza y cura madera de palets para diseñar barras, estantes flotantes, lámparas rústicas y muebles, demostrando que es posible equipar una vivienda de categoría sin realizar erogaciones millonarias.

La propiedad cuenta con un taller equipado, una oficina en el primer piso con vista a las sierras, un baño artesanal decorado en piedra con doble bacha y un dormitorio principal. La calefacción central se resuelve mediante una salamandra multifunción con horno integrado.

Historia de Vida
Historia de VidaCrónicas del cambio - YT

La filosofía del cambio: accionar sin romantizar la montaña

El recorrido de Tato está marcado por una mirada pragmática sobre el retorno a la naturaleza. Sostiene que no hay que romantizar la vida en la montaña, ya que exige sacrificio físico diario y la capacidad de accionar frente a las adversidades en lugar de permanecer en la zona de confort.

Para el constructor autodidacta, el miedo es un factor constante que no debe paralizar los proyectos. Afirma que el entorno rural elimina las necesidades impuestas por el consumo urbano, permitiendo vivir con mayor tranquilidad y un gasto sensiblemente menor, con la convicción firme de no regresar nunca a la ciudad.

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De terreno árido a granja de autoconsumo sustentable

La transformación del lote no se limitó únicamente a la edificación de la casa, sino que implicó un proceso profundo de regeneración del suelo.

Al recibir la parcela, el terreno se encontraba completamente seco y sin vegetación, lo que exigió un trabajo constante de forestación e implementación de técnicas orgánicas para lograr la soberanía alimentaria.

Mediante la elaboración de compost casero y un sistema de riego planificado, la pareja logró poner en funcionamiento una granja productiva que hoy provee de calabazas, tomates, pepinos, melones y sandías.

Esta producción propia no solo garantiza alimentos frescos durante todo el año, sino que reduce al mínimo la dependencia de las compras comerciales en el pueblo.