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Entrar a una habitación con varias sillas libres y terminar ocupando casi automáticamente la misma parece un comportamiento sin importancia. Sin embargo, la psicología ambiental estudia desde hace décadas cómo las personas se relacionan con los espacios que habitan y vincula estas elecciones con conceptos como territorialidad, espacio personal, familiaridad y control del entorno.

Eso no significa que alguien que siempre se siente en la misma silla tenga miedo o algún problema de inseguridad. La explicación es mucho más sencilla: los espacios familiares pueden reducir la incertidumbre y permitir anticipar mejor qué sucede alrededor, lo que puede generar una sensación subjetiva de comodidad y seguridad.

La silla habitual puede convertirse en un pequeño territorio

El psicólogo ambiental Robert Gifford, de la Universidad de Victoria, explica que la territorialidad permite organizar espacialmente las relaciones. Las personas pueden reclamar informalmente determinados lugares aunque no sean sus propietarias.

Por eso, una silla habitual en una oficina, un lugar específico en un aula o una mesa preferida en un bar pueden transformarse en un pequeño territorio personal. Incluso otras personas pueden empezar a asociar ese lugar con alguien después de observar repetidamente que suele utilizarlo.

Esto también explica por qué puede aparecer cierta incomodidad cuando alguien llega y encuentra a otra persona en “su” asiento, aunque nunca haya existido una regla que establezca que ese lugar le pertenece.

<div class="migrated-promo-image__description"><div class="migrated-promo-image__source">Fuente: Shutterstock</div></div>
Fuente: Shutterstock
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La familiaridad ayuda a tomar menos decisiones

Los hábitos también tienen un papel importante. Una investigación publicada en Personality and Individual Differences señala que las rutinas humanas tienden a favorecer la regularidad y la familiaridad, y utiliza como ejemplo la tendencia a sentarse siempre en el mismo lugar de la mesa.

Cuando un entorno se repite, elegir una ubicación conocida evita tener que evaluar nuevamente todas las alternativas. La persona ya sabe qué puede ver desde allí, quién suele ubicarse alrededor, qué tan cerca está de una puerta, cuánto ruido recibe o qué grado de privacidad tiene.

Qué tiene que ver el espacio personal

La elección de un asiento tampoco depende únicamente de la costumbre. La distancia respecto de otras personas, la privacidad y la posición física pueden modificar dónde alguien prefiere ubicarse.

Las personas tienden a preferir una mayor distancia respecto de desconocidos. El espacio personal cumple una función protectora y sus límites pueden variar según la cultura, el contexto y la relación con quienes están alrededor. Por eso, elegir siempre una silla ubicada en una esquina, cerca de una pared o desde donde se pueda observar mejor el entorno puede contribuir a una sensación de privacidad y previsibilidad.

Elegir siempre el mismo asiento no significa tener ansiedad

Sin embargo, hay un punto importante: sentarse siempre en el mismo lugar no permite diagnosticar ansiedad, rigidez, obsesiones ni ningún trastorno psicológico.

El comportamiento también puede explicarse por cuestiones mucho más simples, como la comodidad física, una buena visibilidad, la cercanía con determinadas personas, la iluminación o una rutina que se adquirió con el tiempo.

Lo interesante es que, incluso cuando las condiciones parecen similares, las personas pueden terminar estabilizando espontáneamente una ubicación determinada. Estudios realizados en aulas observaron que una proporción importante de estudiantes termina eligiendo de manera estable un lugar específico, aun cuando los asientos no están asignados.

En definitiva, esa silla que alguien elige una y otra vez puede representar mucho más que una simple preferencia: la familiaridad con el espacio, la posibilidad de anticipar lo que ocurre alrededor y la sensación de control pueden hacer que ese lugar resulte especialmente cómodo.