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Con la Bolsa de San Pablo con alza de 24% en lo que va del año y el riesgo país operando en torno a los mínimos del año a 180 puntos, el mercado brasileño ya empezó a descontar las elecciones presidenciales de octubre.

El real se mantiene estable frente al dólar y sin la presión que castigó a otras monedas emergentes, y el EWZ (el ETF o fondo que replica la performance de las acciones del país vecino) le saca ventaja al Nasdaq en el año.

Detrás de este clima positivo hay tres motores: baja de tasas Selic, los precios de los commodities firmes y encuestas más parejas de lo esperado.

Pero el optimismo tiene fecha de vencimiento: el propio historial electoral brasileño muestra que la volatilidad se concentra en las semanas previas a la primera vuelta del 4 de octubre.

Se descuenta que habrá segunda vuelta el 25 de octubre. Ahora el trade se lee distinto frente a lo que sucedía a principios de año: gana terreno la apuesta a un giro de signo político, con Flávio Bolsonaro y el outsider Augusto Cury sumando en las encuestas frente a Lula.

¿Será Brasil otro ejemplo de giro a la derecha en la región? Los bonos en dólares acompañan sin sobresaltos la previa electoral, resistentes pese al ruido de Wall Street. La city global parece dispuesta a mirar más allá del balotaje del 25 de octubre y quedarse con los fundamentals. El problema es que los fundamentals, como bien marca el propio Citi, todavía esconden una cuenta fiscal sin resolver.

El tema fiscal

A dos semanas de la primera vuelta presidencial —el 4 de octubre—, los candidatos brasileños prefieren esquivar el tema fiscal. Citi Research no: publicó el tercer informe de una serie de cuatro dedicada a explicar por qué el próximo gobierno, sea cual sea, no podrá evitar una reforma administrativa del empleo público.

La paradoja que expone el banco es elocuente. Brasil no tiene un Estado sobredimensionado en términos de personal: el 12,5% del empleo total trabaja para el sector público, por debajo del promedio de la OCDE (17,9%) y apenas por encima del de América Latina (11,9%).

El problema no es la cantidad, es el precio. La masa salarial pública equivale a 13,3% del PBI, muy por encima del 8,9% regional y del 9,2% de la OCDE. Solo noruegos, daneses e islandeses gastan más que Brasil en pagar a sus empleados públicos.

El dato salarial

El gasto en personal viene cayendo a nivel del gobierno central —hoy en 3,3% del PBI— producto de lo que los economistas locales bautizaron la “reforma administrativa silenciosa”: el gobierno anterior optó por no aumentar salarios ni convocar concursos, dejando que la planta se redujera por goteo.

El BCB, por ejemplo, perdió 35% de su personal en veinte años. Pero esa caída no resolvió nada de fondo: el poder judicial, con apenas 135 mil empleados a nivel federal —una quinta parte del Ejecutivo—, concentra un tercio de esa nómina federal gracias a sueldos promedio de BRL19.000 mensuales.

Ahí aparecen los “supersalarios”: entre 65.000 y 70.000 empleados públicos cobran de facto por encima del techo constitucional, aunque en el papel figuren dentro de la norma. Un caso extremo, citado por Guedes-Reis, roza los diez veces ese techo.

El costo total de estos beneficios extra-tope: BRL 20.000 millones anuales, apenas 0,2% del PBI, pero con un peso simbólico que excede lo numérico. A eso se suman los beneficios no monetarios: carreras judiciales con 60 días de vacaciones más 15 del receso de fin de año, 75 días pagos por año, y ascensos que premian la antigüedad antes que el mérito.

Citi calcula que una reforma integral podría aportar entre 3% y 4% del PBI en una década, en línea con lo que ya proponía la enmienda constitucional de 2020 de la era Bolsonaro. El dato que cierra el informe resume la tensión de fondo: mientras el ajuste silencioso vacía las oficinas públicas de personal, son los privilegios de una minoría los que siguen intactos. Achicar el Estado y mejorar el Estado, en Brasil, no son la misma reforma.

Las elecciones son clave para la Argentina: un giro a la derecha puede consolidar la gestión de Javier Milei en la previa de las elecciones presidenciales. La alegría puede no ser sólo brasileña.