El Lobo de Wall Street: la historia del estafador excéntrico que llegó al Oscar

Un héroe es un héroe, pero todos aman a un buen villano. Quizás esta sea una de las frases más viejas de la historia cinematográfica, una suerte de cliché hollywoodense, que explica por qué a la industria del cine le fascina retratar personajes ligados a la codicia, el exceso y la traición. Se trata de temas comunes que los directores lograron reciclar con éxito a través de historias ligadas a Wall Street, especialmente luego de la crisis del 2008.


Esta vez Martin Scorsese decidió trasladar a la pantalla grande El Lobo de Wall Street, una de las competidoras por el Oscar este domingo. Se trata de las memorias de Jordan Belfort, un broker estafador que a los 24 años creó Stratton Oakmont, una de las agencias de corredores con más éxito de los 90s, que operaba desde un centro comercial en los suburbios de Long Island. Stratton no era más que un call center en el que se vendían bonos basura con altos rendimientos utilizando maniobras fraudulentas.


Su capacidad por hacer fortuna y sus excesos en la vida social convirtieron a Belfort en un personaje famoso. La película protagonizada por Leonardo Di Caprio describe con bastante crudeza y humor el descontrol que vivió el broker con situaciones que parecen pura ficción. Por ejemplo, compró uno de los yates más lujosos del mundo, construido originalmente para Coco Chanel, en el que naufragó cerca de las costas de Cerdeña por no escuchar a su capitán. El propio Belfort dice haber usado su primer bonus para comprar una Ferrari blanca como la de Don Johnson en Miami Vice. La excentricidad de la historia vuelve a poner en el centro de la escena la búsqueda incesante por el poder y la ambición extrema que muchos vinculan con el mundo de las finanzas.


No es que la gente en Wall Street sea necesariamente mala gente, es sólo que, como casi todo el mundo, harían cualquier cosa para mantener sus sueldos de un millón o diez millones de dólares. Ellos interpretarán datos en forma creativa, van a subestimar los riesgos, van a presentar las cosas de la mejor manera. Algunos mentirán, engañarán y robarán. Pero la mayoría de ellos, al igual que la mayoría de nosotros, simplemente se resisten a mirar el mundo desde cualquier punto de vista distinto del suyo, cuenta en su libro American Rust (2009), Philipp Meyer, un ex trader que comenzó su carrera en UBS en 1999.


Esta reflexión tal vez podría podría hacer alusión al caso de Fabrice Tourre, entre otros, uno de los ex trader de Goldman Sachs, que fue condenado en agosto del año pasado. En 2005, Tourre creó un producto financiero llamado Abacus, basado en una cartera de créditos de alto riesgo. Tras ganar u$s 1,5 millones de dólares en 2007 y lograr un ascenso, lo destinaron a Londres pero en abril de 2010, saltó el escándalo luego de conocerse que enviaba mails a su novia en los que bromeaba sobre haber vendido bonos tóxicos inmobiliarios a las viudas y a los huérfanos.


En el caso del Lobo de Wall Street, que llegó a ganar u$s 12 millones en tan sólo tres minutos, en 1998 fue imputado por estafa y lavado de dinero. Belfort reconoció los cargos y se mostró dispuesto a colaborar con el FBI. Sólo estuvo preso por 22 meses, pero fue condenado a devolver u$s 100 millones de dólares. Todavía sigue pagando parte de la deuda.

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