FINANCIAL TIMES

Albert Bourla, CEO de Pfizer: "Somos la máquina más eficiente de vacunas"

El jefe de la industria farmacéutica habla de la vacuna contra el coronavirus, de sus intercambios con Trump y de porqué suspender las patentes no es una forma de vacunar a los pobres del mundo

Hoy en día, los CEOs rara vez consumen alcohol durante el almuerzo, especialmente los farmacéuticos. Pero Albert Bourla nunca ha encajado en el molde del típico jefe corporativo. Mientras tomamos asiento, el jefe de Pfizer me pregunta si bebo. "Un vino blanco", sugiere. "Algo seco". Cuando el camarero empieza a repasar las opciones por copa, le interrumpe. "No, danos una botella, por favor: vamos a beber mucho".

Bourla, para ser justos, tiene mucho que celebrar. La única razón por la que podemos almorzar en este bullicioso restaurante griego de Hudson Yards es que ambos hemos recibido dos dosis de la vacuna de su empresa. La vacuna, desarrollada con la alemana BioNTech, es la más exitosa del mundo: la primera en ser autorizada por los reguladores estadounidenses, tiene una eficacia superior al 95% contra la cepa original del virus, lo que confiere el mayor grado de protección de todas las inyecciones. Pfizer ha distribuido más dosis que cualquier otra empresa occidental, 1200 millones y contando.

Mientras contemplamos las amplias vistas del río Hudson, Bourla cuenta el momento en que se enteró del avance. Se había reunido con el consejo general de Pfizer y dos expertos en estadísticas por Zoom. "Oí el 95%, que no lo creí, pensé que había escuchado mal".

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Conozco a Bourla desde 2014, cuando cubría el sector farmacéutico estadounidense para el FT y él dirigía los negocios de vacunas, cáncer y consumo de Pfizer. Ha cambiado poco en los años transcurridos, aunque las líneas de su rostro son ligeramente más profundas. En su mano izquierda lleva un inusual anillo de oro con un antiguo casco griego tallado en una piedra negra. "Era de mi padre. No sé por qué ni cómo lo consiguió, pero le pareció genial. Y cuando murió, me lo quedé yo".

De no haber sido por la vacuna de Pfizer, que al igual que la de Moderna utiliza tecnología de ARNm, el fin de la pandemia estaría mucho más lejos. Otras empresas, como AstraZeneca y Johnson & Johnson, utilizaron tecnologías más consolidadas para desarrollar vacunas, pero son sustancialmente menos eficaces.

"Si el ARNm hubiera fracasado, creo que ahora estaríamos en una situación muy, muy difícil", dice Bourla. "Tendríamos que vacunar a mucha más gente para obtener el mismo resultado, en muchos casos entre un 40 y un 50% más". Pfizer declaró recientemente que esperaba que las ventas de la vacuna alcanzaran casi u$s 34.000 millones este año, un aumento de cerca del 30% en comparación con su previsión de hace sólo tres meses. Esto refleja, en parte, la creciente preferencia de las autoridades sanitarias mundiales por las vacunas de ARNm, que son mejores para evitar nuevas variantes.

Esa fatídica llamada por Zoom tuvo lugar el 8 de noviembre, justo horas después de que las cadenas de televisión estadounidenses declararan a Joe Biden ganador de las elecciones presidenciales. Los aliados de Donald Trump alegaron una gran conspiración entre las élites demócratas y Pfizer, a la que acusaron de retener la noticia hasta después de las elecciones para perjudicar sus perspectivas de un segundo mandato.

Bourla dice que se sintió decepcionado, aunque no sorprendido. Durante la fase final de la campaña, cuando Trump acusó a la empresa de demorar, Bourla escribió un memorando a sus empleados en el que les pedía que siguieran trabajando a la "velocidad de la ciencia". Dice: "No era sólo la vacuna. Los barbijos se convirtieron en una declaración. Si usás uno, debes ser un demócrata. Si no lo eres, un republicano. Una locura".

Pfizer no es ajena a la controversia política. Cuando la empresa trató sin éxito de comprar la británica AstraZeneca en 2014, fue atacada como destructora de activos. Un intento posterior de reducir sus costos fiscales mediante la adquisición de Allergan, el fabricante de Botox, y el traslado de su sede a Irlanda fue rechazado por la administración Obama.

Pfizer declaró recientemente que esperaba que las ventas de la vacuna alcanzaran casi u$s 34.000 millones este año, un aumento de cerca del 30% en comparación con su previsión de hace sólo tres meses.

Nuestro vino ha llegado. Espero a que Bourla dé unos sorbos antes de abordar el tema de su relación con Trump, que lo llamó "tres veces, algo así", durante la campaña. "Tenían mi número de celular. A veces llamaban con aviso, y otras veces sólo decían: 'El presidente quiere hablar contigo'".

¿De qué hablaron? le pregunto. Elige sus palabras con cuidado. "Dejó muy claro (...) que quería [la vacuna] antes de octubre, antes de las elecciones: dijo 'más rápido es mejor porque la gente morirá'". Insiste, sin embargo, en que Trump no dependió de él para acelerar las cosas. "Nunca me presionó. Nunca. Pero yo sabía lo mucho que la quería. Y sabía que llegaría cuando tuviera que llegar".

Bourla dice que esperaba aislar a la empresa de los ataques políticos rechazando la oferta de miles de millones de dólares de financiación del gobierno estadounidense para desarrollar la vacuna. En el caso de Pfizer, si la vacuna hubiera sido un fracaso, la empresa, y no el Estado, habría asumido el costo.

Bourla dijo a su consejo de administración que si se perdía la carrera por la vacuna, la empresa tendría que preocuparse por algo más que una pérdida de valor. "El mundo habría entrado en una recesión como en los viejos tiempos, en el siglo XVII", dice, refiriéndose a la Crisis General en Europa occidental. "En crisis como ésa, lo que se pone a prueba no es sólo la economía. Todo se derrumba. ¿Cuántos divorcios se producirán? ¿Cuántos suicidios? Así que si perdemos u$s 2000 millones, tenemos problemas mucho mayores".

Le pregunto cuándo cree que terminará la pandemia. "Para el mundo desarrollado... cambiará, con suerte, a fines de año. La única incógnita es si no consiguen vacunar a un número suficiente de ciudadanos, no por la disponibilidad, sino por la indecisión. Hay variantes, como la Delta, que pueden transmitirse con mucha más facilidad. Podemos enfrentarnos a una mala situación si tenemos gente sin vacunar".

La indecisión sobre las vacunas se ha convertido en una falla política en EE.UU., donde las tasas de inoculación en los estados republicanos son obstinadamente bajas. Bourla no tiene en cuenta a Rusia, a la que acusa de ser la artífice de un esfuerzo online para difundir falsedades. "Muchas veces hemos recibido información del Departamento de Estado [de EE.UU.] que nos dice: 'Vemos que Rusia los está atacando en un esfuerzo por desacreditar vuestra vacuna'". Esas teorías conspirativas "prosperan más, digamos, en el lado republicano", añade.

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Pero cuando se trata de antivacunas individuales, habla con cuidado. "Lo peor que se puede hacer con esta gente -y hay mucho de esto- es decir: 'No eres un hombre, ¿no eres consciente de que estás poniendo en peligro a todos los demás?", dice ¿Y si se les convence, pregunto, por ejemplo, imponiendo la vacunación como condición previa para viajar en avión? "Tengo, evidentemente, opiniones personales al respecto, pero intento mantenerme al margen. Es muy fácil percibir que tenemos un interés. Más gente vacunándose significa más vacunas vendidas".

Bourla interrumpe cuando se nos acerca la jefa de marketing del restaurante. "Gracias a usted podemos ser abiertos", dice. Menciono un informe reciente del FT que relata cómo los fiesteros de los bares de Tel Aviv ahora gritan "por Pfizer", al brindar. "He oído hablar de ello", dice Bourla, radiante de orgullo.

La popularidad de Pfizer en Israel se debe a un acuerdo que Bourla hizo con el entonces primer ministro Benjamin Netanyahu. La empresa garantizó suministros suficientes para vacunar a toda la población a cambio de datos clínicos sobre el comportamiento de la vacuna en el mundo real. Desde entonces, Israel se ha convertido en un punto de referencia, no sólo para Pfizer, sino para los funcionarios de salud pública de todo el mundo. Los datos del Ministerio de Salud del país sugieren que la eficacia de la vacuna disminuye con el tiempo, lo que refuerza la necesidad de una tercera dosis de refuerzo.

Le pregunto cuándo cree que terminará la pandemia. "Para el mundo desarrollado... cambiará, con suerte, a fines de año".

¿Qué le hizo decidirse por Israel? El país tenía que tener una población pequeña con buenos sistemas de recolección de datos, dice. Grecia era una opción, pero su registro médico electrónico no estaba a la altura. También pensó en Suecia, pero le preocupaba molestar a otros países de la Unión Europea.

"Lo más claro fue que Bibi [Netanyahu] estaba al tanto de todo, lo sabía todo", dice Bourla. "Me llamó 30 veces y me preguntó: '¿Qué pasa con los jóvenes...?' Estoy seguro de que lo hacía por su pueblo, pero también estoy seguro de que pensaba: 'Podría ayudarme políticamente'". Eso resultó ser un error de cálculo, sugiero, dado que Netanyahu acabó perdiendo el poder. "Puede ser", dice Bourla. "Pero lo hizo muy bien".

Los precios altos, especialmente en EE.UU., son también el talón de Aquiles de las grandes farmacéuticas; la industria es criticada frecuentemente por cobrar demasiado y blandir sus patentes para frustrar las alternativas de bajo costo.

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Cuando Bourla se juntó con Biden en el G7 de Cornualles este verano [boreal], su muestra de bonhomía desmintió el hecho de que semanas antes el presidente había dicho que apoyaría los esfuerzos para obligar a las empresas farmacéuticas a suspender sus patentes de Covid-19. Bourla, que presionó en contra de la medida, se defiende de lo que, según él, fue una decisión "estrictamente política": un intento de Biden de desviar las críticas internacionales dirigidas a EE.UU. por no compartir suficientes dosis.

Insiste en que la escasez de ingredientes, y no las patentes, es el principal lastre para el suministro y afirma que Pfizer es "la máquina más eficiente para convertir las materias primas en dosis". Si las patentes acaban suspendiéndose, Bourla predice que los materiales "empezarán a sentarse en los depósitos de Sudáfrica, India o China", donde los técnicos "agotarán la esperanza de que quizá descifren el código para fabricar una dosis".

En cuanto al precio de los medicamentos, dice estar dispuesto a llegar a un gran acuerdo con los legisladores, siempre y cuando el ahorro se destine a reducir las facturas de los pacientes y no a la cantidad que gasta el gobierno en planes de salud financiados por el Estado. "Estamos dispuestos a llegar a un acuerdo con cualquiera", dice, incluidos los demócratas progresistas como Elizabeth Warren, Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. "El problema es que muchos de ellos solo quieren golpear a la industria farmacéutica, y luego el dinero va al agujero negro del presupuesto federal. A eso nos resistiremos".

El ascenso de Bourla a la cúpula de Pfizer comenzó hace casi 30 años, cuando se incorporó a su unidad griega de salud animal. Entonces era investigador veterinario en la Universidad Aristóteles de Tesalónica, donde había realizado una tesis doctoral sobre la fecundación in vitro en ovejas y cabras. Pfizer lo contrató y aceptó el puesto como algo temporal hasta que se abriera una vacante académica permanente. Acabó embarcándose en una carrera corporativa que lo llevó a puestos en Atenas, Varsovia, Bruselas, París y Nueva York.

Desde que se convirtió en director general en 2019, Bourla ha transformado la empresa al desprenderse de su división de salud de los consumidores y de una unidad que fabricaba medicamentos más antiguos y sin patente. Ahora la farmacéutica se mantendrá o caerá en función de su capacidad para desenterrar nuevos tratamientos para enfermedades graves, una estrategia de alto riesgo dado el irregular historial de los laboratorios de investigación y desarrollo de las grandes farmacéuticas. "Está claro que a mayor riesgo, mayor recompensa", dice Bourla. "Pero si sintiera que falta I+D, no habría hecho esa apuesta. No soy un suicida".

El almuerzo se prolonga hasta la tercera hora y cada uno de nosotros pide un espresso. Abordo un tema personal. A medida que la estatura de Bourla en el escenario mundial ha crecido, ha empezado a abrirse sobre algo que antes rara vez mencionaba: es hijo de supervivientes del Holocausto. "Nunca hablé de estas cosas", me dice. "Incluso mis amigos más cercanos sólo sabían un poco de ello".

Bourla dice que la idea de suspender las patentes de vacunas contra el coronavirus fue una decisión "estrictamente política": un intento de Biden de desviar las críticas internacionales dirigidas a EE.UU. por no compartir suficientes dosis

Cuando su padre regresó de su escondite en Atenas tras el fin de la guerra en 1945, el mayor de los Bourla se enteró de que sus padres y dos de sus tres hermanos estaban entre las decenas de miles de judíos sefardíes de Tesalónica que perecieron. Según algunas estimaciones, de una población de 55.000 personas, sólo sobrevivieron 2000. Más tarde, el padre de Bourla conocería a su madre, que se había librado por poco de ser asesinada por un pelotón de fusilamiento. Había sido capturada y sólo sobrevivió porque su cuñado cristiano dio "todo su dinero para pagar sobornos".

Bourla dice que esta es la "historia de su madre", no la suya. "No quiero que se convierta en folclore porque, puede ser inspirador o no, pero... ella fue la que fue detenida, sufrió abusos sexuales y físicos a los 17, 18 años". A diferencia de algunos supervivientes, los familiares de Bourla hablaban de sus experiencias en las cenas familiares. "Nunca hablaban con venganza...Si alguna vez viste una película italiana, La vida es bella, era algo así: una historia de horror pero contada con humor".

Su madre convirtió sus horribles experiencias en algo parecido a la esperanza. "'La vida es milagrosa', me dijo. 'Estuve frente a un pelotón de fusilamiento segundos antes de que apretaran el gatillo, y sobreviví. Y mírame ahora. Nada es imposible. Puedes hacer lo que quieras'". Su padre estaba menos seguro. "Lo que aprendí de mi padre fue a identificar lo que puede salir mal".

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