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Los CEOs de Estados Unidos empiezan a contemplar la vuelta de Trump

A pesar de los numerosas causas criminales que enfrenta el expresidente, muchos indicadores sugieren que Donald Trump volverá a la Casa Blanca en 2024.

¿Cómo sería otra administración Trump? Por horrible que a muchos les parezca la perspectiva, es un tema con el que los ejecutivos están empezando a tener que lidiar. Por razones que van desde la inflación y el conflicto de Gaza, hasta la edad de Joe Biden, el hábil manejo de la actual administración de una recesión, una pandemia y la guerra de Ucrania no se está reflejando en las encuestas. Muchos indicadores sugieren que Donald Trump volverá a la Casa Blanca en 2024.

A pesar de las numerosas causas criminales que enfrenta el expresidente, parece una conclusión inevitable que Trump será el candidato republicano. Aun así, grandes donantes como Americans for Prosperity Action, la organización respaldada por Charles Koch, están apoyando en la campaña de Nikki Haley, lo que demuestra cuán preocupada está la comunidad empresarial por la posibilidad de una segunda presidencia de Trump.

Para empezar, los ejecutivos no saben qué Trump les tocará como presidente en caso de que sea reelegido el próximo noviembre. ¿Será el Trump del laissez-faire o el Trump de 'Estados Unidos primero'? En 2016, Trump hablaba mucho sobre Hecho en EE.UU. y de ayudar a los trabajadores, pero la mayoría de sus políticas (aparte de los aranceles a China) básicamente no representaron un cambio con respecto a política tradicional estadounidense. Anuló regulaciones y les bajó los impuestos a las grandes corporaciones. Gran parte del dinero se destinó a la recompra de acciones y no a inversiones que beneficiaran al ciudadano promedio.

"Tiene que haber una purga": el plan de Trump para un segundo mandato

Eso impulsó las cotizaciones bursátiles a corto plazo, que también se vieron favorecidas por las bajas tasas de interés. Pero es poco probable que veamos el mismo fenómeno en una segunda administración Trump. Su mandato marcó la cúspide del crecimiento financiado, que ahora, en gran medida, se ha agotado. Como se indica en el documento de la Reserva FederalEl fin de una era, de junio de 2023, alrededor del 50% del crecimiento real de las ganancias empresariales entre 1984 y 2020 se debió a la caída secular de las tasas de interés y a la reducción de las tasas impositivas corporativas. Eso es lo que ha impulsado tanto el crecimiento de los valores en los últimos años.

Actualmente, el S&P está más sobrevalorado, según algunas mediciones, que cuando estalló la burbuja inmobiliaria en 2008, según un reciente informe de Currency Research Associates. En este entorno, es difícil predecir que los valores suban aunque la Fed empiece a recortar las tasas ante una recesión. Es mucho más probable que caigan, a pesar de cualquier nueva rebaja fiscal de Trump.

Y ése es el escenario más benigno. Una posibilidad más probable es que esta vez tengamos una versión de Trump más dura, aún más insular, xenófoba y paranoica. Para empezar, pocos de los empresarios con opiniones más moderadas que trabajaron con él en su primer mandato estarían dispuestos a entrar en una segunda administración dado el espectro de los disturbios del Capitolio del 6 de enero y la persistente negativa de Trump a aceptar el resultado de las elecciones.

La comunidad empresarial ya está preocupada por la propensión del expresidente al despilfarro fiscal, en un momento en que el aumento del déficit estadounidense es motivo de preocupación para los inversores. Si a esto le añadimos la perspectiva de un arancel general del 10% sobre las importaciones, que Trump ha sugerido como una posible política para su segundo mandato, los directivos se preocupan aún más.

Esto destaca lo que ha sido uno de los mayores problemas de las estrategias comerciales y económicas de Trump desde el principio: la tendencia a culpar a China y utilizar aranceles como una solución única al gran y complejo problema del crecimiento secular más lento y la creciente desigualdad en EE.UU. Pero no parece que Trump piense en términos tan matizados.

El hecho es que los problemas económicos y políticos de EE.UU. se deben sólo en parte a las fallas de la globalización y del sistema comercial neoliberal en particular. También tienen que ver con la falta de inversión interna en infraestructura básica, calificación y educación, así como en investigación y desarrollo.

No hay que descartar la posibilidad de un regreso de Donald Trump

Biden, por supuesto, ha abordado muchas de estas cuestiones con más estímulo fiscal del que hemos visto desde la era Eisenhower de la década de 1950. Al mismo tiempo, su administración ha intentado llevar a cabo la difícil pero necesaria tarea de idear un nuevo modelo económico más sostenible e integrador, tanto a nivel doméstico como en el exterior.

Eso es política industrial inteligente, y es algo que Trump no parece tener ni la propensión ni la capacidad de hacer. Durante la pandemia, a pesar de todas las duras palabras de funcionarios como el exasesor económico de Trump, Peter Navarro, sobre la incapacidad de EE.UU. para fabricar, por ejemplo, equipos básicos de protección personal, nadie en la Casa Blanca tuviera ni idea de lo que el país podía o debía fabricar.

La administración Biden, por el contrario, presentó un importante informe sobre la cadena de suministro en sus primeros 100 días, y ha empezado a reconstruir la industria estadounidense de chips y a estudiar cómo garantizar una transición ecológica justa y segura.

Los planes de esta administración no son perfectos. Pero Biden entiende que no basta con fustigar a China; hay que crear un cambio de paradigma a nivel doméstico para que EE.UU. recupere su energía política y económica.

El excepcionalismo estadounidense siempre se ha basado en la inmigración, como expone el escritor David Leonhardt en su nuevo libro El nuestro era el futuro brillante: la historia del sueño americano. Es la inmigración la que ha garantizado un crecimiento tendencial superior al de otros países desarrollados y, en los últimos años, ha contribuido a frenar la inflación. Trump, por supuesto, quiere construir un muro, física y figurativamente. Las empresas deberían pensar detenidamente en lo que eso significaría, para ellas y para el país, y hacer todo lo posible para que no ocurra.

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