¿Fin de la moderación?

'Ansioso y frustrado': por qué Lula se radicaliza y gira a la izquierda

"Es una mezcla de los Lula que conocemos del pasado, pero también es un Lula diferente. Es más impaciente, más centralizado, escucha a menos gente y quiere resultados rápidos", afirma Thomas Traumann, analista político que formó parte de un gobierno anterior del PT.

Luiz Inácio Lula da Silva está apurado. Desde que asumió el cargo para un histórico tercer mandato hace poco más de 100 días, el líder brasileño está desesperado por dejar su impronta en la presidencia y deshacer el giro a la derecha que el país más grande de América latina dio con su predecesor Jair Bolsonaro.

En su mandato de cuatro años, Brasil cumplirá 40 años de progreso, dice Lula, que se ha comprometido a terminar con el hambre, impulsar la economía y darle a los brasileños una razón para el optimismo después de años de estancamiento.

Pero las primeras señales de esta transformación son escasas. Más allá del impulso para reafirmar el papel de Brasil en la escena internacional -con visitas presidenciales a Estados Unidos, China y los vecinos sudamericanos-, los primeros meses del nuevo gobierno han estado marcados por el vacilante progreso interno y las disputas cada vez más violentas entre el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula y los principales responsables de la política económica del país.

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Después de que los disturbios del 8 de enero en Brasilia, provocados por seguidores de Bolsonaro, eclipsaran su primer mes en el cargo, Lula parece cada vez más impaciente -incluso irritado- con sus críticos. Y ha descartado en gran medida la coalición de la 'gran carpa' que lo impulsó a la victoria electoral en octubre.

"Es una mezcla de los Lula que conocemos del pasado, pero también es un Lula diferente. Es más impaciente, más centralizado, escucha a menos gente y quiere resultados rápidos", afirma Thomas Traumann, analista político que formó parte de un gobierno anterior del PT.

Durante sus dos primeros mandatos, entre 2003 y 2010, Lula fue aclamado en todo el mundo por haber conducido a Brasil a través de un efervescente periodo de crecimiento impulsado por las materias primas y de reducción de la pobreza. Aunque se inclinaba hacia la izquierda, se adhirió a los principios del mercado.

Esta vez, ese compromiso con el mercado no puede darse por sentado. En los primeros días de su gobierno, Lula y sus aliados más cercanos apuntaron contra el recientemente independizado banco central y su tecnócrata presidente Roberto Campos Neto. Acusaron a Campos Neto de mantener las tasas de interés artificialmente altas en beneficio de los banqueros ricos y en detrimento de la economía en general y de los brasileños más pobres.

Hasta ahora, el banco central se ha negado a ceder a las presiones para que baje las tasas, incluso cuando miembros del PT protestan frente a su sede. Pero la polémica ha alarmado a los inversores, que han revisado al alza las expectativas de inflación, alimentando aún más la incertidumbre sobre las perspectivas económicas del país.

William Waack, comentarista político, dijo que Lula eligió a Campos Neto como chivo expiatorio al que culpar si -como se prevé- la economía no crece o se expande sólo marginalmente este año.

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"Lula cree firmemente que si no muestra buenos resultados en poco tiempo se enfrentará a más obstáculos políticos. Está ansioso y frustrado, muy diferente del tipo que era [en mandatos anteriores]".

En cuanto a su agenda social, Lula tuvo un comienzo prometedor con un paquete de transición que restablecía miles de millones de dólares en financiación de la salud y la educación, además de relanzar un programa social mejorado y aumentar el salario mínimo para los brasileños más pobres. Pero no ha conseguido movilizar a sus partidarios en torno a nuevas propuestas, como el tan esperado paquete de infraestructura.

Una encuesta reciente de Datafolha reveló que el 51% de los entrevistados consideraban que el presidente había hecho menos de lo que esperaban hasta ahora. Según el mismo sondeo, el 38% de los brasileños considera que su gobierno es bueno, el 30% regular y el 29% malo.

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Algunas de las dificultades a las que se enfrenta Lula se deben al Congreso, que -incluso para sus propios estándares de letargo- ha tardado en ponerse manos a la obra.

Pero cuando los proyectos de ley se someten finalmente a votación, el presidente se enfrenta a obstáculos, ya que su bloque parlamentario no tiene ni siquiera mayoría simple, por no hablar de la mayoría de tres quintos necesaria para aprobar las enmiendas constitucionales necesarias para cualquier ley importante.

Los esfuerzos por ganarse a los nuevos legisladores han fracasado hasta ahora, en parte porque ha apelado al flanco izquierdo tras abandonar la retórica de la 'gran carpa' de la campaña electoral del año pasado.

"Lula está mucho más a la izquierda que en sus dos primeros gobiernos", dijo Traumann. "Sólo está hablando a su base: al PT y a los pobres".

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