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Un presidente neoliberal contra la inflación

Qué baja estaba la inflación cuando estaba alta. Incluso, qué lindo fue el 4,7% de febrero o hasta el espeluznante 8,6% de incremento de alimentos en el Gran Buenos Aires que reveló este martes el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), todos datos que reflejan lo mal que entramos a la aceleración de los precios de la comida producto de la invasión de Rusia a Ucrania.

En la consultora PxQ, que conduce Emmanuel Alvarez Agis, se frotan los ojos cuando miran en estas horas el monitor de precios que llevan de forma continua. Derivados del trigo como el pan lacteado ya acumulan a la segunda semana de este mes un incremento del 35% desde diciembre. El pollo, reflejo del impacto del alza del maíz, ya sube cerca del 40% también en estos dos meses y medio. Y sumale otros productos como la carne: el asado, si hacés la cuenta desde noviembre pasado, lleva un incremento del 23%.

Realmente asusta ver los ajustes asociados al efecto de la guerra sobre las materias primas. Se abren preguntas sobre en qué nuevo escalón estacionará el costo de vida en la Argentina que -vale recordar- había dejado de ser un problema hasta que volvió a los dos dígitos en el gobierno de Cristina Kirchner en 2007 y se acomodó en 25% con picos del 40%; llegó a escalones del 50% con Cambiemos y hoy desde ahí pareciera estar tomando impulso para entrar en otra fase que empiece con 6 o con 7, un territorio desconocido desde los noventa para acá.

Hay una luz de alarma extra: la sociedad lleva soportando cuatro años de licuación de ingresos.

El cuadro es preocupante porque a nuestro milhojas de quilombos estructurales se le van sumando los vientos del exterior que siempre han influido para bien o para mal en cuánto nos la pegamos o por cuánto la zafamos.

Pero sobre todo, la cosa es para agarrarse de los pelos porque en ese contexto, el Presidente se empieza a quedar solo como todo mandatario cuando la política ve venir una situación complicada. No lo ayudan los deslices como esa frase que pasará a la historia sobre que "el viernes" arranca la guerra contra la inflación, una expresión que viajó directo a los memes con forma de anotación de Google Calendar que diga "luchar contra los especuladores".

Así, es esperable que desde la oposición, si lo ven trastabillar, no quieran quedar alcanzados por un eventual derrumbe. Después de aportar votos para evitar un default con el Fondo, el ex presidente Mauricio Macri juega al bridge en Europa y el resto de sus figuras se refugia en los eslóganes que cohesionan a los propios. Sueltan un "no vamos a aumentar impuestos" como respuesta a todo.

También suele ocurrir que cuando crece la incertidumbre, los actores económicos y sociales se le paren de manos a un gobierno casi que por nada: hay frigoríficos que retacean cortes populares por el nuevo contexto y bla; los sojeros amenazan con cortes de rutas apenas surge el rumor de una posible suba de derechos de exportación en un mundo en llamas; y las organizaciones sociales realizan el acampe más grande los últimos tiempos en reclamo de hablar con un interlocutor que no baje de ministro, porque en el temblor, y más en la pobreza, el que no llora no mama.

Todo lo peor

Ahora, lo que no es para nada habitual es que la principal fuente de cascoteo para la figura presidencial provenga con tanta virulencia de su propio espacio, y de su compañera de fórmula, la vicepresidenta, y los suyos. Nadie en Juntos por el Cambio, de hecho, ha ido tan lejos en hacer mella de la autoridad presidencial.

Si pasamos en limpio lo que sugirieron o directamente dijeron CFK y La Cámpora sobre el jefe de Estado en los últimos días, surge que Alberto Fernández hoy ya es un hombre que directamente pertenece a otro espacio político pero ni si quiera afín, sino en las antípodas. Si lo consideran así, ¿una dirigente se queda a compartir su suerte con él o está preparando el terreno para salir?

Porque de alguna forma le dijeron que es un neoliberal que aplica las recetas del Fondo, que negoció blando y aceptó medidas ortodoxas que no van, con un agravante, encima las asume como propias.

Hace diez días Cristina Fernández recibió un reporte del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) sobre el acuerdo. El viernes pasado, tras la votación en diputados del aval a la refinanciación con el FMI, la organización que fundó Máximo Kirchner publicó un documento crítico sobre el acuerdo titulado "Cómo llegamos hasta acá" con párrafos textuales del trabajo del think tank que integran Hernán Lechter y Julia Strada, aunque sin citar la fuente.

Así, cuestionó cinco medidas que atribuyó al "Fondo de siempre": la baja del déficit, la reducción de la emisión, la devaluación del tipo de cambio acorde a la inflación, la acumulación de reservas y las tasas de interés positivas. Drama: son las mismas medidas que hace una semana, el presidente del BCRA, Miguel Pesce, había dicho que "había que hacer igual" aún si no estuviera el FMI. Hablame de una diferencia más profunda en el corazón del oficialismo.

Con semejante nivel de tambaleo interno y desafíos desde afuera, con las herramientas muy limitadas por esa misma falta de poder político y el ir y venir de versiones antes de cada toma de decisiones, estamos a horas de que entonces, llegue este viernes para que, preso de sus palabras, Alberto Fernández salga a dar batalla contra los precios. Por suerte podrá cortar rápido. Al toque llega el fin de semana.

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