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Tras los reclamos internos sobre el terreno que Estados Unidos cedió por décadas sobre su “patio trasero” América latina y la mayor inserción de China dentro de la región, la gestión de Donald Trump viene poniendo el foco en los sectores críticos donde busca contrarrestar ese avance de Beijing.

Así, comenzó a identificar los sectores en los que el dominio de China representa un riesgo para su seguridad económica y nacional. El objetivo es encontrar nuevos socios capaces de reemplazar al gigante asiático en cadenas críticas, lo que abre oportunidades para América Latina y la Argentina.

Así lo planteó Leland Miller, miembro de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China del Congreso estadounidense, durante un seminario organizado por Techint. En un diálogo con Gerardo della Paolera, el especialista advirtió que el mundo enfrenta un “shock de China 2.0”, diferente del que sacudió a la industria global hace dos décadas.

Según relató Miller, la primera ola se concentró en cadenas de bajo valor, como textiles, indumentaria, muebles y juguetes. La nueva ofensiva avanza sobre actividades intensivas en capital y tecnología: vehículos eléctricos, baterías, semiconductores, productos farmacéuticos, biotecnología, robótica y computación cuántica.

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La estrategia de China, explicó el invitado del país norteamericano, consiste en ganar participación de mercado hasta alcanzar una posición dominante y utilizar ese control como una palanca frente a otros países. El caso del litio es uno de los más sensibles: aunque China no concentra la extracción del mineral, domina eslabones decisivos de su procesamiento y de la fabricación de baterías.

“El riesgo es que China pueda prender y apagar esas cadenas de provisión a su antojo”, advirtió, con una visión donde Estados Unidos es el que garantiza la seguridad. Desde su perspectiva, esa vulnerabilidad también se extiende a los insumos necesarios para producir antibióticos, insulina, semiconductores y componentes electrónicos.

Para 2030, China podría explicar cerca del 45% del valor agregado manufacturero mundial, de acuerdo con proyecciones de Naciones Unidas citadas durante la presentación. Detrás de ese avance existe un sistema industrial subsidiado por el Estado, con crédito dirigido y una producción determinada por la oferta más que por la demanda.

Miller puso como ejemplo los vehículos eléctricos. Durante una década, China desarrolló su industria dentro del mercado doméstico, mejoró su tecnología y amplió su escala. Una vez saturada la demanda interna, volcó la producción al exterior a precios con los que las empresas de otros países tienen dificultades para competir.

La misma dinámica se observa en los paneles solares. China llegó a tener capacidad para fabricar más unidades de las que demanda todo el mundo. La sobreproducción no provoca el cierre inmediato de las compañías, como ocurriría en una economía de mercado tradicional: el financiamiento estatal permite sostenerlas y exportar el excedente.

Según Miller, Xi Jinping no busca corregir ese desequilibrio porque considera que constituye una ventaja estratégica. Su objetivo es que China gane la cuarta revolución industrial, aun cuando la economía doméstica atraviese una etapa de debilidad por la crisis inmobiliaria, la baja demanda y el menor dinamismo del sector privado.

“China tiene una economía de dos velocidades”, resumió. Puede registrar un crecimiento cada vez más bajo y, al mismo tiempo, ubicarse entre los líderes mundiales en robótica, biotecnología, tecnología militar y cuántica.

Industrias estratégicas para EE.UU.

La respuesta de Washington incluye una política de reindustrialización y la búsqueda de proveedores alternativos. Estados Unidos comenzó a mapear la presencia china en cada sector sensible, identificar los puntos críticos de las cadenas de abastecimiento donde haya riesgo para su seguridad.

“Si acá dijéramos algo así nos tratarían de proteccionistas”, bromeó Della Paolera en el seminario. La anfitriona Techint tuvo sus cruces con el Gobierno nacional, que tildó en sucesivas oportunidades a la industria como “prebendarias”.

El paso siguiente para Trump es construir esas cadenas con países considerados confiables.

La estrategia representa una oportunidad para América Latina, por su disponibilidad de minerales críticos, energía, alimentos y capacidad industrial. Pero también plantea un riesgo: que la región se limite a exportar materias primas y luego compre a China las máquinas y los productos terminados fabricados con esos mismos recursos.

La estrategia de la Argentina

Para la Argentina, la discusión es especialmente relevante por su potencial en litio, cobre, energía y otras actividades consideradas estratégicas. La búsqueda estadounidense de nuevos socios podría facilitar inversiones y el desarrollo de proveedores, siempre que el país consiga integrarse en eslabones de mayor valor agregado.

<div class="migrated-promo-image__description"><div class="migrated-promo-image__source">Fuente: X @luiscaputoar</div></div>
Fuente: X @luiscaputoar
Fuente: X @luiscaputoar

Miller desaconsejó plantear una ruptura de las relaciones con China, algo “poco realista”. En cambio, recomendó pensar el problema con un horizonte de entre 10 y 15 años e identificar qué cadenas productivas podrían perderse durante ese período si no se adopta una estrategia.

La pregunta, señaló, no debería ser cómo cortar hoy el vínculo con Beijing, sino qué industrias serán imposibles de recuperar dentro de una década si China consolida su posición dominante.

El margen de maniobra de la economía china

Miller también relativizó los pronósticos sobre una eventual recesión o colapso de China. La economía se encuentra débil, reconoció, pero funciona con un sistema financiero administrado por el Gobierno que puede dirigir capital desde actividades productivas hacia empresas ineficientes para evitar una crisis abierta.

Ese mecanismo reduce la productividad y llevará a tasas de crecimiento cada vez menores. China podría crecer cerca del 1% o incluso aproximarse al estancamiento sin sufrir un colapso tradicional y, al mismo tiempo, mantener sectores tecnológicos y militares de nivel mundial.

“Soy un defensor del libre mercado, pero con China existe un mercado desequilibrado”, sostuvo Miller. El problema, concluyó, no es solamente que el país venda más productos, sino que busca controlar la manufactura y las cadenas de proveedores que definirán la economía global de las próximas décadas.