ANÁLISIS

Falta de brújula y pesimismo en los votantes del FdT

El fiscalismo de Batakis desordenó la brújula ideológica del oficialismo. Mientras el albertismo busca desesperadamente una línea unificada, Cristina Kirchner está a la expectativa y en un deja vú del 2018. La mitad de los votantes del Frente de Todos es pesimista respecto el futuro de la economía.

El Frente de Todos entró en una fase superior a la del internismo: la de la pérdida de línea y de brújula ideológica. Hasta el sábado en que Martín Guzmán renunció por tuiter, mientras acumulaba resentimiento viendo el acto de Cristina Kichner por TV, el reparto de roles en el oficialismo estaba definido.

Ante los ojos del cristinismo, Guzmán cumplía el papel del neoliberal infiltrado. Se trataba de una mirada simplificadora, pero a la vez auto-indulgente. Al convertir a Guzmán en una suerte de Domingo Cavallo de formas amables y tono sedado, se justificaba el petardeo permanente al ministro. Y por lo tanto, también el boicot al gobierno. No quedaba otra alternativa que ser oposición dentro del oficialismo.

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El debut fiscalista de Silvina Batakis, sin embargo, rompió la matrix del sistema político. Tanto el Frente de Todos, como de Juntos por el Cambio esperaban otro guión de parte de la ex ministra bonaerense de Daniel Scioli. Los primeros pasos de Batakis desconcertaron especialmente a los creyentes en Cristina.

El debut fiscalista de Silvina Batakis, sin embargo, rompió la matrix del sistema político. 

Ahora, ya no existe una línea monolítica dentro de esa tribu. Tampoco, dentro del albertismo. Alberto alterna entre el perfil bajo, el ruego de un apoyo amplio que no llega y el tono desafiante hacia los medios y los empresarios, en un homenaje tardío a su vice.

Los votantes frentetodistas pasan del desconcierto al pesimismo. Según una encuesta reciente de la consultora Trespuntozero, sólo el 49% de los que en 2019 eligieron a los Fernández es optimista respecto al futuro. "La mitad de los simpatizantes del gobierno tiene una mirada negativa o reserva su desazón respecto a la situación económica", afirma Shila Vilker, directora de la consultora.

Mientras tanto, Cristina ensaya un juego ambiguo y expectante. Si bien retomó el diálogo y los mano a mano con el presidente y Sergio Massa, de los que nada se filtra a la prensa, ya no parece tan interesada por incidir dentro del gobierno. En una especie de revival del 2018, está dedicada a ampliar su agenda de interlocutores. Habla tanto con Carlos Melconián, como con Daniel Scioli, Héctor Dáer, Juanchi Zabaleta y el embajador estadounidense Marc Stanley. Intenta construir y contener, casi de forma autónoma y paralela a la suerte de Alberto Fernández.

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Pero existe una gran diferencia respecto a la estrategia que practicó desde 2018. Por aquellos días gobernaba Mauricio Macri, y la entonces senadora tejía una alternativa amplia. Y lo hacía desde afuera del poder. Ahora, en cambio, forma parte del oficialismo. Es socia fundadora del Frente de Todos, por más que reniegue y se arrepienta de haber elegido a Alberto Fernández con su dedo.

CFK además sabe que Batakis no tiene demasiado aire. Su designación expresa más un interinato sujeto a resultados, que la apuesta por una superministra, tal como pretendía Sergio Massa. Batakis no era la primera opción de Alberto Fernández, ni la de Massa. Tampoco la de Cristina Kirchner, que se limitó a no vetar su nombre.

La ministra no cuenta con la capacidad de resistencia que demostró Guzmán. Ni siquiera intenta tenerlo. Pero sí demuestra una cintura política de la que carecía el economista platense. "La Griega" conversa por teléfono con la vice en busca de su aprobación.

Un cuestionamiento directo de la VP a la ex secretaria de Provincias del Ministerio del Interior derivaría en la renuncia inmediata de Batakis.

El contexto económico tampoco da margen para una nueva escena de internismo en la vida conyugal frentetodista. La crisis en la argentina alterna entre ser financiera, económica, política e institucional. Y en la última semana, también callejera, a partir de la multiplicación de actos y marchas contra el gobierno. Hasta la CGT se vió forzada a romper (tibiamente) el tabú de la protesta.

La ministra no cuenta con la capacidad de resistencia que demostró Guzmán. Ni siquiera intenta tenerlo.

Un salto devaluatorio fuerte, al que por ahora se resiste en la Casa Rosada con uñas y dientes, sellaría la suerte del gobierno. La devaluación que el ex ministro de Economía Axel Kicillof pudo ensayar en 2014 difícilmente podría replicarse en el panorama actual, con salarios desplomados, falta de reservas y ausencia de liderazgo político. El gobierno tampoco cuenta con un plus que caracterizó al kirchnerismo en momentos difíciles. No muestra una mínima dosis de audacia para salir contragolpeando del letargo en el que se encuentra.

En la oposición, en cambio, se ilusionan con que esta vez el peronismo haga el trabajo sucio. ¿Cuál? El de una devaluación también sugerida por el FMI, los mercados y los exportadores agropecuarios. Juntos por el Cambio se esperanza con la posibilidad de que el albertismo encarne a un exministro de Economía un poco olvidado: Jorge Remes Lenicov, quien devaluó la moneda en la previa al ciclo ascendente de Roberto Lavagna.


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