

Axel Kicillof ya está al frente del peronismo bonaerense y llenó una casilla más en el armado de su espacio, ese con el que buscará liderar una coalición “amplia” que lo lleve al poder nacional, para la que cuenta con aliados que hoy ya están junto a él o que han entrado en un diálogo negociador.
El viernes por la tarde, mientras encabezaba un encuentro del PJ bonaerense, Máximo Kirchner -su antecesor en el cargo- visitaba la provincia de Santa Fe. La relación entre La Cámpora y el gobernador está desgastada y solo se puede rescatar como un puente entre ambos mundos a los ministros “cristinistas” que se sostienen en el gabinete: Nicolás Kreplak (Salud), Daniela Vilar (Ambiente), Juan Martín Mena (Justicia) y Florencia Saintout (Cultura).
Nadie quiere dar el paso de la ruptura, pero la “construcción” parece apuntar a lados diversos.
El camporismo quiere asegurarse de que el próximo peronista en la Casa Rosada cumpla con algunos puntos mínimos de gestión, en especial en lo que respecta al tema deuda externa: “no queremos otro Alberto Fernández”, dicen.
En el axelismo no quieren que, de llegar, un gobierno “intervenido” e “inmovilizado” por el cristinismo. Están en la memoria los primeros dos años de gestión en la PBA, donde la incidencia de La Cámpora era mucho mayor que ahora. Tampoco quieren ser Alberto Fernández.
Pero los frentes electorales no solo se miden por aquello que excluyen, sino por lo que integran o pretenden sumar.
Además de su grupo de colaboradores más estrecho —entre los que cuenta a Carlos “Carli” Bianco y Jessica Rey, su jefe de Gabinete y quien maneja su relación con los medios, respectivamente—, Kicillof cuenta con un núcleo de funcionarios que le son incondicionales: allí están el exsecretario general de La Cámpora, Andrés Larroque, y el ministro de Trabajo, el sindicalista curtidor Walter Correa.
Esos dos nombres son de suma importancia. Larroque es una de las patas “territoriales”, el que tiene teléfono directo con las organizaciones sociales. Correa es un hombre con terminales en la CGT y en la CTA.
El mundo sindical, en general, ve con buenos ojos a Kicillof. “La CGT lo ve como un interlocutor válido, se han sacado fotos. Cuando entrás por dirigente quizá no sea tan lineal, pero todos ellos tienen algo en común: no quieren saber nada del cristinismo”, señaló un dirigente cercano al gobernador.
En lo que se conoce como “Movimiento Derecho al Futuro” están nucleados los intendentes —unos cincuenta—, mayoritariamente enemistados con el camporismo, una agrupación que disputa el poder en los municipios.
Con ellos, en los próximos meses, se vivirá un capítulo particular de la política bonaerense: “Axel necesita que los intendentes puedan reelegir, ellos mueven el aparato electoral”, señaló hace algunos días un experimentado político de origen peronista que hoy está buscando un lugar para recalar.
Conseguir la reelección de los intendentes no será sencillo: habrá que convencer al peronismo en pleno y a otras fuerzas políticas presentes en la Legislatura. Algunos sostienen que la llave está en manos de Sergio Massa, quien históricamente se opuso a la reelección indefinida.

Kicillof tiene, además, algunos diputados nacionales cercanos. Entre ellos está, por ejemplo, el excanciller Santiago Cafiero: “No sé si podría definirlo como axelista, pero juega en ese espacio”, resumió alguien que conoce mucho al exjefe de Gabinete de Alberto Fernández.
Hay, al menos, otros dos dirigentes que ocuparon espacios importantes en el gobierno del FdT que están en la órbita platense: uno de ellos es el ministro de Infraestructura, Gabriel Katopodis, un dirigente de muy buena imagen y que ha sabido ser negociador con los otros sectores del peronismo en cada disputa de los últimos dos años.
Con bajísimo perfil también reporta a La Plata, en la figura de asesora de Asuntos Internacionales, Cecilia Nicolini. Politóloga y parlamentaria del Mercosur, supo estar al frente de la negociación para la adquisición de vacunas durante la pandemia de Covid-19. En su último viaje a España, Kicillof la integró a la reducida comitiva de tres personas.
Por fuera de la provincia de Buenos Aires, el panorama es más difuso: los gobernadores de la liga anti-Milei lo respetan. Los más cercanos son el fueguino Gustavo Melella y el formoseño Gildo Insfrán. Allí, los que habitan en el riñón kicillofista, incorporan al riojano Ricardo Quintela.
El gobernador ha consolidado su posición con la conducción del PJ provincial y mantiene diálogo abierto con el peronismo de centro, pero es temprano para hablar de más incorporaciones.
Todos los ojos están puestos en el qué hacer con el cristinismo, pero Kicillof deberá construir una opción nacional con dirigentes provinciales que tienen sus propios objetivos políticos, que pueden ser tan distantes de los de él como los de La Cámpora.














