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Para un líder que divide el mundo entre ganadores y perdedores, y que volvió al poder prometiendo que la gente se iba a cansar de ganar, debe ser difícil asimilar una paliza así. Donald Trump mandaba en su partido con más autoridad que un general romano sobre sus legiones. Tenía mayoría en la Cámara de Representantes, el Senado y entre los gobernadores.
Ahora se encuentra con que aquellos que llamó fracasados dominan los tres niveles de poder, algo que no ocurría desde hace 18 años. Su vicepresidente, que pasó dos años adulándolo, tardó menos de 24 horas en diferenciarse y culpó a la guerra con Irán por la derrota.
Los números son apabullantes. Las proyecciones dan a los demócratas entre 249 y 255 representantes, su mayoría más amplia desde 2008. En el Senado ya tienen aseguradas 54 bancas y podrían llegar a 56: siete escaños republicanos cambiaron de partido y todos pertenecían a estados que Trump había ganado en 2024. Entre los gobernadores, recuperaron la mayoría por primera vez desde 2010. De los diez estados más poblados, nueve tendrán gobernador demócrata.
La nueva mayoría opositora prepara una ofensiva desde el Congreso. Hakeem Jeffries, que presidirá la Cámara, puso como prioridades el costo de vida y la rendición de cuentas. No colocó el juicio político en primer plano, pero podrá investigar los negocios de Trump, el caso Epstein, las deportaciones, la guerra con Irán y los contratos de Elon Musk. También podrán bloquear nombramientos, condicionar presupuestos y citar funcionarios.
La reacción de Wall Street exhibió la dificultad del mercado para interpretar el resultado. Primero celebró que hubiera un contrapeso parlamentario frente a la imprevisibilidad que caracteriza a Trump. Al día siguiente cambió de lectura: el Nasdaq borró toda la suba poselectoral y siguió cayendo.
Las grandes tecnológicas perdieron alrededor de u$s2 billones de capitalización y el epicentro fue la inteligencia artificial, ante el temor de mayores restricciones a los centros de datos. Es una de las oportunidades inesperadas de la victoria demócrata para la Argentina.

El espejo de Obama
Trump quedó mucho más limitado en política interna. Puede vetar leyes y seguir utilizando facultades ejecutivas, pero tendrá enfrente un Congreso capaz de bloquear sus iniciativas. Para entender qué puede hacer ante ese escenario conviene mirar a su némesis.
Obama perdió las dos cámaras en 2014 y dedicó buena parte de sus últimos dos años a la política exterior. Después de aquella derrota llegaron el deshielo con Cuba, el acuerdo nuclear con Irán, el Acuerdo climático de París y la negociación del tratado transpacífico.
Una investigación de Philip B. K. Potter encontró que presidentes sin posibilidad de reelección pueden aumentar su actividad internacional cuando pierden margen doméstico: el legado pesa más y la política exterior ofrece facultades que dependen menos del Congreso.
Trump tiene todavía más incentivos. Difícilmente acepte administrar en silencio los dos años que le quedan. Irán es el primer frente: en Washington siguen evaluando nuevas operaciones mientras Qatar intenta reabrir negociaciones. Ucrania es otro: Trump quiere un acuerdo que pueda presentar como el final de la mayor guerra europea desde 1945. Y Cuba puede convertirse en una obsesión.
Después de la captura de Maduro en Venezuela, lograr un cambio de régimen en la isla tendría para él un valor histórico extraordinario. Sería la inversión exacta del legado que buscó Obama con La Habana.
Hay un límite importante. Europa, Rusia, China o Irán saben que Trump se va en enero de 2029 y que un demócrata puede revertir parte de sus decisiones. Algunos gobiernos pueden preferir esperar. Cuanto más ambicioso sea en sus pretensiones, más incentivos tendrán sus interlocutores para aguardar dos años.

La mira en Argentina
La derrota de Trump no necesariamente es una mala noticia para Milei. Puede ocurrir lo contrario. Si el Presidente concentra su energía en dejar una América latina más alineada con Washington y menos dependiente de China, Argentina pasa a ser uno de sus principales casos de éxito. Sobre todo después de la reelección de Lula en Brasil.
Hay razones políticas y estratégicas. Milei compite por la reelección en 2027 y Trump necesita demostrar que puede hacer ganar a otros. Además, hay razones de fondo. Estados Unidos busca petróleo, gas, cobre, litio y minerales críticos, y reducir la presencia china en infraestructura sensible.
Ya existen acuerdos sobre minerales, comercio, energía y un marco del EXIM Bank por hasta u$s 7.000 millones. El embajador Peter Lamelas reiteró después de la derrota que Washington mantiene su compromiso con Argentina.
También aparece una oportunidad inesperada en inteligencia artificial. El rechazo a nuevos centros de datos creció con fuerza en Estados Unidos y gobernadores demócratas electos en Texas, Georgia y Ohio prometen mayores controles.
El país ya tiene sobre la mesa Stargate Argentina, un proyecto anunciado por hasta u$s 25.000 millones y 500 MW en Neuquén. Si construir capacidad de cómputo se vuelve más caro o lento en Estados Unidos, Vaca Muerta, el clima patagónico y una regulación favorable pueden volver más atractiva la alternativa argentina.
El riesgo está en el financiamiento. Los demócratas ya intentaron impedir que el Tesoro volviera a asistir a Argentina mediante el Fondo de Estabilización Cambiaria. Pero controlar el Congreso no les alcanza automáticamente: Trump puede vetar una prohibición y el Tesoro conserva facultades amplias para actuar sin autorización legislativa previa.
El hombre que sólo piensa en ganar perdió poder dentro de Estados Unidos. Puede, precisamente por eso, intentar ejercerlo afuera.

Por Dario Mizrahi
Politólogo y periodista especializado en internacionales
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