En esta noticia

Una chica -probablemente IA- cuenta, sonriendo, que gana plata extra mientras limpia su casa. Solo tiene que filmarse con el celular en la frente como linterna de minero, sostenido con una vincha best seller en internet. La empresa Atlas Capture (y varias más) pagan dos dólares por hora por videos en primera persona de tareas domésticas: limpiar, cocinar, ordenar.

Imagen generada con IA
Imagen generada con IA

Cobrás por limpiar tu propia casa.

¿Para qué quiere alguien miles de horas de video de manos humanas pasando un trapo? Fácil, para entrenar robots. Y les hace falta. Según el AI Index 2026 de Stanford, los robots ya logran 89,4% de éxito en tareas de manipulación simuladas, pero apenas 12% cuando las tareas domésticas ocurren en casas reales. Entre el laboratorio y el living todavía hay un abismo.

El robot ya existe y tiene nombre. Figure, una de las empresas de humanoides más avanzadas del mundo, muestra a su modelo doblando ropa y vaciando el lavavajillas. Su fundador, Brett Adcock, repite la visión sin sonrojarse: “Cada hogar va a tener un humanoide”. Cuando lo publicó en X, le contestó Arnold Schwarzenegger: “You should melt them”. Deberías derretirlos.

Fuente: ShutterstockShutterstock

El chiste toca el miedo exacto: Skynet, las máquinas que se rebelan, el robot con escopeta. Pero mientras el miedo de ciencia ficción nos entretiene, la singularidad de verdad entra por la puerta de servicio, disfrazada de aplicación simpática que te paga por limpiar.

Una empresa le puso fecha

El mismo día del tuit de Arnold, el 19 de agosto, Stripe -la empresa que procesa pagos por casi el 2% del PBI mundial- mandó una carta a sus inversores con una frase que sigo releyendo: “Decidimos que el 1 de enero de 2026 marcó el comienzo de la Singularidad, y desde entonces operamos sobre esa base”.

La singularidad de la ciencia ficción es el momento en que las máquinas nos superan y ya nada se puede predecir.

La versión de Stripe es menos cinematográfica y más útil: las curvas aceleraron, definitivamente. La creación de empresas crece como nunca, los agentes de inteligencia artificial empiezan a comprar y vender solos, y aparecen mercados que hace un año no existían, como el que le paga a la chica por un video limpiando.

No es un cisne negro, ese evento imprevisible que solo explicamos después de que ocurre: esto lo estamos viendo venir, todos, en cámara (casi) lenta.

Lo notable no es que Stripe “sepa” que empezó la singularidad. No lo sabe; nadie puede saberlo. Lo notable es que lo decidió. Eligió una fecha, la escribió y alineó toda su estrategia. La fecha es inventada. La decisión es real.

El taxista que sabía

Pensemos en un taxista de 2012. Si sabía que venía Uber -no lo intuía, lo sabía- su mejor negocio era evidente: vender la licencia rápido, mientras todavía valía, y con esa plata comprar dos o tres autos para ponerlos a trabajar en la aplicación. La jugada ganadora existía. Solo era visible para quien pensara en el largo plazo para actuar hoy, incluso sin certezas o pruebas. Esperar la certeza era, exactamente, la forma de fundirse. Y terminar haciendo piquetes tratando de parar el cambio tecnológico.

Estos requisitos son obligatorios.
Estos requisitos son obligatorios.Shutterstock

Ese mismo taxista hoy, sabiendo que vienen los autos autónomos, no estaría discutiendo si llegan: estaría calculando cuánto vale su flota ahora y quién va a operar los vehículos sin conductor.

La pregunta para cualquier líder o empresario es más incómoda. Supongamos una empresa de limpieza. Le ofrecen al dueño un trato: sus empleados graban todo lo que hacen y le pagan dos dólares extra por cada hora filmada. Plata fresca, margen puro. Pero sabe que esos videos van a entrenar a los robots que, tarde o temprano, lo van a reemplazar. ¿Lo hace o no, el empresario, el empleado?

Hay una pregunta anterior: ¿qué haría una empresa argentina si asumiera -como Stripe- que la singularidad ya empezó?

Por qué a las empresas argentinas les conviene

Trabajar asumiendo la singularidad podría tener muchas consecuencias prácticas:

1. El empresario miraría su patrimonio como el taxista miró la licencia: ¿qué activo vale más hoy que dentro de tres años? Una cartera de clientes atendida a mano, una representación exclusiva, un know-how operativo, un local. Monetizarlo mientras vale, y usar esa plata para financiar lo que viene.

2. Frenaría el crecimiento de la nómina: hoy es mejor invertir en tecnología o pagar horas extras que contratar más gente que, probablemente, tengamos que despedir luego.

3. Guardaría toda la información, la que sirve y la que no: si la capacidad de cómputo se vuelve un commodity, cada vez más barato, la única diferencia es la información que cada empresa tiene y nadie más… su historia de pedidos, sus precios, sus quejas, sus procesos. Y ya no hace falta que esté ordenada en planillas: hoy se puede guardar y aprovechar lo no estructurado, reportes, opiniones, fotos, mails, audios. La pyme que guarda todo está armando, sin saberlo, su activo más valioso.

4. Se volvería legible para las máquinas: los clientes van a comprar, cada vez más, a través de asistentes de inteligencia artificial que buscan, comparan y deciden. La oferta que no puede ser encontrada, entendida y comparada por una máquina no está en la góndola. Es el equivalente a no tener página web en el año 2000. Puede asustar, suena a proyecto enorme de sistemas; es al revés: todo esto es hoy mucho más fácil que antes, y más barato.

5. El dueño lideraría con el ejemplo: si las empresas tienden a ser más pequeñas, cada persona tiende a ser más poderosa y a hacer más cosas. En una pyme, la velocidad de adopción de tecnología es la velocidad del dueño: una hora por día usando inteligencia artificial en serio, en su propio trabajo. No delegada, no “que lo vea el de sistemas”: propia. El líder que no abrace la IA acumula desventajas serias, y las contagia. De hecho, hay quienes dicen que las áreas de Sistemas tienden, ahora, a desaparecer…

Hay algo incómodo en todo esto: comprar tecnología no alcanza. Los economistas Erik Brynjolfsson, Daniel Rock y Chad Syverson lo llaman la Curva “J” de Productividad: cuando aparece una tecnología de propósito general, durante un tiempo las empresas invierten, cambian procesos, aprenden y se reorganizan sin que la productividad necesariamente mejore.

El beneficio aparece después.

Pasó con la electricidad y las computadoras; puede estar pasando ahora con la inteligencia artificial.

Por eso esperar a que la ventaja sea evidente es una estrategia especialmente mala. Cuando los números finalmente demuestran que funcionaba, ya es tarde.

Un martes cualquiera

Nada de esto requiere certeza. Requiere lo que hizo Stripe: elegir un supuesto y operar sobre esa base. Y acá, por una vez, en Argentina corremos con ventaja. Décadas de inflación, cepos y reglas que cambian cada seis meses nos entrenaron para planear con supuestos inventados, decidir sin información y movernos igual. Asumir una singularidad sin evidencia, eso que a Stripe le costó una carta a los inversores, para una pyme argentina es un martes cualquiera.

Porque además hay una asimetría enorme. Si asumimos que la singularidad empezó y nos equivocamos, habremos invertido antes en tecnología, guardado mejor nuestros datos, revisado nuestros activos y aprendido a hacer más con menos. No parece una tragedia. Si asumimos que no empezó y nos equivocamos, podemos descubrir dentro de tres años que estuvimos protegiendo una licencia de taxi mientras el mundo construía Uber.

No sé si la singularidad empezó el 1 de enero. Stripe tampoco.

Pero ésa no es la pregunta.

La pregunta es qué harías hoy si supieras que ya empezó.

Y para una empresa argentina, decidir sin saber qué demonios va a pasar mañana debería ser un martes cualquiera.

---