
Vivimos rodeados de textos, fotos y videos que ya no sabemos con certeza quién, o qué, produjo. Esa sospecha permanente, dice Joan Cwaik, es uno de los cambios profundos que dejó la masificación de la inteligencia artificial generativa. El especialista en tecnología y sociedad, divulgador y autor de libros como El Algoritmo y Postecnológicos, sostiene que en un mundo donde cualquier cosa puede fabricarse en segundos, lo imperfecto se convirtió en una prueba de que hubo una persona detrás.
En diálogo con El Cronista, Cwaik repasa por qué la confianza reemplaza a la atención como el gran objeto de disputa de esta década y por qué, frente a una IA que resuelve casi cualquier tarea, la habilidad más valiosa pasa a ser saber qué preguntar.
- ¿Cómo está cambiando la saturación de contenido generado por IA nuestra relación con lo que consumimos todos los días?
- Cambió algo muy de fondo: ahora leemos con sospecha. Hasta hace poco, cuando veías una foto o un texto dabas por hecho que del otro lado había una persona, y esa certeza se terminó. El resultado es un mar de contenido prolijo, correcto y parecido entre sí. La atención fue el gran premio de la década pasada y todo indica que la confianza va a ser el premio de la que viene.
- ¿Por qué un error puede convertirse en una señal de autenticidad?
- El error se volvió una firma. Una palabra repetida, un audio grabado apurado, una foto mal encuadrada: todo eso prueba que hubo alguien ahí, con un cuerpo, un apuro y un día complicado. La IA también se equivoca, pero de otra manera: inventa datos con una seguridad impecable y sin textura, porque nunca se equivoca como se equivoca alguien cansado. Cuando cualquier cosa puede fabricarse en segundos, la imperfección funciona como certificado de origen.
- Durante años la tecnología buscó eliminar errores. ¿Ahora esa perfección puede jugar en contra?
- En el contenido sí, y es una paradoja enorme: la industria pasó medio siglo persiguiendo el error para eliminarlo y justo cuando lo logró descubrimos que ese error tenía un valor que nadie había contabilizado. Aclaro un límite que me importa: en un avión, en un quirófano o en un banco quiero perfección absoluta. El problema aparece en lo expresivo. Si todos usamos las mismas herramientas, los textos se parecen, las imágenes se parecen y hasta los chistes se parecen. Un contenido impecable hoy compite contra millones de contenidos igual de impecables, mientras que uno con carácter compite solo.

- ¿Qué hace que un contenido producido por una persona siga siendo diferencial frente a uno generado por IA?
- Para mí hay dos cuestiones que mandan. La primera es haber estado ahí: la inteligencia artificial puede resumir mil crónicas sobre Buenos Aires, pero no puede contarte el olor del subte un lunes a las ocho de la mañana, porque la experiencia vivida es una materia prima que no se puede scrapear.
La segunda es el riesgo, porque opinar tiene un costo: podés quedar mal parado y te pueden discutir con nombre y apellido. La máquina promedia todo lo que la humanidad ya dijo, y nadie en la historia se diferenció promediando.
Después vienen el humor propio, las obsesiones raras y la historia personal que se filtra aunque no quieras. Todo lo que en un currículum parece ruido es justo lo que una máquina no puede imitar.
- Otro fenómeno que analizás es el “sedentarismo cognitivo”. ¿En qué consiste?
- El auto y el ascensor nos sacaron el esfuerzo físico y terminamos inventando el gimnasio para recuperarlo. Con la cabeza está pasando lo mismo: la IA nos saca el esfuerzo mental y el músculo que no se usa se achica. Las consecuencias ya se ven: memoria tercerizada en el celular, atención que no aguanta un texto largo y una pérdida creciente de tolerancia a la dificultad, que para mí es la más grave. Pensar en serio incomoda, y si tenés un botón que te evita eso, lo vas a apretar.
- ¿Puede la autenticidad convertirse en un valor económico para los creadores?
- Ocupan el lugar más valioso de la cadena, aunque muchos todavía no lo saben. Cuando el texto genérico vale cero, porque cualquiera lo genera en diez segundos, lo único que queda para ofrecer es lo que la máquina no puede fabricar: estar en el lugar, conocer las fuentes, tener veinte años encima de un tema, poner la cara. La autenticidad ya cotiza, y no me sorprendería que en unos años aparezca en los balances de las empresas como hoy aparece la reputación.

- Ahora que la IA puede hacer cada vez mejor muchas tareas de producción de contenido, ¿qué habilidades humanas van a ganar valor?
- El criterio, antes que cualquier otra. La IA te tira diez opciones en un minuto y alguien tiene que saber cuál sirve, y para eso hay que haber visto mucho, leído mucho y errado mucho. El criterio va a ser para este siglo lo que la alfabetización fue para el anterior. Después viene el arte de preguntar, porque la respuesta se volvió un commodity y la buena pregunta sigue siendo artesanal. Y otra que casi nadie menciona: saber cuándo apagarla.
- ¿Qué recomendación le darías a quien consume y produce contenido en un mundo atravesado por IA?
- Una sola: no delegues lo que te da identidad. Que la herramienta te resuelva el trámite, el resumen y la parte tediosa del trabajo, porque para eso está y funciona muy bien.
Pero reservate lo que te constituye como creador: escribir tus ideas, elegir tu música, tomar tus decisiones con derecho a equivocarte. Si delegás eso, ganás tiempo y te perdés a vos. En un mundo que fabrica todo por vos, hacer algo vos mismo se está convirtiendo en un acto de rebeldía y de salud.












