Abierto de Australia

Novak Djokovic, un #1 con doble falta en comunicación

Djokovic, reconocido por su postura antivacunas, optó por una excepción para poder jugar el primer Grand Slam del año. Pero el Gobierno australiano mostró que la corona de campeón no alcanza para doblegar las normas.

Novak Djokovic, el tenista #1 del mundo fue finalmente deportado de Australia y no podrá jugar el primer Grand Slam del año. La Corte Federal dictaminó en contra de la apelación del serbio en un fallo unánime de sus tres miembros. No es intención de quien esto firma, juzgar la conducta de Djokovic ni tampoco bordear los aspectos morales de la cuestión. Desde estas líneas solamente se intentará abordar el tema desde la perspectiva comunicacional, especialmente desde el "issues management", disciplina en la que el equipo que asesora a Djokovic evidentemente hizo "doble falta". 

El Primer Ministro de Australia, Scott Morrison, busca ser reelecto en las elecciones de abril del presente año. El Gobierno que encabeza Morrison sometió a su país a durísimas medidas sanitarias para enfrentar la pandemia de Covid-19. El país cerró sus fronteras dejando varados a miles de australianos por el mundo que simplemente no pudieron regresar a sus hogares durante meses.

Particularmente en Melbourne, hubo seis confinamientos diferentes con 262 días de diversas restricciones desde marzo de 2020. Así las cosas, Australia impuso la vacunación completa para el ingreso al país, incluso para los deportistas de élite que disputarán el Abierto. Djokovic, reconocido mundialmente por su postura antivacunas optó por una excepción para poder jugar.

Naturalmente esta situación generó un estado de opinión pública adverso hacia el serbio. De acuerdo con una encuesta encargada y publicada por el Sydney Morning Herald, un 71% de los australianos se manifestaron a favor de su deportación inmediata, un 14% dijo que debía jugar el abierto australiano y un 15% sostuvo que le daba lo mismo.

Evidentemente Novak Djokovic y su equipo subestimaron la situación general y confiaron erróneamente en que su permiso otorgado por los organizadores del torneo y su condición de #1 del mundo, le permitirían sortear la entrada al país. No comprendieron que pusieron al Gobierno contra las cuerdas en vísperas de una elección a la vista del mundo entero. El Estado australiano en cambio, aprovechó la ocasión para enviar un mensaje inequívoco hacia sus ciudadanos: la corona de campeón no alcanza para doblegar las normas. 

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