

Con el inicio del ciclo escolar 2026, la provincia de Buenos Aires puso en marcha la Ley 15.534, una norma que prohíbe el uso de celulares y otros dispositivos con pantalla en las escuelas primarias, salvo excepciones pedagógicas planificadas. La intención oficial es concreta: reducir distracciones, mejorar la atención y fortalecer la socialización en el aula.
Desde una mirada pragmática, la decisión dialoga con datos inquietantes: en Argentina más de la mitad de los adolescentes reconocen distraerse con el celular durante clase. Las notificaciones, esa secuencia interminable de estímulos, compiten con la concentración que el aprendizaje exige. La atención, hoy, es un bien escaso. Y educar, en gran medida, consiste en enseñar a sostenerla.
Pero más allá de estadísticas y reglamentaciones, la medida nos enfrenta a una pregunta más profunda: ¿qué entendemos por crecimiento cuando hablamos de infancia, comunicación y tecnología?
Vivimos en una época en la que la pantalla se volvió prolongación del pensamiento y del vínculo social. Para muchos chicos, el celular no es un objeto: es un espacio de pertenencia. Allí conversan, juegan, se comparan, se validan. Un mensaje sin responder puede convertirse en ansiedad; un grupo de chat en un escenario donde se negocia la identidad. La escuela, al apagar esa conexión durante unas horas, interrumpe también esa trama invisible de expectativas y presencias digitales.
¿Es una pérdida o un alivio?
Prohibir no es demonizar. La tecnología no es en sí misma una amenaza. Es herramienta, puente, ventana. Puede ampliar horizontes, ofrecer información, estimular la creatividad. Pero también puede fragmentar la experiencia, convertir la espera en intolerable y la soledad en algo insoportable. El cerebro infantil en pleno desarrollo, es especialmente sensible a la gratificación inmediata. Cada notificación activa un circuito de recompensa que hace más difícil tolerar el silencio, la demora, el esfuerzo sostenido.
Y aprender implica justamente eso: atravesar momentos de dificultad sin huir hacia el estímulo fácil.
La Ley 15.534 funciona, entonces, como un gesto cultural. No solo organiza la dinámica escolar; propone un límite en una época que casi no los tiene. Devuelve al aula algo que parecía perdido: la posibilidad de estar completamente ahí. Mirarse sin mediación, conversar sin interrupciones luminosas, aburrirse incluso. Porque el aburrimiento tan temido es, a veces, la antesala de la imaginación.
Hay algo profundamente humano en la experiencia de esperar el turno para hablar, en la incomodidad de un desacuerdo cara a cara, en la necesidad de interpretar un gesto sin emojis que lo traduzcan. Son pequeñas fricciones que construyen habilidades emocionales: empatía, regulación, escucha activa. Sin esas fricciones, la comunicación corre el riesgo de volverse superficial, inmediata, pero frágil.

Sin embargo, ningún límite escolar puede reemplazar el acompañamiento adulto. Si el celular es retirado del aula pero permanece sin guía en el resto del día, la tensión persiste. La medida será fértil siempre y cuando se abran conversaciones en casa: sobre el uso del tiempo, la exposición, la presión social o la autoestima ligada a la aprobación digital.
La pregunta de fondo no es si los chicos deben o no usar tecnología, es qué lugar ocupa esa tecnología en la construcción de su identidad. ¿Es una herramienta que amplía el mundo o un refugio que lo reemplaza? ¿Fortalece la comunicación o la sustituye por una simulación constante de presencia?
La escuela, en su esencia, es un espacio de encuentro humano. Un territorio donde se aprende a convivir con otros diferentes, donde el conocimiento no es solo información sino experiencia compartida. Al limitar el uso del celular, la Ley 15.534 parece recordarnos que la educación no es solo transmisión de contenidos: es formación del carácter, de la sensibilidad, de la capacidad de habitar el tiempo sin distracción permanente.
Quizás, en el fondo, esta decisión no trate únicamente de dispositivos. Tal vez sea una invitación más amplia a revisar nuestro propio vínculo con las pantallas. Los adultos que regulan son los mismos que muchas veces contestan mensajes en la mesa o miran notificaciones mientras escuchan a un hijo. La infancia observa más de lo que obedece.
Desconectar durante algunas horas no es retroceder en el tiempo. Es ensayar un equilibrio. Es recordar que el crecimiento necesita pausas, silencios y presencia real. Que la comunicación humana nació antes que las pantallas y puede sobrevivir a ellas.
Apagar un celular en el aula puede parecer un gesto pequeño, pero en una cultura saturada de estímulos, quizás sea un gran acto pedagógico: ofrecer a los chicos la experiencia, cada vez más difícil, de estar enteramente presentes en su propia infancia.















