Zoom Editorial

Las políticas de Moreno dejaron lecciones que no deben ser olvidadas

Durante su gestión como secretario de Comercio Interior en los años de Néstor y Cristina Kirchner, la tarea de Guillermo Moreno no era frenar la inflación, sino administrarla. Más allá de sus amenazas y aprietes, su modelo se basó en el pragmatismo, con lo cual a lo largo del tiempo encontró una forma de mantener acuerdos con el sector empresario. 

El funcionario tenía muy claro que bienes estaban dentro de la canasta básica alimentaria y cuáles consumía la clase media. El resto entraba en una categoría más flexible, denominada de bienes suntuarios, en donde la franja de aumentos aprobados era mucho más permisiva que en las primeras dos. Los grandes fabricantes la usaban para recomponer los márgenes que perdían en los segmentos básicos y masivos.

Así fue como la inflación que medía el Indec se acercó más a la variación de los productos básicos (siempre por debajo de un dígito), y la relevada por el sector privado quedó ligada a los bienes masivos y suntuarios. El número final pasó a ser poco relevante para el gobierno porque todos los costos que se ajustaban por el IPC "real" eran financiados con emisión del BCRA.

Moreno también tuvo otras facetas, en las que su pragmatismo desapareció y sus decisiones causaron un daño económico significativo. La crisis que atravesó la industria cárnica por su política de precios máximo y el cepo que puso a las exportaciones del sector lo dicen todo.

Los empresarios que aprendieron a convivir con ese control hombre a hombre no terminan de asimilar la dureza, lindante con la falta de racionalidad, que fijan las actuales autoridades del área en la política de precios. Hay una razón que lo explica, pero no lo justifica: esta vez la inflación importa. Y ya no hay precios baratos que computar. Simplemente en muchas categorías los aumentos autorizados han sido mínimos. Y toda la estrategia desplegada para evitar incrementos por afuera de ese esquema es supervisar a las empresas más grandes, a las formadoras de precios.

La concepción oficial se basa en una premisa que en la práctica no se cumple. Las grandes compañías no tienen capacidad de disciplinar a sus proveedores, ya que muchos insumos vienen afectados por la brecha cambiaria y se facturan al valor dólar CCL del día (como sucede con todo lo proveniente de la petroquímica). La logística se mueve con el valor de los combustibles, que han aumentado para no malograr las finanzas de la estatal YPF. Todos los embalajes de cartón -un producto universal en casi toda la cadena de distribución y venta- también enfrentan una suba excepcional.

La pregunta que no se hace en el Gobierno es qué consecuencias puede traer en materia de actividad y empleo tirar tanto de la soga. La experiencia de Moreno, todavía fresca, debería hablar por sí sola.

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