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Hace más de dos décadas, Argentina y Brasil producían la misma cantidad de granos. Hoy Brasil produce 2,5 veces más que la Argentina y desde entonces acumuló 12 cosechas de ventaja, por un valor aproximado de u$s 475.000 millones.

La brecha no es un accidente climático ni un rasgo natural del territorio: es el resultado de 25 años de decisiones de política económica que tomaron caminos opuestos.

En la Argentina, los derechos de exportación, las restricciones cambiarias y los cupos a las exportaciones redujeron, en distintos períodos, los incentivos a invertir y producir y el agro quedó rezagado frente a otros países de la región.

Brasil, por el contrario, combinó reglas claras que preservaron los incentivos para invertir y aumentar la producción de granos con políticas de financiamiento al sector e inversiones persistentes en innovación y adopción tecnológica.

Hoy Brasil produce 2,5 veces más que la Argentina.
Hoy Brasil produce 2,5 veces más que la Argentina.

Del campo a la ciudad

La expansión agropecuaria brasileña trascendió la producción primaria y transformó la economía de las nuevas regiones agrícolas. La mayor disponibilidad de granos dinamizó cadenas de mayor valor agregado, multiplicando la producción de proteína animal aviar, bovina y porcina; mejoró el acceso a los alimentos en los hogares brasileños; dinamizó la economía y las exportaciones de productos agropecuarios; e impulsó una nueva geografía de población, caracterizada por el crecimiento de ciudades intermedias y la consolidación de nuevos polos urbanos en el interior del país.

La prosperidad de las nuevas regiones productivas atrajo población brasileña hacia el interior. Entre 1992 y 2022, las nuevas regiones agropecuarias sumaron 15,8 millones de habitantes, creciendo un 81% frente al 29% en el resto del país.

Más de 5 millones de personas eligieron trasladarse hacia esas nuevas áreas productivas. Como resultado, las nuevas regiones agro pasaron de concentrar el 13% de la población brasileña en 1992 al 17% en 2022.

En ese proceso se consolidaron 9 capitales y 6 grandes centros regionales vinculados al agro, surgieron 319 nuevas ciudades durante las décadas de 1990 y 2000 y casi 400 municipios crecieron por encima del promedio nacional.

La gran transformación

El salto de la producción en el Centro-Oeste, que hasta el año 2000 era apenas la frontera agrícola de Brasil, cambió el mapa del país. Esa zona, conformada por Goiás, Mato Grosso, Mato Grosso do Sul y el Distrito Federal (donde está Brasilia), pasó de representar apenas el 3% de las exportaciones brasileñas en 2000 al 16% en 2025.

Medido por habitante, el salto es aún mayor: las exportaciones per cápita del Centro-Oeste saltaron de u$s160 —la mitad del promedio nacional— a u$s 3156, casi el doble del promedio por habitante. En 2023, el PIB per cápita de la región ya era 11% superior al del Sudeste, la región de São Paulo y Río de Janeiro que históricamente concentró el desarrollo industrial y de servicios del país.

En 2023, el PIB per cápita de la región ya era 11% superior al del Sudeste, la región de São Paulo y Río de Janeiro.
En 2023, el PIB per cápita de la región ya era 11% superior al del Sudeste, la región de São Paulo y Río de Janeiro.

Las ciudades que crecieron alrededor del agro también se convirtieron en nuevos polos de actividad económica, creando un nuevo ecosistema de negocios alrededor de la producción agrícola. En el Centro-Oeste, la cantidad de empresas creció al doble de velocidad que en el resto del país entre 2006 y 2021, con una fuerte expansión de las firmas vinculadas a los agronegocios.

Algunas ciudades dejaron de funcionar únicamente como centros de producción agrícola y comenzaron a concentrar servicios, comercio, logística e industria. Anápolis, por ejemplo, se consolidó como un nodo logístico e industrial entre Brasilia y Goiânia, mientras Lucas do Rio Verde y Sorriso pasaron a funcionar como centros regionales de provisión de maquinaria, insumos, repuestos y asistencia técnica.

La infraestructura acompañó ese proceso de expansión urbana y económica. Entre 2002 y 2017, la red vial pavimentada del Centro-Oeste creció un 40%, frente al 23% a nivel nacional, mientras que la extensión de las rutas de doble vía se multiplicó por más de tres. La actividad constructiva también se aceleró: entre 1995 y 2024, el consumo de cemento se triplicó en el Centro-Oeste y se multiplicó por 3,7 en el Nordeste.

El crecimiento también se reflejó en el equipamiento de los hogares, por ejemplo, en Goiás, una ciudad de actividad agropecuaria, la cantidad de vehículos por habitante pasó de 0,27 a 0,69 entre 2006 y 2025.

Esta nueva configuración productiva modificó el perfil exportador del país: las exportaciones agropecuarias llegaron a explicar el 50% de las exportaciones brasileñas, con una creciente participación de los complejos de cereales, oleaginosas, carnes y vísceras.

La expansión exportadora convivió además con una mejora del consumo interno, logrando que, en las últimas tres décadas, el poder de compra del salario mínimo medido en kilos de carne aumente entre dos y cuatro veces para el consumo de pollo, cerdo y carne bovina.

Argentina frente al espejo

Brasil demostró que la relevancia del agro excede ampliamente la producción primaria: alrededor de ella se articulan cadenas de insumos, servicios, transporte, almacenamiento, transformación industrial y comercialización, que a su vez generan nuevas empresas, infraestructura y ciudades en los territorios donde avanza la producción. Cuando este proceso se sostiene en el tiempo, el agro deja de ser solo una actividad productiva para convertirse en un motor de transformación económica y territorial.

Para Argentina, la experiencia brasileña no constituye un modelo que pueda trasladarse mecánicamente, pero sí una referencia concreta para pensar el desarrollo del país.

El desafío es dejar de mirar al agro únicamente como un sector que produce granos y empezar a verlo como una plataforma de desarrollo capaz de impulsar una nueva geografía productiva en la región centro del país que abarca desde Salta hasta la Norpatagonia.