Un Banco Central se rige por una Carta Orgánica, que entre otras cosas fija sus objetivos.
Serían algo así como una brújula: una guía técnica para orientar la política monetaria. Cuantos más objetivos tiene un banco central, y cuanto más difusos son, más argumentos (o excusas) tiene también para utilizar sus herramientas, por ejemplo, la emisión monetaria.
Es importante entender que un objetivo no es solo una meta: es, sobre todo, un argumento. Ahora bien, todos sabemos que Argentina hace décadas que sufre períodos de altísima inflación. Con la llegada de Javier Milei a la Presidencia, ha desacelerado pero no deja de tener una magnitud que ningún otro país de la región tiene.
La pregunta es: ¿por qué? ¿Qué han descubierto cruzando nuestras fronteras para lograr erradicarla? La respuesta no es mágica. Basta con comparar lo que dicen las cartas orgánicas de los bancos centrales de la región para notar una verdad incómoda: al Banco Central de la República Argentina, la política le cortó los frenos.

La diferencia salta a la vista. Chile, Paraguay y Bolivia le ponen a su banco central un mandato prácticamente monotemático: cuidar el valor de la moneda, sin subordinarlo a “las políticas del gobierno” de turno. Brasil y Uruguay, tras sus respectivas reformas, mantienen una jerarquía clara: la estabilidad de precios es el objetivo fundamental y todo lo demás (empleo, ciclo económico, sistema financiero) queda subordinado a ese fin primario, como una consecuencia deseada y no como un mandato paralelo que compita con él.
¿Qué han descubierto cruzando nuestras fronteras para lograr erradicarla? La respuesta no es mágica. Basta con comparar lo que dicen las cartas orgánicas de los bancos centrales de la región para notar una verdad incómoda: al Banco Central de la República Argentina, la política le cortó los frenos.
La Argentina es la excepción. Su carta orgánica no jerarquiza nada. Pone cuatro finalidades en pie de igualdad. Ahí está el problema de fondo.
Cuando cuidar el valor de la moneda es apenas uno de cuatro objetivos posibles, y ese conjunto queda supeditado a la política del momento, cualquier decisión de emisión monetaria tiene un argumento a mano para justificarse.
Un objetivo múltiple y difuso, sumado a la subordinación del banco central al gobierno de turno, es una puerta abierta. No hace falta un mal gobierno permanente: alcanza con que llegue uno solo, en el momento equivocado, sin ninguna restricción legal real que lo frene.
2012: el año del cambio del mandato
La carta orgánica del Banco Central de la República Argentina tuvo su última gran reforma en marzo de 2012, con la sanción de la Ley 26.739, durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner y con Mercedes Marcó del Pont al frente.
Hasta ese momento, el artículo 3° establecía como función primaria y fundamental de la entidad “preservar el valor de la moneda”. Un solo objetivo, sin ambigüedad. La reforma de 2012 reemplazó esa redacción por objetivos múltiples: “promover, en el marco de las políticas del gobierno nacional, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social.”
Un objetivo múltiple y difuso, sumado a la subordinación del banco central al gobierno de turno, es una puerta abierta. No hace falta un mal gobierno permanente: alcanza con que llegue uno solo, en el momento equivocado, sin ninguna restricción legal real que lo frene.
El cambio no fue solo una cuestión de redacción. Junto con la nueva versión del artículo 3, la ley elevó los límites de los adelantos transitorios al Tesoro, sumando un 10% adicional de la recaudación del último año con carácter excepcional a los topes que ya existían. En síntesis, se ensanchó al mismo tiempo el objetivo y la herramienta: múltiples finalidades sin jerarquía entre ellas y mayor margen para que el Tesoro se financiara con emisión. Un combo explosivo.
Con freno y sin freno
Lo que distingue a la Argentina del resto de la región no es tanto la calidad de sus gobernantes, sino más bien si el banco central tiene, o no, un freno instalado que funcione independientemente de quién esté manejando.
Pensémoslo como un auto. Todos los países de la región han tenido, en algún momento, conductores imprudentes al volante de la política económica. Pero en Chile, Paraguay, Bolivia, Uruguay o Brasil, el auto viene con un limitador de velocidad de fábrica: un objetivo legal único y bien definido para el banco central, que no depende de la voluntad del conductor de turno. Por más que alguien quiera pisar a fondo el acelerador de la emisión, el límite institucional sigue ahí, escrito en la carta orgánica, difícil de correr sin pasar por el Congreso y sin pagar un costo político y reputacional evidente.
En Argentina, en 2012, no solo le desmontaron el limitador al auto: le cortaron los frenos. Alcanzó con reemplazar un objetivo único por cuatro objetivos simultáneos, subordinados a la política del gobierno de turno.
Desde entonces, no importa demasiado la calidad del conductor: el auto no tiene nada que lo frene por diseño. Puede manejarse con cuidado un tiempo, pero tarde o temprano alguien va a pisar a fondo, y sin freno no habrá margen para reaccionar a tiempo.
Irresponsabilidad monetaria
El punto central de esta comparación no es que la inflación argentina se explique únicamente por unas pocas palabras en una ley. Se explica por décadas de déficit fiscal y una historia larga de subordinación del banco central al Tesoro. Pero la carta orgánica no es un detalle menor en esa historia.
Los objetivos de un banco central no describen lo que ese banco central debe hacer. Describen, en la práctica, todo lo que puede decir que está haciendo cuando usa sus herramientas. Cuantos más objetivos y menos jerarquía entre ellos, más discrecionalidad disponible para quien gobierne. Y esa discrecionalidad, tarde o temprano, termina en manos de alguien dispuesto a usarla sin límite.
Cuidar el valor de la moneda debería ser, si no el único objetivo de un banco central, al menos el que manda por sobre todos los demás. Cuando deja de serlo, la pregunta no es si va a haber abuso, sino cuándo se producirá el próximo.
Cuidar el valor de la moneda debería ser, si no el único objetivo de un banco central, al menos el que manda por sobre todos los demás. Cuando deja de serlo, la pregunta no es si va a haber abuso, sino cuándo se producirá el próximo.
Por eso no sorprende que hoy, otra vez, esté en discusión cambiar la carta orgánica del Banco Central. Es el propio gobierno de Javier Milei quien impulsa el camino inverso: volver a un mandato centrado en preservar el valor de la moneda. Esta modificación es indispensable, no cosmética, para erradicar la inflación en la Argentina. Falta que el auto pase por boxes y, esta vez, salga con los frenos instalados.
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