

Es difícil despedir a uno de los buenos. Sobre todo cuando uno siente que su pérdida va a ser difícil de cubrir. Edi Zunino apostó por el periodismo cuando la dictadura, después de años de horror y una guerra innecesaria, dejó pasó a la democracia recuperada. Transitamos las aulas del Instituto Grafotécnico, con ganas de dejar atrás el silencio y recuperar la historia.
Pero lo supe después, cuando la vida nos acercó y compartimos amistad y familia. En esos años de juventud, en los que ya había probado la militancia política, Edi había demostrado que no se iba a quedar sentado esperando su destino. "Retruco" ya era un nombre propio entre las revistas alternativas de esos años de convulsión informativa, cuando años después tomé dimensión de quiénes eran sus mentores: Zunino, Jorge Fernández Díaz y Gustavo González. Los tres se convirtieron, con el tiempo, en referentes periodísticos de Noticias y de la propia Editorial Perfil.
La obra de Edi no necesita ser apostrofada, porque está en manos de sus lectores y su audiencia, como debe ser. Hace diez años, se animó a hablar de la grieta en el periodismo, sin temor a las salpicaduras, como lo había hecho antes con su primer libro, "Patria o medios". Su vida profesional había quedado cruzada por el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, un acontecimiento que cambió la valoración de nuestra profesión, pero también la expuso como nunca.
Lejos de intimidarlo, ese desafío lo hizo redoblar la apuesta. Tras años de sacudir teclados y hacer de la investigación periodística su obsesión, se animó a poner su cara, además de su firma, detrás de cada frase que acuñaba. Así llegó su programa "En el barro" y sus tiempos de conducción en A24. Ahora es YouTube quien custodia sus últimos pensamientos, como los que desgranó con su hijo Manuel, analista político, hace pocas semanas.
Para lo demás, Edi consiguió transformar corazones en cajas fuertes llenas de recuerdos imborrables. La política, el fútbol, la vida, los encuentros, la ironía a flor de piel, la risa, los abrazos, los amigos. Todo podía ser parte de un café al paso o una larga sobremesa con Karina, Renata y sus chicos "grandes", Manuel y Sebastián, matizada por un anecdotario en el que siempre aparecía una historia nueva y sorprendente. Imaginen a ese ser con luz propia, un periodista filoso y profundo, un colega querible para todos los que compartieron con él una redacción. Imaginen que ayer nos dejó, de golpe, y que ya no está más. Ahora entenderán por qué cuesta tanto despedir a uno de los buenos.












