Pablo Trapero: "Una película no cambia una ley, pero ayuda a que algo pase"

Amazon lo fichó para dirigir una miniserie sobre narcotráfico, política y economía. Tras El clan, segundo filme más visto del cine nacional, estrena un largo sobre los secretos de una familia de estancieros.

La belleza del comienzo no dura mucho. Con el correr de las escenas, en La quietud –la nueva película de Pablo Trapero–, se develan diferentes secretos del pasado que implican a los protagonistas. El director de cine armó un dream team para este filme: Graciela Borges, Martina Gusmán, Berenice Bejo, Joaquín Furriel y Edgar Ramírez interpretan a los miembros de esta familia que oculta mucho.

La quietud es el primer título que Trapero estrena luego de su blockbuster El Clan, vista por más de 2,5 millones de personas y ganadora del Goya a la mejor película iberoamericana. A mitad de año, el director bonaerense se sumó al rodaje de Zero Zero Zero, miniserie realizada por Amazon que se estrenará en 2019, una mega producción internacional a tono con la nueva ola de contenidos.

Trapero junto a las protagonistas de La quietud: su esposa, Martina Gusmán, y Berenice Bejo.

“Ves un mundo con estereotipos de lo lindo, una casa bien decorada en el campo soñado. Un mundo Instagram donde todo se ve bárbaro. La propuesta es ver qué hay detrás de eso: el pasado que no conocemos es lo que genera suspenso”, cuenta Trapero sentado en un sillón de Matanza Cine -la productora que encabeza y que realizó esta película junto a Sony Pictures y Telefé-, frente al parque Los Andes, en Chacarita.

Centrado en el reencuentro de dos hermanas –Mía y Eugenia–, la película ofrece el punto de vista narrativo de una mujer, desde los temas que trata hasta el enfoque con los que los aborda. “Fue un ejercicio. Hacía mucho que no trabajábamos juntos con Martina, quien estuvo muy cerca en el proceso de escritura. Parte de mi trabajo como director es tratar de entender diferentes mundos”, cuenta.

 

En general, los universos de tus películas muestran un contexto cargado, intenso. En La quietud aparece un lugar soñado, el atardecer, una familia que parece ejemplar. ¿Buscaste otro juego?

Sí, La quietud me planteó muchos desafíos. Es un mundo diferente, con una historia contada por etapas, que depende mucho de la química de los actores y el director. Fue un proceso creativo muy bueno, con el equipo actoral muy sólido: creo que su entusiasmo y compromiso fueron claves. Hay un juego de giros y tonos, pasa del drama al humor negro muy a menudo: según la sensibilidad del espectador, se va angustiar o reír.

Tus películas suelen tener un anclaje en la realidad e incluso después de estrenadas causaron un impacto en ellas. ¿Te interesa provocar algo más allá de la pantalla?

Sí, siento que es lo que merece la pena de la locura que es hacer una película. Como espectador, las películas que recuerdo, me movilizaron y emocionaron son las que se quedan a vivir conmigo después de verlas. Es válido disfrutar las dos horas y listo. Pero hay otras que me hacen reflexionar sobre mi, sobre el entorno. Esas son las películas que intento hacer, que permitan una experiencia buena, intensa, atractiva, que no sea indiferente. Y que cuando termine, empiece tu relación con el tema que muestra. Siento que el cine, como hecho social, tiene una posibilidad de abrirnos puertas, mostrarnos universos que no conoceríamos porque son realidades que están lejos o que no se cuentan. Me interesa darle al público la posibilidad de debatir temas, que pueden ser desde la intimidad de Familia rodante a la locura por cambiar cosas de Darín en Elefante blanco. Son dos mundos distintos pero con la misma intensidad. Me parece importante que las películas nos permitan hacer cosas, eso me genera entusiasmo. Están demoliendo el Elefante Blanco: una película no saca una ley pero ayuda a que algo pase. Me importa eso: al momento de elegir un próximo proyecto, lo pienso mucho.

En La quietud, dos hermanas se enfrentan a las consecuencias del oscuro pasado de su padre estanciero

 

El clan, tu anterior filme, fue la segunda película más vista del cine argentino. ¿Qué significó ese éxito?

Fue una muy linda sorpresa. Me costó casi 8 años hacerla, por muchas razones: era un tema que aparentemente no se quería ver, un tema duro que ya se había retratado, se conocía el final, empezaba mal y terminaba peor. Pero yo quería hacerla, esa historia merecía ser contada, iba a tener un atractivo por sus elementos cinematográficos pero también por cómo se conectaba con la realidad. Pero nunca imaginamos lo que pasó: en todos los lugares en donde se encontró con el público –festivales y salas comerciales de acá y el exterior– le fue muy bien.

Contás que al principio hubo trabas para hacerla pero terminó siendo un éxito. ¿Por qué funcionó?

Creo que sirve de ejemplo: no hay una fórmula para hacer películas. Las historias no son de una sola forma, importa el cómo se cuentan. Si estás seguro de elegirla, tenés que protegerla hasta poder hacerla. Con El clan, me alegró también ver que el público está dispuesto a ver cosas diferentes, no fue a ver una de manual. Eso me entusiasma. Probablemente nunca más haga una película que tenga esa cantidad de espectadores. No sé. Pero me ayudó a reafirmar lo que pienso del cine: cada película encuentra su público. Las historias no necesariamente emocionan a los mismos espectadores.

"El cine es dependiente de la tecnología: pretender otra cosa es medio pavo. Los cambios pueden ser traumáticos, pero hay que aprender de ellos. Cuando todo se acomode, las películas se van a estrenan en varias plataformas a la vez"

Hace poco rodaste la mini serie Zero Zero Zero, de Amazon. ¿Cómo fue esa experiencia en una mega producción internacional?

Está basada en la novela del mismo nombre de Roberto Saviano (NdE: Autor del bestseller Gomorra) que cuenta el business side del tráfico de cocaína y cómo impacta en la política y economía. Es muy atractiva. Siento que tiene algo que ver con las cosas que me interesa contar. Es lo opuesto a La quietud, en donde escribo, dirijo, produzco, edito… Acá fui a un proyecto con guiones escritos por otro, basados en una novela, que se hace en cinco idiomas y cinco países diferentes. Es una maquinaria enorme, cada capítulo lleva entre 4 y 5 semanas. ¡Casi una película de acá! Me halaga que me hayan llamado porque es un proyecto que tiene una escala grande, es el más importante de Amazon para 2019.

Graciela Borg

es interpreta a una déspota matriarca de la high society rural en la nueva película de Trapero

 

Amazon es uno de los nuevos actores del negocio audiovisual. Por otro lado, hacés cine pensando en el formato tradicional. ¿Hacia dónde creés que va el consumo de contenidos?

El cine fue mutando desde su nacimiento: los cambios tecnológicos siempre afectaron el lenguaje, la manera de narrar. El cine es dependiente de la tecnología: pretender otra cosa es medio pavo. La forma de exhibir cine también cambió. Yo me crié, formé y disfruto el cine en una sala grande, pero hoy tienen un tercio del tamaño que hace 70 años. La generación de mi hijo ve una película en el teléfono pero también en el cine y la televisión. El cine se puede ver de muchas maneras, como pasa con la música, y no por eso vale menos tu experiencia: sólo es diferente. Los cambios pueden ser traumáticos, pero hay que aprender de ellos. El cine como lo conocemos no va a desaparecer, como no pasó con el teatro. La manera en que veremos cine va a cambiar y creo que, cuando todo se acomode, las películas se van a estrenan en varias plataformas a la vez.

¿Creés que el perfil de público se concentrará o diversificará según la oferta de plataformas?

Quizás al que va al cine no le interesa el streaming y viceversa. Yo estoy en el medio: quizás tengo mucho trabajo y no puedo ver una película en tal horario en tal sala, pero sí puedo hacerlo en mi living cuando se duerme la beba. La experiencia de ver una película en pantuflas en tu casa también vale. Siempre hablamos de plataformas legales, no de piratería, por supuesto. Sé que hay gente que hoy mira Mundo grúa, que no está en el cine. Yo soy de los que disfruta viendo películas en el avión: no te suena el teléfono, no tenés otra cosa que hacer. En el avión descubrí un montón de películas que no hubiera visto... Creo que cualquier manera de ver o proyectar contenidos audiovisuales vale. Va a cambiar pero espero –quizás soy un poco naif– que para bien.