Guía para aprovechar 48 horas en Lisboa

Guía para aprovechar 48 horas en Lisboa

De los atractivos turísticos clásicos a las terrazas trendy donde se dan cita los hipsters lisboetas, un circuito de actividades para aprovechar una estadía breve en la ciudad que respira al ritmo nostálgico del fado.

Teníamos apenas un fin de semana para conocer Lisboa y queríamos aprovecharlo. El pronóstico auguraba una lluvia intermitente durante los dos días. Y, de hecho, eso fue lo que pasó durante las primeras dos horas: lluvia y sol se alternaban hasta que, pasado el mediodía, el agua perdió la batalla. Unos veinte minutos de auto después de salir del aeropuerto llegamos al hotel en el centro de la ciudad.

En la habitación, la primera sorpresa del servicio: un teléfono celular para usar durante la estadía, no sólo en el hotel sino para llevarlo por toda la ciudad y aprovechar la red móvil (tenía mapas cargados y se podía usar WhatsApp y redes sociales). Si bien es simple contar con mapas offline desde el propio smartphone, esta demostró ser una buena opción para los desprevenidos y también para aquellos que no quieren estar desconectados en ningún momento. Luego de almorzar en el hotel –cinco pasos al ritmo de un vino del Duero– salimos a recorrer la capital portuguesa a pie. Un suéter y una campera fueron más que suficientes para el enero lisboeta. 

El hotel está a unos metros de la estatua del Marqués de Pombal, que es rodeada por una rotonda. Desde ahí tomamos la Avenida da Liberdade. Se trata de una calle ancha y vistosa, que cuenta con dos bulevares y está repleta de árboles. En su traza hay varias tiendas de lujo, como Louis Vuitton o Max Mara. Desde ahí caminamos hacia el Jardín Botánico de la Universidad de Lisboa. Si bien no lo recorrimos en profundidad, valió la pena visitarlo a pesar de que faltara tanto para la primavera. 

 

Frente a ese espacio verde nos encontramos con una de perla: La Embaixada. Es un palacio árabe del siglo XIX donde funciona un shopping gallery con locales muy diversos: desde iluminación para la casa, cremas y abrigos de lana hasta joyas, ropa para bebés y objetos de decoración. Todo en medio de un ambiente artístico, con obras a la vista. Además se puede tomar un café en el patio central, con vista a los jardines superiores.

La Embaixada sirve también de puerta de entrada al Barrio Alto. Las subidas y bajadas en las calles son una constante en la capital portuguesa, y desde este distrito se puede tener una gran perspectiva de la urbe. ¿La mejor vista? Desde el Jardín de San Pedro de Alcántara. Pero pasear por allí es, además, una forma de conocer desde adentro la vida de los locales. Es una zona residencial, de veredas chicas y calles por las que apenas pasa un auto, con balcones de los que siempre cuelga ropa aunque haya llovido ese mismo día. Los grafitti se encuentran en cada esquina: desde los más cuidados estéticamente hasta los que tienen mayor contenido poético. El tranvía sobre la Calçada da Glória, además de ser pintoresco para observar, puede ser una buena opción para los menos dados a caminar, ya que comunica esta zona de la ciudad con la parte más baja

Después de esta recorrida volvimos al hotel para recargar energías. Por la noche nos esperaba el barrio Alcántara, a unos quince minutos en auto. Se encuentra sobre el borde del río Tajo, que marca el límite de la ciudad, y donde se puede apreciar la arquitectura de estilo manuelino, como se conoce a la versión portuguesa del gótico. Además, ahí está uno de los grandes puentes, el 25 de Abril, que tiene dos kilómetros de longitud. Del otro lado, la pequeña ciudad de Almada. La cena fue en LX Factory, un complejo en el que funcionaba una fábrica que se recuperó y reconfiguró como un paraíso hipster. Las calles internas tienen cervecerías y restaurantes, y de día también hay librerías y tiendas de diseño. Como era sábado a la noche, quisimos conocer un poco del ambiente nocturno lisboeta. La ciudad se destaca por sus terrazas: suelen realizarse fiestas en esos espacios, ya que por la misma geografía pueden ofrecer grandes vistas. Para conjugar ambos atractivos, fuimos al bar panorámico de The Independente Suites & Terrace, en el Barrio Alto.

La era dorada

 

El domingo, después de desayunar en el hotel, salimos rumbo al Monasterio de los Jerónimos de Belém. Está unos 20 minutos en auto al este del centro de Lisboa. Fue construido en el siglo XVI y es uno de los grandes exponentes del estilo manuelino. Primero visitamos el claustro, que es uno de los grandes atractivos y tiene una belleza imponente. Después nos dirigimos a la iglesia contigua, que es también una parada obligada en este recorrido. Toda esta zona se encuentra inspirada en la época colonial, dorada para Portugal. A unos 100 metros de los Jerónimos se encuentra el Monumento a los Descubrimientos, ya sobre el río. Desde ahí caminamos por la costa, alrededor de un kilómetro, para llegar a una de las mejores postales: la Torre de Belém, antigua construcción militar que servía para defender a la ciudad. Al igual que el Monasterio, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. A continuación fuimos a almorzar al barrio de Alfama, también sobre la costa pero hacia el oeste. Desde ahí aprovechamos que el sol hacía muy agradable la estadía y fuimos caminando hacia el Castillo de San Jorge, el último gran ítem que nos quedaba por saldar. Si bien la fortificación proviene del siglo XI, sufrió varios de los terremotos que afectaron a la ciudad, por lo que tuvo que ser reacondicionado en más de una ocasión. La última, en la década del ‘90. Desde lo alto del castillo sólo quedaba bajar vertiginosamente para llegar a, justamente, la Baixa. Primero pasamos por la Plaza de Comercio, el epicentro de la ciudad. Toda esa zona es muy moderna: no se conservan edificios antiguos ya que el terremoto de 1755 hizo estragos (se calcula que murieron alrededor de 90 mil personas, por lo que la reconstrucción fue casi total).

El regreso al hotel fue después de media hora de caminata. El sol ya había caído. Tras acomodar la valija y una cena liviana, nos dispusimos al descanso porque a la madrugada saldríamos rumbo al aeropuerto. Una breve escala en Madrid y, luego sí, esperaba Buenos Aires. Pero Lisboa, incluso en invierno, ya nos había regalado su luz todo el fin de semana.

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