Fue el 14 de julio de 1990, en Vélez. “Nunca tan grande”, tituló El Gráfico, con un primer plano suyo mirando al cielo, en andas de un compañero. Banco Nación, su Banco Nación, le ganó 29 a 21 a la Selección de Inglaterra, frente a todo un Amalfitani eufórico por el histórico momento. Sería su última hazaña en una cancha. Saldría del retiro unos meses después, para volver a vestir la camiseta de Los Pumas. Pero una lesión lo sacó a los 20 minutos contra Escocia, en Edimburgo. Hacía tiempo que sabía que no había vuelta atrás. Tenía 39 años recién cumplidos.
Era, nada menos, que Hugo Porta. La leyenda. Apenas cinco años antes, el mejor jugador de rugby del mundo. Pero, sin la ovalada, volvía a la vida en la que el dueño de ese nombre era su padre y, él, hijo único, simplemente “Huguito”.
“El fin de semana era al revés. Adentro de la cancha, el que tomaba las decisiones era yo”, cuenta, 40 años después, parado sobre el escenario. Está solo. Las luces lo apuntan. Debajo, en la penumbra, miles de empresarios lo escuchan. Con atención. Los que lo vieron jugar, además, con admiración. Todos, con respeto.
“Mi tiempo se dividía entre el rugby, la familia y la empresa que fundó mi padre. Tenía que empezar a pensar cómo iba a utilizar mi tiempo en forma positiva”, cuenta, con esa voz calma, serena, que transmite la misma tranquilidad que él desplegaba sobre el césped. “Me llevó unas semanas. Después de pensarlo, hablé con mi padre y le dije que iba a dedicarme 100% a la empresa”, cuenta.
Estaba convencido de que la compañía -Poral, distribuidora de productos sanitarios y para la construcción- podía crecer. “Él siempre me dijo que el corazón de nuestra empresa es el depósito, la mercadería. Nadie me lo tuvo que enseñar porque, de chico, en mi cuarto, había cajones de madera llenos de exclusas y llaves de gas”, narra. “Pero sí había que modificar cosas en el depósito”, continúa.
Por eso, decidió dedicarse a reorganizarlo. “Me levantaba a las 6, paraba una hora al mediodía para almorzar y seguía hasta las 6 de la tarde”, evoca. “Descubrí cosas: cómo nos robaban, cómo los camiones se llevaban la mercadería y no se la facturaba…”.
Hasta que, una noche, llegó a su casa. Cansado, sucio, después de haber estado trabajando todo el día en el depósito. Lo recibió Ana, su mujer, con quien ahora cumplirá 50 años casado, tienen dos hijos -Luciana y Mariano- y disfrutan tres nietos.
“Te llamó el Presidente”, le dijo ella. “¿Qué presidente? ¿Del club?”, respondió. “¡No, de la República!”. “¿Y qué quiere?”, se preguntó él, sorprendido.
Porta llamó al teléfono que le habían dejado. “El Presidente quiere verlo lo más rápido posible. Venga tranquilo. Pero ahora”, le dijo el edecán.
Porta se puso un traje (“El único que tenía en ese momento”), se subió a su Fiat Uno y estacionó a tres cuadras de la Casa de Gobierno. Justo él, que había liderado a los Pumas a empatarle, nada menos, que a los temidos All Blacks, subía las majestuosas escaleras hacia el primer piso de la Rosada, “con un susto importante”.
Antes de entrar al despacho, apareció el fotógrafo oficial. “¡Huguito, como estás!”, oyó que le dijeron, en ese tono riojano que le era familiar. Carlos Saúl Menem en su prime.
Quedaron solos. Porta todavía no sabía por qué estaba ahí. “¿Sabías que liberaron a Mandela?”, le preguntó su anfitrión. También, le develó que había decidido reiniciar relaciones diplomáticas con Sudáfrica y, en ese momento, le tiró el pase atrás: “¿Sabés lo que significa tu nombre allá? Llegó el momento de usarlo para beneficio del país: quiero que seas el próximo embajador argentino”.
“En ese momento, se me cayó el techo de la Casa Rosada en la cabeza”, recuerda Porta hoy. Le pidió tiempo para responder. “¿Te das cuenta de la oportunidad que te doy?”, lo apuró Menem. “La verdad, no. Tengo una familia, una empresa…”, se sinceró él. “Te doy tres días”, lo cortó el riojano. “Pensalo. En tres días, volvé y decime qué vas a hacer”.
“El deporte me enseñó a tomar decisiones y a tener pensamiento propio”, reflexiona, cuatro décadas más tarde. “Había llegado el momento de aplicarlo”, agrega.
La decisión no fue fácil. “Ni en pedo: le dijiste que no”, le dijo su mujer, cuando volvió a su casa “después de caminar un largo rato”. “¿Vos qué sabés de ser embajador?”, le preguntó su otra fuente de consulta, “Hugo”, quien luego le expresó el honor que sería que “Huguito” ejerciera esa función. “Pero es un problema de tu mujer y tuyo”, opinó.
“Fui embajador en Sudáfrica”, recuerda Porta el desenlace. “Y tuve la oportunidad de conocer a quien, para mí, es una de las personalidades más importantes de la historia reciente: el Presidente Mandela. La gente no toma dimensión del cambio que lideró”.
En ese país completamente en transición, “viví lo que fue el desafío más grande de mi vida”. “Utilicé cosas que había aprendido en el rugby. Formé un equipo con gente profesional de la Cancillería. No me llevé a ningún amigo. Era gente que me complementaba en mis desconocimientos de la vida diplomática pero que me ayudó mucho”, comparte.
Enumera logros: “Abrimos mercados para empresas argentinas, firmamos acuerdos. Menem fue el primer presidente americano en visitar a Mandela después de asumido…”.
Cuando terminó esa visita, “que fue más complicada que organizar el casamiento de un hijo”, el Presidente le pidió que lo acompañara en el auto hasta el avión. “Me dijo: ‘Buen trabajo. ¿Qué querés ahora?’. Le contesté: ‘Me quiero volver, Presidente’”. La respuesta, cuenta, fue: “Estás loco: acá te conocen todos, estás trabajando bien…”.
“Quiero volver. Está todo hecho lo que me pidió”, replicó él. “Y me volví a la Argentina con la lección que me enseñó Mandela: él decía que iba a ser presidente un solo período y lo hizo”.
Saber cuándo retirarse, entender que un ciclo está cumplido, es para pocos. No es la única lección que Porta, el Maestro, les dejó a los empresarios esta mañana en el Centro de Convenciones Buenos Aires.
Por pedido de Mandela, preside desde hace dos décadas el capítulo argentino de Laureus, que promueve el deporte como herramienta de cambio social para chicos y jóvenes. “Lo que me surge es convocarlos a todos. Es muy importante estar con los jóvenes. Trabajamos desde el deporte no para buscar a los cracks, sino a los buenos ciudadanos del futuro”, invitó.
“Los convoco a todos a que, a través de su humildad, piensen en trascneder y ayudar a la gente que lo necesita”, apeló. “Lo que va a quedar de nosotros es la experiencia que podamos contar y las acciones que podamos hacer para cambiar las cosas”.
¡Queremos conocerte!
Registrate sin cargo en El Cronista para una experiencia a tu medida.
















