Una de las grandes premisas para hablar de competitividad es reconocer que cada sector de la economía tiene su propia manera de competir. La verdadera fuerza del sistema radica en comprender y potenciar esa diversidad.

Hay una parte importante de la economía —comercio interno, servicios locales, construcción, buena parte de la actividad doméstica— que funciona principalmente hacia adentro. Son sectores donde los precios se forman internamente y donde, cuando aparecen impuestos altos, regulaciones excesivas, costos financieros elevados o problemas de infraestructura, esos mayores costos pueden ser trasladados a precios.

Desde ya que eso tiene límites. Cuando una economía se estanca, esos sectores también sufren. Pero estructuralmente tienen una característica: operan dentro del mercado interno.

Ahora bien, existe otro universo económico completamente distinto. Es el sector transable.

Competir con el mundo: entender dónde está el verdadero desafío. (Fuente: Archivo)
Competir con el mundo: entender dónde está el verdadero desafío. (Fuente: Archivo)Fuente: ShutterstockShutterstock

La industria exportadora, el agro, la minería, la economía del conocimiento, las cadenas manufactureras integradas al comercio internacional. Todos aquellos sectores que compiten directamente con el mundo tanto en el mercado interno como en el internacional.

Y ahí aparece una diferencia fundamental, las condiciones no se fijan en Argentina. Se establecen internacionalmente. El precio del maíz no se define localmente, el precio del litio tampoco, los commodities tienen valores internacionales, los productos industriales cada vez más compiten contra referencias globales, los servicios tecnológicos argentinos compiten contra India, Europa o Estados Unidos, y así muchos casos más.

Los sectores transables compiten con precios internacionales. Cuando la presión impositiva, los costos logísticos, las dificultades de infraestructura, el financiamiento caro o los problemas regulatorios aumentan, enfrentan un límite muy concreto: si trasladan esos costos, pierden competitividad. Esto significa que: pierden mercados, pierden ventas, pierden exportaciones y pierden inversiones. Por eso los sectores transables necesitan estándares internacionales de competitividad para poder crecer, generar divisas y sostener empleo de calidad.

Ese es probablemente uno de los mayores desafíos que enfrenta hoy Argentina. Durante mucho tiempo predominó una idea tradicional: que las empresas individualmente debían volverse más eficientes y competir.

Pero el mundo cambió. Los países entendieron algo más profundo, que ya no compiten solamente las empresas. Compiten los sistemas: infraestructura, impuestos, financiamiento, capacitación, tecnología, logística, normativa laboral, costo del capital, suministro y costo de la energía, entre otros aspectos. Todo hace a la competitividad.

Y ningún país entendió esto mejor que China.

China construyó durante décadas una estrategia integral orientada a fortalecer sus sectores transables ya que entendió la obligatoriedad de alcanzar precios y calidad internacional. Para ello desarrolló infraestructura masiva, financiamiento productivo, capacitación técnica, logística, escala industrial y políticas activas de inserción internacional. Entendió que exportar no era solamente una consecuencia del crecimiento, sino una política de Estado.

Pero además, hizo algo todavía más importante: desacopló. ¿Qué significa desacoplar? Entender que los sectores que compiten globalmente no pueden cargar sobre sus espaldas todas las distorsiones internas, porque quedan afuera.

China entendió que si una empresa exportadora debía competir contra el mundo, necesitaba tener condiciones para hacerlo. Por eso generó mecanismos de promoción exportadora, reintegros, financiamiento dirigido y políticas de apoyo productivo. Tal es el nivel de importancia que les da a sus exportaciones que llega a subsidiarlas para aumentar su competitividad. Dicho esto, es necesario reconocer que esta y muchas de sus herramientas y excesos generaron fuertes cuestionamientos. China no es un modelo replicable de manera lineal ni automática.

Aun así, su crecimiento económico de largo plazo se basó en su capacidad de expandir sectores transables. La enseñanza y los resultados son claros: China multiplicó exponencialmente sus exportaciones y se convirtió en el gran jugador industrial global porque construyó un sistema orientado a que esas empresas pudieran competir globalmente.

El mundo empezó a reaccionar.

La competitividad de una industria empieza en la calidad de las políticas públicas que acompañan su capacidad de salir al mundo. (Fuente: Archivo)
La competitividad de una industria empieza en la calidad de las políticas públicas que acompañan su capacidad de salir al mundo. (Fuente: Archivo)

Estados Unidos volvió a impulsar políticas industriales, Europa fortaleció sus sectores estratégicos, y muchos países asiáticos profundizaron mecanismos de promoción productiva porque entendieron que la discusión ya no era apertura o cierre. La discusión está en las condiciones, en cómo construir competitividad sistémica.

Por eso muchas veces cuando los sectores productivos hablan de “nivelar la cancha”, lejos de ser un pedido de privilegios o sostenimiento de ineficiencias, se trata de igualdad de condiciones. Cuando un país baja impuestos a sectores transables, mejora financiamiento o genera condiciones específicas para exportar está corrigiendo sus desventajas. Está permitiendo competir y ese es justamente el concepto de desacople. No es darle más rentabilidad a una actividad, es evitar que quede afuera de la competencia internacional. Es permitirle generar divisas, recibir inversiones, crear empleo e integración.

Argentina enfrenta hoy exactamente ese desafío.

Entender que existe una parte de la economía que compite todos los días contra el mundo y cuya capacidad de crecer no depende solamente del esfuerzo empresario, sino también de las condiciones que genera el país para producir, invertir y exportar.

La experiencia internacional es clara: los países que lograron desarrollar industrias fuertes y sectores exportadores dinámicos lo hicieron con empresas eficientes y construyendo competitividad sistémica con política productiva.

En el mundo actual, la competitividad de una industria no termina en la puerta de la fábrica, sino que empieza en la calidad de las políticas públicas que acompañan su capacidad de salir al mundo.