Palabra de CEO

Sustituir el glifosato y hackear la industria alimenticia: los objetivos de un CEO distinto

Federico Trucco, CEO de Bioceres, relata cómo quiere encontrar sustitutos al glifosato y otros químicos tan controvertidos en los últimos años. También intenta hackear la industria alimenticia, con su grupo de empresas prometedoras. Ya dos, en Wall Street

Para Federico Trucco, hablar de ‘negocios disruptivos' ya está muy trillado. Sin embargo, el CEO de Bioceres está continuamente buscando innovaciones que rompen el mercado y que no solo son potenciales generadores de valor económico sino que se traducen en verdaderos cambios culturales.

Trucco, que acaba de ser reconocido por revista APERTURA con el premio al CEO del año en innovación, es un científico argentino de 45 años que mantiene encendida esa ‘llama fundacional' de esta firma nacida tímidamente en Santa Fe. La innovación y la creación de valor están en el centro del propósito de la empresa, que ya tiene su segunda compañía listada en Wall Street, con la que pretende hackear la industria alimenticia.

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También acaba de invertir en una firma que promete reemplazar productos herbicidas e insecticidas químicos por biológicos. Sustitutos al glifosato y a todos esos tipos de químicos tan controvertidos en los últimos años. Una verdadera revolución.

"Si pensamos que los únicos dólares que podemos darle a la economía argentina son los que vienen de exportación de bienes y servicios, pensamos muy chiquito. Hay construir equity, en eso estamos comprometidos", aseguró Trucco. 

"Lo que la política tiene que aprender es cómo se construye valor, que no es a través de las licencias y las regalías sino construyendo compañías, llevándolas al mercado de capitales y anticipando el futuro", explicó el CEO de Bioceres.

Según Trucco, esto "debería ser más importante que la cosecha de soja o la producción de Vaca Muerta".

Federico Trucco, CEO de Bioceres, en Wall Street, donde la compañía ya tiene dos firmas listadas.

El número uno de Bioceres relata cómo la compañía atravesó un cambio de paradigma. Arrancó queriendo ser "una versión verde de Monsanto", pasó por intentar transformar a la agricultura en todos sus eslabones y hoy pretende, desde las ciencias de la salud, mejorar el bienestar de las personas.

¿Cuál es el próximo negocio disruptivo con el que sorprenderá Bioceres?

Hoy hablar de negocio disruptivo suena muy trillado. Es cierto que estamos siempre viendo compañías y desarrollos que cambien el escenario. Acabamos de hacer una inversión muy importante para sumar más novedades para la producción de cultivos extensivos. Estamos tratando de reemplazar a productos herbicidas e insecticidas de síntesis química por productos biológicos, y así poder complementar esa oferta con lo que tenemos a partir de Rizobacter (conocida a nivel global por sus insumos biológicos para la bionutrición y biofungicidas). Por ahora, la oferta se expande a bioinsecticidas. 

Tenemos cuatro o cinco promesas de bioherbicidas que si eventualmente se materializan podrían sustituir al glifosato y al glufosinato y a todos estos químicos tan controvertidos. Esa sería la apuesta de máxima de nuestra compañía hoy.

¿Sustituir al glifosato sería toda una revolución?

Compramos la propiedad intelectual y la compañía que tenía estos desarrollos iniciados. Se llama Marrone Bio Innovations, de California. Con ellos pensamos no solo concentrarnos en agricultura de nicho, orgánica, sino hacerlo a costo competitivo y con un alto nivel de eficiencia desde el punto de vista del control de las malezas. Es la apuesta más importante en el espacio de los insumos biológicos.

Con estas novedades, la tecnología HB4 que los hizo famosos ¿sigue siendo el core?

Seguimos escalando en semillas tolerantes a sequía, que sí es un poco lo que nos hizo famosos con la tecnología HB4. Y ya tenemos la segunda compañía listada en el mercado de capitales: Moolec. Dentro de la tendencia mundial de sustituir a las proteínas animales con vegetales es un abordaje ganador. Y esta es una compañía que se originó de varias iniciativas que teníamos y que va a flotar libremente en Nasdaq. Tiene sede en el Reino Unido y gran parte de su actividad en Argentina.

¿Qué hace Moolec para haber llegado a listarse?

Molecular farmer, usa a las plantas como fábricas de, en este caso, proteínas animales. En vez de darle la soja a un bovino para después producir la carne con la que hacemos las hamburguesas, directamente incorpora los genes bovinos dentro del poroto de soja. Esto es proteína vegetal modificada con proteínas animales, pero sin la necesidad de traer un animal a campo.

Está pensado para que se coma en forma directa, para saltearse el eslabón y lograr también otras eficacias para desterrar la crueldad animal, el efecto en emisiones de dióxido de carbono que se genera a partir de la ganadería, entre otras cuestiones.

¿Cómo es su participación en este tipo de compañías?

Tenemos poco más del 50% de capital social. Moolec Science está liderada por Gastón Paladini, que va tratar de hackear la industria alimenticia.

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Es que entiende dónde aprieta el zapato. Las industrias se van convirtiendo, parte de la carne se reemplaza y parte persiste, y uno termina en un camino donde no hay ganadores y perdedores sino un mundo distinto.

¿Así piensa que debería resolverse la grieta corporativa?

El desafío es provocar el debate y entender que no somos unos o los otros. Es muy importante en la Argentina que este tipo de iniciativas nuevas, surgidas de la economía del conocimiento, se pueda armonizar o tener un punto de conciliación con la industria más madura. Y que ambas encuentren un camino de desarrollo conjunto, que les permita a los dos ganar. 

Eso generará una transformación real. Saber que en las ideas que vienen de la economía del conocimiento existe mucho futuro para la industria ya establecida.

¿Cómo sería en la práctica?

Una compañía madura como Arcor, que mañana pueda producir proteínas animales en sus fermentadores y el azúcar que no queremos en los caramelos, en vez de ser un problema la usemos para producir bacterias que son ingredientes que reemplazan parte de las cosas negativas. Eso hace que esa industria tenga una reconversión, una proyección de futuro que le es más difícil de alcanzar de otra forma.

Planta de Bioceres

¿Cuál es el punto de convergencia?

Que todos respondemos a estímulos económicos. Eso hace que las decisiones se den en forma más rápida. Muchas empresas entienden que la innovación es más probable a partir del asociativismo y de incubar con la lógica del venture capital. Iniciativas por afuera, más que tratar de llevarlas adelante dentro de las propias estructuras comerciales de las compañías.

Lo vemos con Ledesma en biomateriales, con Arcor en alimentos, en compañías de salud como hizo Hugo Sigman (Insud) con Mabxience. Las empresas aportan recursos económicos y gente capacitada pero la llevan con una lógica independiente del negocio que le da de comer.

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Nosotros vemos que después está la posibilidad de llevar todo esto al mercado de capitales, financiar los desarrollos con inversores que tienen apetito al riesgo. Cuando las innovaciones tienen un grado de convalidación, combinarlas con otros negocios que están más maduros es muy bueno para que resulte un mix que es mejor que la suma de las partes.

¿Bioceres lo hizo con Rizobacter?

Es el mismo caso, con HB4. Por nosotros mismos no íbamos a poder llevar a una compañía al mercado de capitales. Necesitábamos una empresa de 40 años de trayectoria como Rizobacter, con tradición comercial en cada distrito de la Argentina y Brasil. Rizobacter por sí solo tampoco hubiera podido hacerlo. Poner ambos juntos con lógica es lo que estamos empezando a notar como una forma de construir patrimonio y al final del día, generar dólares.

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Por supuesto. Y si pensamos que los únicos dólares que podemos darle a la economía argentina son los que vienen de exportación de bienes y servicios, es chiquito. Si pensamos que podemos construir equity a partir de ideas que se puedan monetizar en el futuro, podemos acelerar los tiempos. En eso estamos 100 por ciento comprometidos.

¿Cómo puede ayudar el Estado a las empresas para acelerar esa transformación?

Lo primero es entender la lógica de la sociedad del conocimiento, donde el trabajo está desasociado geográficamente de donde se construyen los activos. Hoy esa lógica en la Argentina está dominada por la industria del software. Allí se hizo más evidente el aporte que le puede dar a la economía nacional.

En las otras industrias, donde los desarrollos tardan más tiempo y son más onerosos, todavía no ha tenido un efecto contundente. Lo que la política tiene que aprender es primero cómo se construye valor, que no es a través de las licencias y las regalías sino construyendo compañías, llevándolas al mundo del mercado de capitales y anticipando el futuro. Después, debe favorecer estos procesos. No con políticas de estímulo o promoción que terminan siendo siempre chiquitas. Tiene que ver con el talento humano, con tratar de fomentar la interacción con centros de conocimiento de nivel internacional, favorecer el reconocimiento de la propiedad intelectual.

¿Qué nivel de protección de la propiedad intelectual hay hoy?

Está un poco mejor pero falta. Hoy hay temas de la genética vegetal por ejemplo, que todavía no tiene un marco moderno para el cobro de regalías para los cultivos autógamos. Si lo tuviésemos, podríamos hacer mucho más de lo que hacemos y usar a la Argentina como un mercado que nos permita ese trampolín de trasnacionalización. Y estamos hablando de uno de los sectores donde nuestra economía es realmente relevante, como el agro. 

En otros sectores donde somos menos relevantes tenemos que favorecer la externalización de este tipo de proyectos, para que puedan radicarse en distintas jurisdicciones. Al final del día, lo importante es si ese valor patrimonial recae en la Argentina, porque recae en mejor poder adquisitivo de inversores, de fundadores, de managers y toda la población. Y no tanto pensar en que te atrapo y evito que construyas una organización internacional porque prefiero que construyas ese mercado acá localmente.

¿Qué rol tiene que jugar entonces el Estado?

Hemos avanzado y fuimos construyendo capital social. Le pediría al Estado que profesionalice los organismos de interacción con las empresas. No puede haber una usina de científicos gigante como el Conicet y el agente que los representa cambia todos los años. Tiene que haber una remuneración acorde a lo que uno pretende obtener de eso. Si no terminamos malvendiendo, sin aprovechar esa creación de conocimiento. Eso debería ser más importante que la cosecha de soja o la producción de Vaca Muerta.

¿Es un problema el "robo" de talento vinculado a los salarios?

El primer problema es tener ese talento. Hay sectores en la bioinformática, en la ciencia de datos, biología molecular, y otros donde directamente no tenemos la generación de suficientes talentos para abastecer el portfolio de proyectos que se podrían crear. Obviamente, después hay que ser competitivo para ese talento y pagar sueldos de nivel internacional. Para eso debemos estructurar negocios de nivel internacional. No podemos pretender una compensación internacional para proyectos orientados al mercado doméstico argentino.

Los cambios que fue atravesando Bioceres modificaron su perfil de CEO?

Realmente yo me concentro para cada día trabajar menos. Para eso tiene que haber equipos que puedan resolver en forma autónoma. Mi misión es mantener cierta llama fundacional que tiene que ver con valores, mística y pasión. Y me concentro en la selección de talentos. Cómo construimos equipos de alta performance, que no busquen el súper individuo sino que sepan que el mejor resultado surge de una lógica colaborativa. 

Para eso se necesita diversidad, gente que piense distinto y tenga la honestidad de compartirlo con el otro. Eso es un trabajo de 24/7. No estoy viendo cuál es nuestro próximo deal ni si somos eficientes en nuestros gastos de viáticos. Después, es importante construir una síntesis de por qué uno hace lo que hace. 

Al principio, era porque queríamos ser una versión verde de Monsanto. Después nos dimos cuenta que no queríamos ya ser eso sino una compañía que transforme a la agricultura en todos sus eslabones. Después lo superamos, y en realidad queremos ser algo que tiene que ver con las ciencias de la salud y el bienestar de las personas más que una empresa de agro. 

Vamos reconstruyendo el perfil a partir de una síntesis que pueda sobrevivir y dar sentido a lo que se hace. Hoy nuestro propósito está más ligado a la transformación cultural, para la cual es importante ganar plata, que a las batallas que vamos dando en el mundo de los alimentos, vía insumos o semillas, o el bienestar humano.

¿Compañías como Monsanto ya son del pasado?

Tengo otra mirada sobre esto. Realmente el espíritu de innovación que existió en los 90 en esa compañía que se llamó Monsanto, no lo veo presente ni en Bayer, ni en Syngenta, ni en Corteva. Los líderes del sector de los insumos agrícolas no tienen cosas para sorprendernos. No van a venir con una soja resistente al glisfosato mañana, o algo similar a lo que fue en el año 96.

¿Esta búsqueda por un verdadero cambio la canalizan por su fondo inversor?

Intentamos organizarnos de forma metódica y escalable con el fondo que construimos, dedicado a la parte final del proceso de listado de una compañía. Financia pre IPO o similares, que fuimos construyendo internamente. 

Hicimos un fideicomiso (FS500) junto a la provincia de Santa Fe, que busca originar ciencia. Tenemos un equipo que ayuda a emprendedores y científicos a encontrarse y a construir su compañía. Le damos algo de capital inicial y ya invertimos en compañías con tecnologías aspiracionales. Son todas argentinas. Nuestra tesis en este fondo de company building es que la Argentina tiene la mejor conversión de talento humano a propiedad intelectual y a activos intangibles.

 Acá se necesitan relativamente pocos dólares para construir propiedad intelectual, algo que en el resto del mundo como Israel o Estados Unidos, costaría mucho más. Tiene mucho sentido en Argentina hacerlo y si lo hacemos mucho en un momento va a arbitrar, y el talento local va a cobrar lo mismo que afuera. 

La idea del Fondo es invertir en 50 proyectos por año, hoy estamos al 25% de ese camino. El año que viene estaríamos al 50% y eventualmente al 100%. Y con esto, esperamos crear los próximas Bioceres crop Solution, que podamos llevar al mercado de capitales.

¿Cuánto prevén invertir con ese fondo?

Proyectamos unos US$ 30 millones anuales. Hoy tenemos más recursos que proyectos. Hay múltiples opciones. Los emprendedores en ciencias tienen distintas ventanillas adonde acudir para vender ideas. Eso también nos llevará a una colaboración más grande.

Uno invierte en personas, tiene que ver con una transformación cultural, más allá de que se persiga un objetivo económico.

¿Hay colaboración entre empresas en la Argentinas para avanzar en conjunto, las grandes, PyMEs y emprendedores?

Es importante que estemos conectados y que sepamos lo que hacemos. También hay un fuerte consenso en que el mundo emprendedor y el de las compañías que generan trabajo no debe estar enfrentados. Es un debate del pasado que la empresa que tiene miles de puestos laborales, cuando ve que sale una ley que promueve una startup siente que le estamos quitando recursos. 

Si entendemos que en esa startup pueden estar los hijos de los dueños de las grandes compañías, que es una forma de permitirles el desarrollo sin las limitaciones de las grandes compañías que tienen que estar pidiendo permiso para importar, para exportar, acceso a distintos tipos de dólares. Poder trabajar con innovación, en paralelo y de la mano para que en un punto converjamos, es mucho más virtuoso.

¿Proyecta que continúen las dificultades económicas en la Argentina?

Supongo que si persistirán pero me resisto a poner mi vida en stand by hasta que la economía argentina se normalice. Todos podemos hacer mucho a pesar de que tengamos este altísimo nivel de volatilidad, que en cualquier otro lugar del mundo lleva al suicidio.

¿Cuál es hoy su principal desafío?

Salir de la negatividad es importante. Nadie es tan distinto ni estamos en extremos tan lejanos. Se puede hacer mucho a partir de conocernos, de mirar más lo positivo y hacer foco en eso. Está absolutamente subvaluado lo que representa ese cambio actitudinal. Debemos dejar un poco la queja y nos podemos sorprender de lo fácil que se hace el camino.

¿El llamado ‘dólar tecno' ayudó al sector del conocimiento?

Son intentos para ayudar y es mejor que no tenerlo pero no es una solución de fondo. Lo que podamos ser como industria no depende de este tipo de estímulos. En lo regulatorio hay temas importantes para animarnos a liderar procesos que a nivel internacional todavía no han sido resueltos. 

Si la inteligencia artificial pudiese sacar un CUIT en la Argentina, emplear y constituirse como persona jurídica, sería un paso interesante. Hoy la inteligencia artificial crea mucho trabajo y está boyando por el mundo, no tiene un territorio que la aloje. 

O por ejemplo, si avanzásemos con la clonación humana y estableciésemos un marco de referencia por el cual ciertas células embrionarias pudieran usarse para regeneración de cierto tipo de órganos, sería un progreso fantástico. Eso para mí es mucho más importante en la construcción de estas empresas nuevas que alguna exención impositiva o algún cambio diferencial.

¿Cómo arranca 2023?

El año próximo será muy bueno con todas las novedades que tendremos. Mulec va a empezar con una valoración de mercado de casi US$ 400 millones y venimos de un crecimiento de 62% el cierre de nuestro ejercicio de junio respecto del año anterior.

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