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Argentina se consolidó como el principal semillero de startups que desarrollan tecnología agroalimentaria. Con 308 empresas, el país concentra el 65,7% del ecosistema agrifoodtech del Cono Sur, muy por delante de Chile, que reúne 116 emprendimientos (24,8%), mientras que Uruguay y Paraguay cuentan con 34 y 10 startups, respectivamente.

Así lo revela el informe Estado del Ecosistema AgrifoodTech del Cono Sur, elaborado por FoodRise, que identificó un total de 468 empresas tecnológicas vinculadas a la cadena agroalimentaria en la región.

El estudio atribuye el liderazgo argentino a una combinación de factores que difícilmente se replican en otros mercados de la región. Menciona la fortaleza del sector agropecuario argentino, la presencia de instituciones científico-tecnológicas como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el Conicet y las universidades, así como el desarrollo de aceleradoras y fondos de capital de riesgo.

“Este fenómeno podría explicarse por una fuerte base científico-productiva, una matriz agroexportadora histórica y un sector privado que ha asumido un rol protagónico”, dice el estudio.

Y agrega: “Entre los factores se destaca la resiliencia y capacidad de adaptación de los emprendedores, desarrollada en contextos macroeconómicos y regulatorios complejos, que incentiva la búsqueda constante de soluciones innovadoras frente a restricciones operativas y de financiamiento. A ello se suma la cercanía con un sector agropecuario de gran escala, dinámico y con creciente apertura a la experimentación tecnológica, que facilita procesos tempranos de validación, prueba y ajuste de soluciones en condiciones reales y reduce barreras de entrada para nuevos emprendimientos”.

“Argentina reúne condiciones únicas para el desarrollo de este tipo de empresas. La cercanía entre quienes producen conocimiento, quienes desarrollan tecnología y quienes la aplican en el campo genera un entorno favorable para la innovación”, sostiene el informe.

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Desde una perspectiva sectorial, el mapeo muestra una predominancia de verticales upstream (actividades y tecnologías que actúan al inicio de la cadena de valor), particularmente agritech y biotecnología, y con ello la fuerte vinculación del ecosistema con la matriz productiva primaria de la región.

Según el relevamiento, esta especialización responde a una demanda creciente de soluciones que permitan aumentar la productividad y optimizar el uso de recursos.

A nivel global, el sector agrifoodtech enfrentó una caída de inversión en la primera mitad de 2025, con u$s 5100 millones invertidos (un 37 % menos que en el mismo periodo de 2024). Este resultado refleja que las inversiones tempranas continúan bajo presión. A pesar de eso, durante el primer semestre de 2025, América latina ya había captado cerca de u$s 200 millones en agrifoodtech.

El desafío ya no es crear startups

Pese al liderazgo regional, el informe advierte que la Argentina aún enfrenta varios obstáculos.

El principal es el acceso al financiamiento para las etapas de crecimiento: si bien existe una amplia oferta de emprendimientos en fases tempranas, el país cuenta con menos fondos especializados que Chile, lo que dificulta la escalabilidad de las empresas.

A eso se suma la necesidad de fortalecer la articulación entre startups, grandes empresas, inversores, universidades y organismos públicos para acelerar la adopción de tecnologías y facilitar el desarrollo de nuevos negocios.

El estudio también plantea el desafío de consolidar una mayor integración regional, con el objetivo de atraer capital internacional y permitir que los emprendimientos puedan expandirse más allá de sus mercados de origen.

Una amenaza que expone el estudio es que la dificultad por construir una articulación y coinversión eficiente con la industria se traduzca eventualmente en una fuga de startups y talento hacia ecosistemas donde existan mejores condiciones de escalamiento.

“Existe el riesgo de que Argentina sea proveedor de conocimiento temprano, pero no capturador del valor final”, establece el informe.

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Asimismo, sostiene que los costos de operar y sostener centros de prueba y plantas piloto son percibidos en el país como "elevados" y "difíciles de cubrir de forma sostenible". “Si no se diseñan modelos de financiamiento adecuados, existe el riesgo de que esta infraestructura sea subutilizada, se concentre en pocos actores o se desmantele”, dice.