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Cuando los peruanos concurran a las urnas este domingo para elegir entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, lo harán después de una década atravesada por una paradoja poco frecuente en América Latina. Mientras la política vivió una sucesión de crisis, destituciones, renuncias presidenciales y escándalos de corrupción, la economía conservó una notable continuidad en sus lineamientos centrales.

Desde 2016, Perú vio pasar a nueve presidentes. Sin embargo, la estabilidad monetaria, la apertura comercial, el protagonismo de la minería en las exportaciones y la autonomía del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) sobrevivieron a los cambios de gobierno. Esa continuidad convirtió al país en una referencia habitual para quienes destacan la importancia de las reglas económicas estables y la disciplina macroeconómica.
Pero detrás de esos logros emerge una realidad más compleja. Los indicadores sociales muestran que una parte importante de la población todavía no percibe plenamente los beneficios del crecimiento económico.
La economía que resistió a la crisis política
La singularidad peruana radica en que la estabilidad macroeconómica convivió con una profunda inestabilidad institucional.
Mientras otros países de la región enfrentaron episodios recurrentes de alta inflación, crisis cambiarias o desequilibrios fiscales, Perú logró preservar durante años uno de los marcos macroeconómicos más previsibles de América Latina.
El Banco Mundial destacó recientemente que el país mantuvo políticas macroeconómicas prudentes, baja inflación, niveles moderados de deuda pública y un sistema financiero sólido. Según el organismo, la economía peruana creció 3,4% en 2025 y podría expandirse 3,1% durante 2026.
La estabilidad monetaria fue uno de los pilares de ese desempeño. Durante las últimas dos décadas, el Banco Central consolidó una reputación de independencia y previsibilidad que trascendió a los distintos gobiernos.
Sin embargo, los propios organismos internacionales advierten que la economía peruana ya no exhibe el dinamismo que mostró durante el auge de las materias primas. El Banco Mundial señala que, mientras entre 2005 y 2014 el crecimiento promedio fue de 6,2% anual, entre 2015 y 2024 se redujo a 2,4%.
Entre las causas de esa desaceleración aparecen problemas estructurales que exceden la coyuntura política: baja productividad, informalidad laboral, brechas territoriales persistentes, debilidad institucional e inseguridad ciudadana.
El peso de la minería
Buena parte de la fortaleza económica peruana sigue descansando sobre el sector exportador y, particularmente, sobre la minería.
Según la Memoria 2025 del Banco Central de Reserva del Perú, las exportaciones tradicionales alcanzaron un récord de u$s 70.332 millones durante el último año, un incremento de 26,3% respecto de 2024.
La minería explicó gran parte de ese resultado. Las exportaciones mineras sumaron u$s 62.738 millones y representaron cerca del 89% de las exportaciones tradicionales del país.
Perú es uno de los principales productores mundiales de cobre, plata y zinc, minerales que adquirieron una importancia creciente por la transición energética global, la electromovilidad y la fabricación de tecnología.
La relación con China ocupa un lugar central en este esquema. El gigante asiático se consolidó como el principal socio comercial del país y uno de los principales inversores en minería e infraestructura. La reciente puesta en marcha del puerto de Chancay reforzó aún más ese vínculo y consolidó a Perú como una de las principales plataformas logísticas de Sudamérica hacia Asia.

La contracara de esa especialización es una elevada dependencia de los precios internacionales de los minerales y de la demanda externa. Buena parte de la capacidad de crecimiento del país continúa atada a factores que escapan al control de cualquier gobierno peruano.
La centralidad de los recursos naturales en la economía peruana tiene raíces históricas profundas. En Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, Eduardo Galeano describió al virreinato peruano y al Alto Perú como uno de los grandes centros de extracción de riqueza mineral de la colonia española. “América era por entonces una vasta bocamina centrada, sobre todo, en Potosí”, escribió el autor uruguayo al analizar el papel que tuvieron la plata y el oro americanos en la expansión económica europea.
Para Galeano, los metales extraídos en la región no impulsaron principalmente el desarrollo de los territorios donde eran producidos, sino el de las economías europeas. “Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible”, sostuvo.
Más de medio siglo después, las condiciones históricas son radicalmente distintas, pero la minería continúa ocupando un lugar central en la economía peruana. La diferencia es que hoy los principales destinos de las exportaciones no son Sevilla o Cádiz, sino mercados como China, principal comprador del cobre peruano y uno de los mayores inversores en infraestructura y explotación minera del país.
La pobreza no volvió a los niveles previos a la pandemia
Los indicadores sociales muestran con claridad los límites de ese modelo.
Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), la pobreza monetaria alcanzó al 25,7% de la población durante 2025. Aunque el indicador mejoró respecto del 27,6% registrado un año antes, todavía permanece muy por encima del 20,2% observado en 2019, antes de la pandemia.
En términos absolutos, alrededor de 8,8 millones de peruanos viven actualmente en situación de pobreza.
La pobreza extrema, por su parte, alcanzó al 4,7% de la población, equivalente a aproximadamente 1,6 millones de personas que no logran cubrir siquiera el costo de una canasta básica de alimentos.
Las diferencias regionales son marcadas. Mientras departamentos como Ica registran tasas de pobreza inferiores al 5%, en Cajamarca y Loreto los niveles superan el 40%.
Los datos reflejan una de las principales tensiones de la economía peruana: la capacidad para generar crecimiento y exportaciones no siempre se traduce en mejoras homogéneas en todo el territorio.
La persistencia de la informalidad
Otro de los desafíos estructurales es el mercado laboral.
Aunque Perú suele exhibir tasas de desempleo relativamente bajas en comparación con otros países de la región, buena parte de su fuerza laboral se desempeña en condiciones de informalidad.
El Banco Mundial identifica a la informalidad como uno de los principales obstáculos para elevar la productividad y mejorar los ingresos de los hogares. La existencia de millones de trabajadores fuera de los sistemas formales limita la capacidad de crecimiento de largo plazo y reduce la cobertura de protección social.
Los datos del INEI muestran además que la pobreza afecta con mayor intensidad a los trabajadores independientes y a los habitantes de zonas rurales, donde las oportunidades económicas suelen ser más limitadas.
La consecuencia es una economía que genera actividad y empleo, pero que todavía encuentra dificultades para transformar ese crecimiento en bienestar generalizado.
Hambre, anemia y vulnerabilidad
Las dificultades sociales aparecen también en otros indicadores.
De acuerdo con el Informe Anual de Resultados 2025 del Sistema de las Naciones Unidas en Perú, el 43,7% de los niños de entre 6 y 35 meses presenta anemia.
El mismo documento señala que más del 41% de la población enfrenta algún grado de inseguridad alimentaria y advierte sobre la coexistencia de problemas de desnutrición, déficit alimentario y sobrepeso.
Naciones Unidas también destacó que una parte importante de la población permanece en situación de vulnerabilidad económica. Se trata de hogares que logran mantenerse por encima de la línea de pobreza, pero que podrían volver a caer ante una desaceleración económica, una pérdida de ingresos o una emergencia sanitaria.
Estos datos sugieren que la recuperación social posterior a la pandemia todavía no se completó.














