Con el 67,2% de actas contabilizadas

Reñido final en Perú deja a la vista un país dividido y enfrentado

En el contexto de una sociedad fuertemente polarizada y desencantada con la dirigencia política, la estrecha diferencia entre ambos candidatos podría profundizar la crisis política que arrastra el país

Luego de las elecciones del 11 de abril, los peruanos volvieron a las urnas para elegir entre el candidato de izquierda, Pedro Castillo (Perú Libre) o la de derecha Keiko Fujimori (Fuerza Popular). Sin embargo, con el país fuertemente divido, los candidatos se preparaban para un resultado altamente reñido.

Con el 67,2% de actas contabilizadas, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) dijo que Fujimori tiene un 52,4% de los votos; mientras Castillo un 47,5%.


En 2016, Keiko perdió las elecciones con Pedro Pablo Kuczynski por apenas 0,24% o 40.000 votos. Es probable que el giro a la izquierda que prometió Castillo haya llevado a muchos a alinearse con Fujimori, incluso al premio Nobel Mario Vargas Llosa, lo que en los últimos días le permitió acortar la ventaja de casi seis puntos que le llevaba Castillo.

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Criada en la política, es la tercera vez que la candidata de Fuerza Popular -que cuenta con un fuerte apoyo en centros urbanos como Lima- ,compite en elecciones presidenciales, en una campaña que estuvo marcada por la sombra de su padre, Alberto Fujimori, y sus propios escándalos de corrupción.

Entre 2018 y 2019, Keiko estuvo en prisión preventiva por lavado de activos en conexión con la brasileña Odebrecht, la constructora del Lava Jato, y en marzo pasado el Ministerio Público Fiscal peruano pidió que sea condenada a 30 años por esa misma causa.

Aunque descartó la idea de una reforma de la Constitución, como propuso Castillo, La candidata prometió "algunos ajustes" de corte social para mejorar la relación entre el Congreso y el gobierno. A nivel económico, Keiko plantea una continuidad con el modelo de libre mercado planteado por su padre hace tres décadas.

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Para salir de la crisis derivada de la pandemia (la economía se contrajo un 11% en 2020), Fujimori prometió distribuir el 40% del canon minero y gasífero -un impuesto a la renta que tributan las empresas mineras- entre la población; créditos a pequeñas y medianas empresas por u$s 921 millones; exoneraciones impositivas en algunos sectores particularmente afectados; y aumentar el salario mínimo.

Fujimori también se propone llevar al 15% la pobreza en 2026 (actualmente está en un 30%), impulsando la generación de empleo a través de medidas fiscales, financieras y de estímulo de la inversión privada. Como contracara, el equipo técnico de Keiko calcula que la deuda podría elevarse al 40% del PBI, desde el actual 35%.

Luego de que se difundiera el boca de urna, militantes de Castillo se reunieron en varios puntos del país para protestar por los datos. A través de Twitter, el dirigente había convocado a sus seguidores a "asistir en paz a las calles para estar vigilantes en la defensa de la democracia". Más tarde, frente al aumento de la tensión, Castillo tuvo que salir para pedir calma hasta que se den a conocer los primeros resultados oficiales.

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Con un margen tan estrecho, esta segunda vuelta promete una pelea voto a voto en el que voto en el exterior, que representa un 4% del padrón electoral (cerca de un millón de personas), también podría jugar un rol importante.

De todos modos, la única certeza es que quien resulte ganador tendrá el desafío de unir a un país profundamente divido, acorralado por una crisis económica y sanitaria (con más de 180.000 muertes actualmente Perú tiene la tasa de mortalidad por Covid-19 más alta del mundo) y el descontento generalizado con la clase política que ya se consumió a cuatro presidentes en cinco años.

En este contexto, es posible que las elecciones contribuyan a profundizar más la crisis política antes que resolverla. El candidato que gane llegará a la presidencia con una debilidad inherente producto del escaso margen y deberá enfrentarse a un Congreso fuertemente fragmentado en el que será difícil que pueda tener poder propio.

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