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Durante décadas, el sector noreste del océano Atlántico guardó un silencio sepulcral sobre lo que ocurría en sus llanuras abisales. A unos 600 kilómetros de la costa de Nantes, Francia, la tecnología de vanguardia y la curiosidad científica acaban de romper ese pacto de olvido.
Una misión interdisciplinaria, equipada con tecnología que parece extraída de una película de James Cameron, descendió a profundidades donde la presión es capaz de aplastar casi cualquier estructura humana. El objetivo era mapear una zona de 6000 kilómetros cuadrados, un desierto submarino que, según los registros históricos, ocultaba algo más que arena y rocas.
La verdad emergió con la claridad del sonar de alta resolución: la misión NODSSUM confirmó la ubicación exacta de un “cementerio” que el mundo prefirió ignorar durante medio siglo. Entre 1946 y 1990, diversas potencias europeas —incluyendo al Reino Unido, Bélgica, Alemania y Francia— utilizaron el océano como un vertedero final, hundiendo más de 200.000 barriles cargados con residuos radiactivos.
Sellados con cemento o betún, estos contenedores fueron arrojados por la borda bajo la premisa de que la inmensidad del mar diluiría cualquier peligro. Hoy, la ciencia vuelve al lugar de los hechos para evaluar si esa apuesta fue un error de proporciones catastróficas.
Operación NODSSUM: arqueología del riesgo nuclear
Liderada por el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) y el instituto IFREMER, la expedición representa el esfuerzo más ambicioso hasta la fecha por auditar este legado atómico. Para lograrlo, utilizaron el UlyX, un vehículo submarino autónomo (AUV) de última generación, y el famoso sumergible tripulado Nautile.
Los hallazgos iniciales, publicados tras la fase de junio de 2025, trajeron una mezcla de alivio y asombro:
- Contaminación contenida: las mediciones preliminares de radionucleidos en el agua y sedimentos muestran niveles de radiactividad bajos, comparables a ciertas zonas terrestres de Francia con actividad industrial controlada.
- La vida se abre paso: en una ironía biológica, muchos de estos barriles —que representan lo más oscuro de la actividad humana— se han convertido en arrecifes artificiales. Los científicos reportaron una “belleza incongruente”: organismos abisales colonizando las estructuras metálicas que hace 60 años eran consideradas veneno puro.
El contexto histórico: ¿por qué se permitió esto?
Para entender este fenómeno, hay que remontarse a la posguerra. Hasta que la Convención de Londres prohibió totalmente el vertido de desechos radiactivos en el mar en 1993 (un tratado del cual Argentina es signataria y ferviente defensora), la comunidad internacional operaba bajo el concepto de “dilución”. Se creía que el volumen de agua del océano era tan vasto que cualquier fuga sería insignificante.
Sin embargo, la misión actual busca determinar el impacto a largo plazo. “Pasamos de una escala macroscópica a una centrada en puntos de interés específicos”, explicó el especialista Patrick Chardon. No basta con saber que el agua no es letal hoy; la preocupación radica en cómo esos isótopos podrían entrar en la cadena trófica a través de la fauna marina que hoy habita sobre los barriles.
Basura sobre basura: el hallazgo inesperado
Más allá del riesgo nuclear, la expedición NODSSUM tropezó con una realidad amarga que trasciende la radiactividad. Junto a los históricos barriles de plutonio y cesio, los robots detectaron la presencia masiva de basura plástica y desechos industriales modernos.
Este dato refuerza una tesis que preocupa a los oceanógrafos: ni siquiera las fosas más profundas y remotas del planeta están a salvo del impacto humano. El proyecto PRIME RADIOCEAN, del cual forma parte esta misión, no solo busca gestionar el pasado nuclear, sino alertar sobre cómo estamos gestionando los residuos del presente.

La segunda fase de la misión se centrará en la manipulación física. Utilizando brazos mecánicos, los científicos tomarán muestras del entorno inmediato de los barriles con mayor deterioro. La pregunta del millón para las autoridades de seguridad nuclear es si es más peligroso intentar reflotar estos miles de contenedores —con el riesgo de rotura que eso implica— o dejarlos descansar bajo el peso de cuatro kilómetros de agua.
Por ahora, el misterio de los barriles ha sido develado, pero la vigilancia apenas comienza. En un mundo que vuelve a mirar a la energía nuclear como alternativa ante el cambio climático, recordar cómo gestionamos sus residuos en el pasado resulta una lección imprescindible.














