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El mercado de bonos de Estados Unidos quedó bajo la lupa después de que el Tesoro, encabezado por Scott Bessent, anunciara que duplicará el tamaño de sus operaciones de recompra de deuda de largo plazo. La medida busca contener la escalada de las tasas de interés y reducir el costo de financiamiento del Gobierno estadounidense.

La decisión llegó luego de que el rendimiento del bono del Tesoro a 30 años alcanzara su nivel más alto desde 2007, un escenario que refleja mayores costos para financiarse a largo plazo. En ese contexto, la estrategia oficial apunta a aumentar la demanda de esos títulos para impulsar su precio y, en consecuencia, intentar reducir las tasas de interés.

En diálogo con El Cronista, el economista y asesor financiero Nahuel Bernués explicó qué hay detrás de la decisión de Bessent, cuáles son los riesgos que enfrenta la economía estadounidense y cómo debería posicionarse un inversor argentino con una cartera dolarizada.

Qué está pasando con los bonos de Estados Unidos

El Tesoro estadounidense compra desde hace tiempo sus propios bonos de manera rutinaria. La novedad fue que el 19 de agosto anunció que duplicaría el tamaño de esas operaciones de recompra de deuda de largo plazo, con vencimientos de entre 10 y 30 años.

Al día siguiente, Bessent reforzó la señal al afirmar que ese volumen era un piso y no un techo. El objetivo de la medida es aumentar la demanda, impulsar sus precios y contener las tasas de interés.

Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos.
Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos.

Sin embargo, la suba de las tasas de los bonos de largo plazo puede tener distintas lecturas. Por un lado, puede ser una señal de una economía dinámica, con una fuerte demanda de crédito. Pero Bernués considera que actualmente predomina otra explicación.

Para el especialista, los inversores están exigiendo un mayor rendimiento para prestar dinero a Estados Unidos durante períodos prolongados debido al creciente volumen de deuda.

“El mercado le pide más rendimiento a Estados Unidos no porque le vaya bien, sino porque hay demasiada deuda dando vueltas y el que presta a 30 años quiere que le paguen mejor ese riesgo”, explicó.

El contexto fiscal también suma presión. La deuda pública estadounidense ya superó los u$s 40 billones y el pago de intereses ronda el billón de dólares anual. Para Bernués, esto significa que una parte cada vez mayor del endeudamiento se destina a afrontar los compromisos generados por deuda previa.

A esto se agregan otros factores que alimentan la preocupación de los inversores. La inflación continúa mostrando resistencia, mientras que las tensiones geopolíticas en Medio Oriente mantienen presión sobre los precios energéticos. Al mismo tiempo, grandes empresas tecnológicas están emitiendo deuda para financiar sus inversiones vinculadas a inteligencia artificial, compitiendo por los mismos fondos disponibles en el mercado.

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El principal interrogante, entonces, no pasa por una eventual crisis de solvencia inmediata de Estados Unidos, sino por la capacidad del Tesoro de sostener las tasas mediante intervenciones en el mercado.

La reacción de los mercados después de los anuncios de Bessent fue una señal en ese sentido. La caída de las tasas que se produjo tras el primer anuncio duró apenas un día. Luego, los rendimientos volvieron a subir y borraron el alivio inicial.

Para Bernués, esto muestra los límites de la estrategia: “Tres jornadas, dos anuncios oficiales a favor, y el precio terminó peor que antes”.

Cómo impacta en un inversor argentino

Aunque se trata de una decisión tomada en Washington, sus efectos pueden sentirse rápidamente en las carteras de los ahorristas argentinos que invierten en dólares.

Según Bernués, el impacto llega a través de tres canales principales. El primero son los propios bonos del Tesoro de Estados Unidos. Cuando las tasas de mercado suben, los títulos que pagan cupones fijos pierden valor.

“Si tiene bonos del Tesoro largos, o fondos que invierten en ellos, la suba de tasas le pega en el precio”, explicó el economista. Sin embargo, aclaró que esa pérdida solo se materializa si el inversor decide vender antes del vencimiento. Quien mantiene el bono hasta el final continúa cobrando las condiciones originalmente pactadas.

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El segundo canal involucra a las acciones de Wall Street y a los Cedears. Cuando aumenta el rendimiento del activo considerado más seguro del mundo, los inversores exigen mayores retornos al resto de los instrumentos financieros.

En ese escenario, las compañías tecnológicas suelen ser las más castigadas, ya que buena parte de su valuación se apoya en ganancias proyectadas para dentro de muchos años. Sectores más vinculados a flujos presentes, como energía, tienden a mostrar una mayor resistencia.

El tercer impacto es especialmente relevante para la Argentina. El riesgo país se calcula a partir de la diferencia entre el rendimiento de los bonos argentinos y el del Tesoro estadounidense.

“Si sube la base, sube todo el edificio”, resumió Bernués. Según el especialista, este fenómeno ya comenzó a reflejarse en los precios de la deuda soberana argentina, con caídas cercanas al 5% en los bonos en dólares durante la semana pasada.

Qué estrategia conviene para una cartera dolarizada

Frente a este escenario, la recomendación del especialista no es abandonar los activos dolarizados, sino revisar los plazos y el nivel de exposición al riesgo.

Para un inversor conservador, Bernués recomienda priorizar el tramo corto de la curva del Tesoro, con vencimientos de uno o dos años como máximo. La ventaja es que permite obtener tasas altas sin quedar tan expuesto a las fuertes variaciones de precio de los bonos largos.

Para un perfil moderado, con un horizonte de tres a cinco años, propone combinar esa base de bonos cortos con una cartera de acciones globales diversificada por sectores y evitar una concentración excesiva en tecnología, “que es lo más castigado cuando sube la tasa libre de riesgo”, explicó.

En tanto, los inversores agresivos y con un horizonte de largo plazo sí pueden encontrar una oportunidad en los bonos de mayor duración, tanto estadounidenses como argentinos. Pero la estrategia requiere aceptar una volatilidad mucho mayor.

“La tentación de estos momentos es comprar el bono a treinta años solo porque rinde como no rendía desde 2007, y ese razonamiento omite que el mismo rendimiento puede ser más alto en dos semanas”, concluyó.