A un año de las próximas elecciones presidenciales, el tablero político nacional empieza a mostrar sus primeras definiciones con una polarización que no cede.
Un reciente informe de la consultora QSocial, correspondiente al mes de junio de 2026 y al que tuvo acceso El Cronista, midió el pulso del electorado y arrojó un escenario de paridad absoluta entre el presidente Javier Milei y el gobernador bonaerense Axel Kicillof.
La encuesta, de alcance nacional, refleja cómo el impacto de la gestión libertaria y la reorganización del peronismo configuran una contienda que hoy se define voto a voto.
Ante la consulta directa sobre a quién elegirían si los comicios presidenciales fueran hoy, el primer escenario electoral del estudio muestra un empate exacto: tanto Milei como Kicillof cosechan un 28% de intención de voto.
Muy por detrás aparecen opciones alternativas como Myriam Bregman, con un 11%, y el exgobernador Juan Schiaretti, con un 7%. El volumen de la indecisión y el desencanto es alto: un 16% de los encuestados responde que “no sabe” a quién votar y un 11% anticipa que lo haría en blanco.
Al desglosar la imagen pública del actual mandatario, los números exponen la cristalización de las opiniones tras más de dos años y medio de mandato. Javier Milei registra una imagen positiva del 29% y una valoración regular del 15%.
Su imagen negativa, sin embargo, escala al 55%, lo que evidencia un rechazo consolidado en más de la mitad del electorado, un factor de peso para sus aspiraciones de reelección.
Axel Kicillof, posicionado como el principal articulador de la oposición, logra empatar la valoración positiva del Presidente, alcanzando también un 29%, acompañado de un 15% de imagen regular.
La ventaja estadística del mandatario provincial radica en su nivel de rechazo: su imagen negativa se ubica en el 47%, ocho puntos por debajo de la de Milei. Además, conserva un pequeño margen de instalación, al registrar un 9% de desconocimiento a nivel nacional.
El dato que puede cambiarlo todo de cara a 2027 se esconde en los pisos y techos electorales de ambos dirigentes.
Al indagar sobre la fidelidad del voto, el Presidente exhibe un núcleo duro ínfimamente superior (26% “seguro lo votaría” frente al 25% de Kicillof), pero su techo potencial es más bajo: sumando a quienes “podrían llegar a votarlo” (12%), Milei alcanza un máximo del 38%. El gobernador, en cambio, tracciona un 18% de voto probable, estirando su techo electoral al 43%.
Esta brecha encuentra su explicación en el nivel de resistencia definitiva que genera cada dirigente en la actualidad. Mientras el 54% del electorado asegura que “nunca votaría” a Javier Milei, ese rechazo intransigente desciende al 47% en el caso de Axel Kicillof.
Con este panorama de paridad en la primera vuelta, la llave de la elección quedará en manos de ese 16% de indecisos que, ajenos a la polarización, terminarán inclinando la balanza el año próximo.
La caída del “vínculo afectivo”
El estancamiento en los números del Presidente encuentra su explicación en un indicador cualitativo que el informe de QSocial enciende como luz de alarma: el “Índice de Vínculo Afectivo”.
Esta métrica, que evalúa la empatía, la confianza y la conexión emocional del electorado con el líder libertario, perforó su piso histórico y cayó a 4,2 puntos sobre 10 posibles en junio.
El dato no es menor en términos de gobernabilidad, ya que durante los primeros años de gestión este factor personalista funcionó como un amortiguador político clave frente al desgaste provocado por la coyuntura económica.
Este enfriamiento en la relación con la opinión pública tiene su correlato directo en el terreno donde La Libertad Avanza construyó su maquinaria de poder: las redes sociales. El estudio revela que la vitalidad comunicativa de Javier Milei en Instagram se desplomó un 81% en lo que va de 2026, pasando de generar seis millones de interacciones en enero a rozar apenas el millón en el último mes.
Para los analistas de la consultora, la conclusión es clara: aunque el mandatario conserva la centralidad absoluta del debate, su capacidad para entusiasmar y movilizar a la ciudadanía digital se está erosionando de manera sostenida.