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Faltan trece meses para la elección presidencial, pero los tambores electorales se empiezan a escuchar en las trincheras que aspiran a ocupar, o prolongar la estadía, en la Casa Rosada a partir de diciembre de 2027.

Mientras tanto, la economía marcha envuelta en paradojas. Los principales desequilibrios macroeconómicos que recibió Javier Milei fueron corregidos: hay superávit fiscal, el Banco Central dejó de financiar al Tesoro, la inflación bajó, el balance de la autoridad monetaria mejoró y el frente externo muestra una posición más sólida.

Pero esa mejora todavía no se transformó en una sensación generalizada de bienestar. El consumo sigue débil, la inversión avanza a distintas velocidades, el empleo no despega y los salarios recuperan terreno lentamente. Hay sectores que crecen con fuerza, como energía y minería, mientras otros, como industria, el comercio y construcción, todavía sienten el impacto de la transformación de la economía.

La pregunta, entonces, no es solamente qué pasó con la economía desde diciembre de 2023. Lo importante ahora es: ¿Llegará esa mejora a tiempo al bolsillo de los argentinos como para convertirse en un activo electoral del oficialismo en 2027? ¿Lo que Milei construyó, o los resultados que pueda mostrar en “el metro cuadrado” del votante, jugará a favor o en contra a la hora de que cada argentino acuda a las urnas?

La macro contra la micro

El economista Martín Polo resume una parte de la discusión: la administración Milei consiguió ordenar variables que, durante años, fueron fuente de inestabilidad. “El resultado fiscal pasó a ser superavitario, se terminó con la monetización del déficit y el balance del Banco Central comenzó a recomponerse”. También destaca el resultado del comercio exterior y la mejora de las reservas.

Pero el otro lado de la moneda sigue siendo la economía real. La actividad crece, aunque a un ritmo que todavía no alcanza para producir un cambio contundente en el mercado laboral. Los salarios están débiles y el consumo no muestra una recuperación homogénea.

El problema es que los sectores que más crecen no necesariamente son los que más empleo generan. Vaca Muerta, minería o algunos segmentos vinculados a la energía pueden expandirse con fuerza, pero la industria, la construcción y buena parte del comercio tienen un impacto mucho mayor sobre el empleo cotidiano.

Ahí aparece la diferencia entre la macroeconomía y la economía de todos los días. La primera mejoró. La segunda todavía está en transición.

“Por ahora, la economía no parece jugar claramente ni a favor ni en contra”

Martín Polo, economista

Polo plantea que, de cara a 2027, la baja de la inflación puede ser uno de los principales activos del Gobierno. También podría jugar a favor una recuperación del crédito. Pero, con consumo y empleo todavía débiles, su conclusión es más prudente: “Por ahora, la economía no parece jugar claramente ni a favor ni en contra”.

El paciente que adelgazó, pero todavía está débil

Leonardo Chialva, de Delphos Investments, utiliza una imagen para explicar la situación. Argentina era un paciente que había llegado a pesar 250 kilos y ahora bajó a 110. Es una mejora, pero eso no significa que esté sano.

La comparación sirve para entender por qué una macroeconomía ordenada puede convivir con una microeconomía complicada.

Durante años, la inflación y el cepo modificaron las decisiones de ahorro, consumo e inversión. “La normalización obliga ahora a cambiar esos comportamientos. La construcción es un ejemplo: durante años funcionó como refugio frente a la inflación y la pérdida de valor del peso” dice Chialva. Con la estabilización, el sector quedó enfrentado a un exceso de oferta y a una menor disponibilidad de pesos baratos.

“Lo mismo ocurre con el crédito. Después de décadas de inflación, reconstruir la confianza en el peso no es inmediato. Sin ahorro en moneda local no hay crédito abundante en pesos y, sin crédito, la recuperación del consumo y la inversión es necesariamente más lenta”.

Fuente: ShutterstockShutterstock

Por eso, el deterioro de algunas variables microeconómicas no necesariamente contradice la mejora macroeconómica. “Puede ser, en parte, el costo de la transición”, subraya Chialva.

La secuencia cambiaria también dejó una marca sobre la economía real. Después de la salida del cepo, la suba del dólar tuvo efectos sobre los precios. “Primero aumentó el tipo de cambio, después los precios y, bastante más tarde, los salarios”. Ese desfasaje terminó golpeando al consumo y a la capacidad de pago de las familias.

Para Chialva, uno de los principales desafíos hacia 2027 será “evitar que la economía vuelva al viejo ciclo argentino de devaluación, inflación, caída del salario real y posterior recuperación”. La estabilidad cambiaria, en ese sentido, es una condición para que la mejora de la macro llegue al bolsillo.

La pregunta que queda planteada es qué ocurriría si ese equilibrio se rompe. “Una nueva devaluación volvería a modificar los precios relativos y podría retrasar nuevamente la recuperación de los salarios. Si, en cambio, la estabilidad se mantiene, la desinflación tendría más tiempo para trasladarse a los ingresos.” especula Chialva.

Un dólar que también genera discusión

El ex viceministro de Economía Gabriel Rubinstein pone el foco en otro problema: el nivel del tipo de cambio. Para Rubinstein, “el dólar se encuentra demasiado bajo para una economía que intenta modernizarse y abrirse al mundo”. Esa situación, afirma, genera dificultades para sectores que deben competir con productos del exterior, como industria, construcción y turismo.

Rubinstein también cuestiona el ritmo de crecimiento. Su planteo es que con una economía creciendo alrededor del 2% “no hay demasiado espacio para una mejora significativa de los salarios reales. Para que los ingresos crezcan de manera sostenida, sostiene, la economía debería expandirse bastante más.” La discusión vuelve así al mismo punto: no alcanza con estabilizar. La estabilización tiene que convertirse en crecimiento.

“El dólar se encuentra demasiado bajo para una economía que intenta modernizarse y abrirse al mundo”

Gabriel Rubinstein

El desafío es que la macro llegue al bolsillo

Fernando Marull, de FM & Asociados, pone el acento en una cuestión diferente. La economía argentina está atravesando una transformación estructural: pasa de un modelo cerrado, protegido y condicionado por la inflación a otro más abierto y competitivo.

Ese proceso genera ganadores y perdedores. El comercio, la construcción, el turismo y algunos sectores industriales enfrentan una competencia que antes no existía. “La apertura puede generar oportunidades de inversión y productividad, pero también obliga a empresas y trabajadores a adaptarse” dice.

Para Marull, “la mejora macro reduce el riesgo de una crisis como la de 2018. Y esa reducción del riesgo puede terminar favoreciendo a la economía real, aunque el efecto no sea inmediato”.

Gustavo Araujo, de la firma de inversiones Criteria, coincide en buena medida con ese diagnóstico. La administración Milei logró eliminar el financiamiento monetario del déficit, consolidar el superávit fiscal y mejorar el balance del Banco Central. La inflación, después del salto inicial, se estabilizó en niveles muy inferiores a los que tenía la Argentina al comienzo del Gobierno.

En la economía real, la recuperación desde los mínimos de 2024 fue desigual. “El empleo sigue siendo una de las principales preocupaciones y la recuperación del salario real es todavía moderada.”

“Los desequilibrios macroeconómicos más urgentes fueron corregidos en buena medida, mientras que los beneficios de esa estabilización todavía deben consolidarse en actividad, empleo e ingresos. El comportamiento de estas variables en los próximos meses será determinante para saber si la mejora de los fundamentos empieza a sentirse de manera más amplia en la economía en su conjunto”, concluye Araujo.

“El empleo sigue siendo una de las principales preocupaciones y la recuperación del salario real es todavía moderada.”

Gustavo Araujo, jefe de research de Criteria

Una carrera contra el tiempo

Es obvio que la economía argentina llega a 2027 con una situación muy diferente de la que recibió Milei. Pero todavía falta la segunda parte del proceso.

El elector no mira solamente el resultado fiscal del Tesoro ni el balance del Banco Central. Mira cuánto gana, cuánto puede comprar, si consigue trabajo, si puede acceder a un crédito y cuánto le cuesta llegar a fin de mes.

En 2027, la diferencia entre una macro ordenada y una mejora concreta en el bolsillo será una de las claves para entender cómo la economía terminará incidiendo sobre la elección.