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Recuerdo en 2014 una llamativa infografía publicada por el South China Morning Post, bajo el título “We are the Champions”. En ella se podía ver una cancha brasileña y sus alrededores, y todo lo coloreado en rojo furioso había sido producido por China.

El impacto visual era notable, desde colectivos híbridos, subtes y sistemas de telecomunicaciones, hasta aires acondicionados de los estadios, escáners de ingresos, pelucas, banderas, bufandas, gorros, vinchas y bengalas. También souvenirs, sistemas fotovoltaicos, la ropa de los jugadores, réferis y jueces de línea, la pelota y el Fuleco que fuera la mascota del mundial.

Aquel análisis, que el recordado economista y periodista Marcelo Zlotogwiazda tradujo con lucidez para el público argentino, demostraba una tesis implacable: la selección de China podía no clasificar al torneo, pero su maquinaria industrial ya se había coronado campeona antes del puntapié inicial.

Según la Organización Mundial del Comercio, se espera que el torneo genere alrededor de u$s 80.000 millones en producción económica mundial, incluyendo aproximadamente u$s 30.500 millones en contribuciones al PIB de Estados Unidos.

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Me preguntaba antes de escribir esta columna qué sería de este mundial en particular. Sobre todo a partir de una guerra comercial, justamente entre China, la gran fábrica mundial, y Estados Unidos (uno de los tres organizadores del Mundial 2026 junto a México y Canadá) y primera economía del planeta.

Puntos a favor de China:

Merchandising: Según el South China Morning Post, la ciudad de Yiwu, epicentro mundial de pequeños productos, se consolida como nodo clave del merchandising , acaparando un impactante 70% de la cuota de mercado global de productos vinculados al torneo. Los productos van desde equipamiento de colores brillantes, camisetas, figuritas, peluches y pulseras, hasta ingeniosos souvenirs adaptados a la cultura pop futbolística como cojines y llaveros de cabras con la camiseta argentina en alusión a Lionel Messi (GOAT).

Para dimensionar el colosal impacto económico y la voraz demanda que ya desborda la capacidad de producción de las fábricas (obligándolas a trabajar en dos y tres turnos), el diario destaca cifras contundentes: las exportaciones de artículos deportivos de Yiwu registraron un crecimiento del 20,3% el año pasado superando los 11.650 millones de yuanes (unos 1.600 millones de dólares), mientras que solo en el primer trimestre de este año escalaron un 12% adicional, consolidando un negocio donde los comerciantes locales reportan picos de aumento en sus ventas de hasta un 25% mensual en la víspera de la primera Copa del Mundo.

China está en los sponsors : El mundial cuenta con Lenovo como sponsor de primer nivel, y Mengniu e Hisense como sponsors de segundo nivel. Esto es clave: China no solo fabrica, también compra visibilidad global. Este despliegue corporativo mete a Pekín en una pelea directa con Estados Unidos por el control financiero del torneo: en el top de los 8 socios principales de la FIFA (FIFA Partners), China pisa fuerte con una marca frente a las dos estadounidenses (Coca-Cola y Visa); mientras que en el segundo nivel (Sponsors), Washington aprovecha la localía pisando fuerte con marcas como Bank of America, McDonald’s, Lay’s y Verizon frente a las dos insignias del gigante asiático: Hisense y Mengniu Dairy.

Tecnología: FIFA trabajará con Lenovo en herramientas de IA, avatares 3D y análisis para el Mundial 2026. Es un punto buenísimo para decir que China ya no está solo en el llavero o la bandera: también está en la capa tecnológica del espectáculo. El reporte de The Guardian. revela que esta alianza llevará la infraestructura del torneo a un nivel futurista, utilizando inteligencia artificial para generar avatares hiperrealistas en 3D de los jugadores en tiempo real. Estas réplicas digitales exactas se usarán de forma integrada con el VAR para automatizar y acelerar las decisiones de fuera de juego, permitiendo recrear las jugadas dudosas al instante y con precisión milimétrica. De este modo, el gigante asiático ya no solo domina la manufactura física de los estadios, sino que se mete de lleno en el cerebro digital del arbitraje y en la experiencia de transmisión de la Copa del Mundo, demostrando que su influencia en 2026 es tan virtual como absoluta.

Contrapuntos:

La pelota oficial 2026 es la Adidas Trionda. Está producida por Forward Sports, en Sialkot, Pakistán, la misma zona industrial que ya fabricó pelotas mundialistas anteriores.

Infraestructura 2026: A diferencia de Qatar 2022, donde hubo una fuerte presencia china en proyectos emblemáticos como el Estadio Lusail y parte de la infraestructura asociada al torneo, el Mundial 2026 muestra un escenario diferente. Un informe de la revista especializada Engineering News-Record (ENR) destaca que las principales adecuaciones de los estadios de Estados Unidos, Canadá y México están siendo lideradas por firmas norteamericanas de arquitectura, ingeniería y gestión de proyectos.

Entre ellas sobresale Gensler, involucrada en múltiples sedes del torneo, y Populous, responsable de diversos trabajos de diseño y modernización en estadios que recibirán partidos mundialistas. El reporte también señala que las obras se concentran mayormente en remodelaciones, ampliaciones temporales, adaptación de campos de juego, mejoras tecnológicas y nuevas áreas de hospitalidad, en lugar de la construcción de grandes estadios desde cero. Incluso en recintos icónicos como el Estadio Banorte (ex Azteca), las inversiones están enfocadas en la renovación de instalaciones existentes, nuevas superficies de juego, iluminación y espacios para espectadores.

En conjunto, el panorama refleja un Mundial apoyado principalmente en infraestructura ya desarrollada y en proveedores occidentales, con una presencia china mucho menos visible que la observada en Qatar 2022.

Transporte, bajo la lupa: Reuters publicó que el Mundial 2026 será una prueba de fuego sin precedentes para los sistemas de tránsito de Norteamérica, obligando a cooperar a operadores como Amtrak, FlixBus, Greyhound, LA Metro y NJ Transit para mover a millones de fanáticos en ciudades diseñadas para el automóvil. El foco acá no es “China construyó la red de transporte”, sino cómo la infraestructura urbana del anfitrión queda bajo un severo examen global. Mientras que en mundiales anteriores las potencias asiáticas lucieron trenes bala y flotas de última generación listas para usar, Estados Unidos enfrenta el torneo con cuellos de botella históricos, escasez de conductores y la urgente necesidad de demostrar que sus autobuses y líneas ferroviarias locales pueden estar a la altura del evento deportivo más grande de la historia.

FIFA cerró el acuerdo de transmisión con China Media Group apenas 27 días antes del inicio del torneo. Aunque la FIFA buscaba inicialmente 300 millones de dólares, el valor reportado para 2026 terminó cerca de los 60 millones. Este drástico recorte funciona como el contrapunto perfecto: demuestra que, a pesar de su abrumadora presencia en el comercio y el patrocinio, China sigue siendo un país con poco arraigo futbolístico que se niega a pagar sobreprecios. El gigante asiático es un mercado clave, pero ya no negocia pasivamente; prefiere imponer su propio peso financiero antes que ceder a las exigencias de la FIFA.

Conclusión: el verdadero tablero macroeconómico

Los cambios en la geopolítica global se sienten con fuerza en la Copa del Mundo 2026. A diferencia de las ediciones anteriores en Brasil, Rusia y Qatar, donde Pekín avanzaba sin resistencia, hoy asistimos a un escenario de fuerzas en disputa. Estados Unidos saca chapa de anfitrión y le plantea un duro contrapunto a China: cerró filas en la obra pública protegiendo a sus constructoras, blindó el transporte local y recuperó terreno en el segundo nivel de patrocinio.

Al final del día, el negocio del Mundial funciona como un fiel reflejo de la transición del poder económico global: un tablero donde conviven dos realidades paralelas. Por un lado, Estados Unidos y sus socios exhiben el escenario de consumo y un Producto Bruto Interno (PBI) nominal que aún lidera los ránkings tradicionales (rozando los 29 billones de dólares frente a los 19 billones de China).

Por el otro, el gigante asiático domina el subsuelo productivo, el merchandising masivo de Yiwu y la sofisticada capa de Inteligencia Artificial del torneo. Esta tensión tiene una explicación macroeconómica rigurosa: medido por Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) —el indicador que mide la producción real de las economías—, China ya es la mayor potencia del planeta y, según la World Economic League Table, desplazará a Washington también en términos nominales en la próxima década.

En 2026, la Copa del Mundo no tiene un ganador absoluto en los despachos; se juega un empate técnico entre el músculo financiero de Washington y la omnipresencia productiva de Pekín. Yo te avisé...