PANORAMA POLÍTICO

El castillo de naipes que rompieron Alberto y Cristina

Argentina, una vez más, del Purgatorio al Infierno. El costo lo pagan todos los actores pero especialmente los argentinos que sobreviven entre crisis y crisis. Una vez más un país en ascuas durante todo un fin de semana esperando un anuncio antes de la hora en que la carroza de Cenicienta se convierte en calabaza.

Un histórico peronista como es el intendente de Berazategui, Juan José Mussi, rogó, casi desahuciado en Ensenada, por la unidad y el diálogo político para evitar una nueva derrota del peronismo en el 2023. Sólo porque la crisis pareció terminal, sucedió lo que debería ser normal: el Presidente habló con su Vice. Cada cual elegirá a su culpable entre Alberto y Cristina. Pero los dos son responsables. 

A las diez de la noche finalmente hubo sólo un anuncio. La nueva ministra de Economía será Silvina Batakis, feroz defensora de los fondos de Nación en la pelea con la Ciudad de Buenos Aires. Estuvo en Buenos Aires con Daniel Scioli pero se convirtió en aliada de Eduardo 'Wado' de Pedro en Interior. El resto, incertidumbre después de que Sergio Massa se negara a asumir como Jefe de Gabinete sin una reconfiguración general de la gestión. 

Lo que se perdió en sucesivas cuotas fue la confianza en la política. Todo el músculo y celeridad que tuvo Alberto Fernández cuando eligió a Daniel Scioli para conducir el Ministerio de la Producción lo licuó en apenas 18 días. Incluso calmó a Sergio Massa molesto con la designación. ¿Sabría que era una paz momentánea? En el acto de YPF la evaluación del Presidente fue exactamente la contraria a la realidad de los hechos. Se convenció de que reaparecer junto con Cristina Kirchner era un gesto auspicioso, más allá de que ella le marcó la cancha. Doce horas después entregaba a un ministro amigo como Matías Kulfas.

Lo de las últimas 36 horas fue el corolario de una sucesión de hechos, el desguace de una promesa de esperanza en el 2019. Y todavía no termina.

 Sólo en la última semana con fórceps Fernández contuvo el malestar de la CGT,  en ebullición por la inflación y la caída de poder adquisitivo entre una larga lista de reclamos insatisfechos que acumulan los popes del sindicalismo. Los gobernadores se unieron en una liga independentista con terminales en el cristinismo y también, reclamos de gestión. En todas las tribus y sectores, hasta en la propia, se le venía pidiendo liderazgo político. Lo de Martín Guzmán fue el derrumbe de un castillo de naipes. El Frente de Todos no construyó sobre bases sólidas para su funcionamiento. 

"Vamos a resistir, este es el rumbo", le respondió el Presidente a la Vicepresidenta en público y en u reiterado intercambio verbal con el que creyó que se fortalecía. En su autismo político se rodeó de líderes internacionales en dos cumbres seguidas. El liderazgo no se hereda ni se contagia. Y la "jefa" le impuso finalmente sus condiciones rodeada también de gobernadores, intendentes, ministros y diputados nacionales y provinciales. 

La diferencia es que los de ella le son  incondicionales mientras que el albertismo nonato apenas sumó a un puñado de dirigentes del PJ de la Ciudad que quedaron fuera del esquema de poder porteño, y a los dirigentes identificados en el Grupo Callao. En dos años, dejó además una lista de heridos y rompió todo diálogo con la oposición desde el día en que recortó partidas presupuestarias a la Ciudad de Buenos Aires. Sumó, es cierto, incluso cristinistas, pero los perdió.

El círculo íntimo de Alberto Fernández fue haciéndose cada vez más chico. Este fin de semana sufrió la misma soledad de la noche de las PASO 2021 cuando la derrota selló su destino. En la noche del domingo 12 de septiembre en Olivos solo lo acompañaban Santiago Cafiero, Julio Vitobello y el entonces vocero Juan Pablo Biondi. Llamaron a la cocina y ya no había ni quién les preparara un sandwich. Este domingo lo rodearon Gustavo Béliz, Juan Manuel Olmos, Claudio Ferreño, Gabriela Cerrutti, Vilma Ibarra, Vitobello y Cafiero. Salvo la vocera y su amigo Ferreño, el resto perdió la gimnasia de las contiendas electorales. El el PJ de San Isidro la lista del canciller perdió frente a la apadrinada por Teresa García, que pide por Cristina 2023, y Sebastián Galmarini, el cuñado de Massa.

La última pelea fue desigual. El kirchnerismo siempre criticó al círculo que rodea al Presidente por su falta de pedigree político. Son de "razas" distintas. Unos, intelectuales, académicos y con vínculos con empresas y organismos internacionales. Los K autopercibidos como militantes con poder territorial con dependencias y compromiso político. Los unos se creen mejores que los otros. A la inversa también. Terció Massa que como dijo peyerotivamente CFK, "es el jefe del Frente Renovador, podría haberlo elegido a él en 2019".

También Mario Secco en Ensenada lo dejó bien claro. "Si hoy gobierna el peronismo es por una decisión de esta mujer", gritó y advirtió a viva voz: "Los kirchneristas tenemos mucho para decir, fuimos los que más aportamos, los que más luchamos para volver". Con la renuncia de Guzmán -empujada por Cristina pero también por la falta de muñeca de Alberto Fernández- el kirchnerismo intentó asumir, en alianza con Massa, la conducción política y el rearme de la gestión. Pero además de la negativa presidencial el mismo hombre que abrió la sangría de renuncias post PASO es quien resiste. Eduardo Wado de Pedro no quiere dejar Interior. Y De Pedro como en septiembre del año pasado, es Cristina.

La pregunta es entonces si el diálogo sirvió.

LAS CAIDAS 

La saga de caídas en el gabinete fue una sucesión de desaciertos. Nunca alcanzaron para la política las decisiones que tomó el Presidente. Tuvo trece cambios desde que asumió.

Martín Guzmán se fue prometiendo trabajar por una patria más justa, libre y soberana. Se entiende su encono con el kirchnerismo y es obvio por qué mandó la renuncia a la hora del discurso de CFK. Lo que no se entiende, como ocurrió con Kulfas, es la herida mortal que provocó al Presidente que no tenía ni siquiera una opción de reemplazo. Cinco días antes el ex ministro respondía a regañadientes en Radio con Vos, que la continuidad de todos los funcionarios depende de la decisión del Presidente y se molestaba por que le preguntaran si podría renunciar. 

Matías Kulfas renunció a Producción después de meter la pata con un off. No lo pudo respaldar el Presidente pero el funcionario se vengó: dejó una carta incendiaria de diez páginas y la sospecha de nuevos hechos de corrupción.

Marcela Losardo se fue, cansada, y cascoteada por el kirchnerismo.


La primera que a la que perdió fue a María Eugenia Bielsa cuyo ministerio de Hábitat y Vivienda tardó en ponerse en marcha. La subió, la bajó y la estigmatizó en el gabinete. No la ayudó a volver con la cabeza en alto a Santa Fe.

A Agustín Rossi, también santafesino, lo echó, por televisión, al decir que todo ministro que fuera candidato debía renunciar. El entonces ministro de Defensa fue el único que tuvo ese gesto. Sólo volvió porque no guardó rencor. 

Felipe Solá es el caso emblemático. Lo hizo llamar por Santiago Cafiero para pedirle un paso al costa. "¿Para quién?", preguntó el entonces canciller a punto de bajar de un avión en Máximo. "Para mí", respondió Cafiero. Alberto Fernández nunca más llamó a Solá y apenas mandó algún amigo en común a sondear su estado de ánimo. Justo a Solá que fue uno de los primeros en bajar su candidatura presidencial aquel 18 de mayo en que CFK anunció la fórmula que integraría con el actual Presidente.

A su amigo Ginés González García lo entregó, "con dolor". Tras el escándalo por el vacunatorio VIP se fue el ministro de Salud por un hecho evitable que causó el mismo daño político que la fiesta de cumpleaños de Fabiola Yañez en Olivos, fiesta que el Gobierno negó hasta que aparecieron las fotos. 

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