ANÁLISIS

Un desgobierno es peor que un mal gobierno

De todos los problemas con los que uno se encuentra cuando se mira el escenario político argentino con ánimo de entenderlo, quizá el más preocupante es el de no poder despejar dudas esenciales: quién conduce y hacia dónde estamos yendo. Y quizá el motivo por el cual nos encontramos con ese nivel medular de incertidumbre es porque la existencia del Frente de Todos se está volviendo cada vez más difícil de explicar. Es allí cuando resuena en nuestros oídos aquella recomendación de Bertolt Brecht de que cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad.

El ejercicio del poder tiene dos dimensiones esenciales que surgen de hacerse esas dos preguntas centrales: ¿quién conduce? y ¿hacia dónde vamos? Esas dos dimensiones, conducción y rumbo, son centrales para entender la naturaleza de todo proceso político, y eventualmente pronosticar el destino de la dinámica política en curso.

Lo curioso de ese abordaje sugerido para la comprensión del escenario actual es que, si en diciembre de 2019 ya había dificultades para responder esas dos preguntas, esas dudas no solo persisten casi dos años después, sino que se han ido acrecentado con el pasar del tiempo. Al interrogante respecto del rumbo del Gobierno, le hemos ido agregando una incertidumbre creciente, y más preocupante, respecto de quién está realmente a cargo de la nave.

La afirmación de que falta claridad sobre el rumbo del Gobierno no es muy difícil de defender. Martín Guzmán se cansó de señalar que el Presupuesto 2021 era su hoja de ruta, "un esquema integral macroeconómico de transición entre el lugar en el que hoy se encuentra la economía argentina y el lugar al que queremos llevarla". Pero esa hoja de ruta que contemplaba una inflación de 29% para el año en curso, quedó desdibujada con una inflación que será largamente superior al 40% este año. Ni el Presidente ni el ministro de Economía han presentado un programa económico de referencia para conocer cuáles son los parámetros que guían la política económica.

Y todo ello sin mencionar la sensación que nos dejó que las dos figuras con mayor responsabilidad de definir la política económica del país (el Presidente y el ministro de Economía), no pudieron imponerle a un Subsecretario (Federico Basualdo) el criterio que ellos creían más conveniente para administrar la política tarifaria de la electricidad en el país.

Pero a la falta de claridad en el rumbo hay que agregarle, la falta de claridad respecto de quién conduce. Si entendemos a la gobernabilidad como la capacidad de todo Gobierno de formular e implementar políticas públicas, es curioso porque a este gobierno del Frente de Todos no es la capacidad de implementar decisiones (gobernabilidad externa) la que le falla, sino la capacidad de tomar decisiones (gobernabilidad interna).

Este ha sido un Gobierno que ha contado con recursos políticos para implementar decisiones. Salvo las iniciativas judiciales, el resto de las medidas que quiso implementar las ha podido ejecutar. Los problemas para este Gobierno han sobrevenido a la hora de tomar decisiones.

Desde el comienzo de ciclo, a esta coalición le ha costado tomar decisiones. Todo debe ser sometido al imperio y voluntad de los equilibrios internos. El propio Presidente se jactaba, al comienzo de su ciclo, de que debía repasar designaciones de funcionarios de segunda y tercera línea para controlar que se respetaran los equilibrios internos. Incluso cuando hubo que producir cambios en el gabinete, las decisiones se prolongaron en el tiempo (Justicia, Transporte, etcétera) más días de lo que deberían haber llevado. Las dificultades para tomar decisiones fueron produciendo una suerte de tendencia a la procastinación muy marcada en este ciclo.

La falta de centralidad en el proceso de toma de decisión, producto de la falta de autoridad del Presidente para resolver en última instancia los asuntos, han reducido la velocidad con la que el Frente de Todos ha venido administrando la crisis económica y sanitaria, y ello ha afectado los resultados de gestión.

Pero el problema no sería tan grave si lo puede solucionar el tiempo. Si solo fuera cuestión de esperar una cumbre de Alberto y Cristina para resolver los temas, el asunto se demoraría, pero se podría solucionar. El problema es que últimamente no queda claro (o queda cada vez menos claro) si en aspectos centrales de la gestión (como el acuerdo con el FMI), no estamos teniendo un problema aún mayor: la falta irresoluble de acuerdo entre Alberto y Cristina.

Un problema mayúsculo si pensamos que un Presidente debilitado por el resultado electoral y una Vicepresidenta imposibilitada de conducir formalmente la coalición de Gobierno pudieran bloquearse mutuamente la capacidad de decidir por su cuenta.

Por todo ello, no es solo la falta de rumbo lo que preocupa, sino la sensación de que podemos estar en presencia de una coalición a la que le cueste ponerse de acuerdo respecto de hacia dónde hay que ir, porque ya los "costos por asumir" para cualquiera de los caminos transitables, hace que cada uno de los actores maximalice sus pretensiones antes de facilitar un acuerdo.

Este Gobierno enfrentaba complejos desafíos contrapuestos al inicio de su ciclo. Había que atender demandas sociales urgentes, al tiempo que había que terminar de corregir los desequilibrios macroeconómicos que habían originado la crisis iniciada a mediados de 2018. La pandemia y la mala gestión agigantaron los desafíos, al tiempo que la coalición de Gobierno se ha venido debilitando. Con este cuadro, no hay más lugar para la hipocresía. En definitiva, va llegando la hora de que en el Frente de Todos se pongan de acuerdo hacia dónde ir y que definan quién conduce, porque más preocupante que un mal gobierno, es el desgobierno.

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