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Mientras el tiempo corre, el Gobierno prueba nueva hoja de ruta con el FMI

El escenario de negociación con el FMI que enfrenta hoy el Gobierno no se parece en nada a lo que habían imaginado Alberto Fernández y Martín Guzmán después de perder las elecciones de noviembre. La ronda de diálogo llevada adelante en Washington, junto a los innumerables contactos del ministro de Economía (e incluso el primer mandatario) con altas autoridades del organismo y de sus principales países miembros, dejó como evidencia que el hueso será bastante más duro de roer. El Presidente sabe que necesita acordar una refinanciación de la deuda pendiente de u$s 44.000 millones antes de que termine febrero, porque no tiene recursos para pagarla de otra manera. Y para complicarla un poco más, prometió en público que su contenido iba a ser discutido con la oposición. Y luego, ante su Vicepresidenta, aseguró que el consenso al que se arriba no implicará un ajuste. Como si fuese poco, un revés en el nuevo Congreso lo dejó si Presupuesto 2022.

Vamos por partes. En el discurso grabado que se emitió el 14N, el Presidente adelantó que enviarían el Congreso un plan económico plurianual, que contendría los "mejores entendimientos" a ser alcanzados con el FMI. Cuando asumieron los nuevos legisladores, en diciembre, el Ejecutivo priorizó la votación de la ley de gastos, pero no tuvo número para conseguir su sanción. De hecho, el jefe del bloque oficialista, Máximo Kirchner, desafió a los opositores y sin medir demasiado las complicaciones políticas y fiscales, llamó a votar por sí o por no. Ganó el rechazo, y con ello, el imperativo legal de que ese proyecto no puede volver a ser tratado por al Congreso.

Desde ese momento, el denominado plan plurianual fue perdiendo impulso. En primer lugar, porque el Poder Legislativo se había convertido en un ámbito hostil para el oficialismo. Y en segundo, porque no consensos para poner por escrito. De hecho, el comunicado final de la ronda negociadora de Washington subrayó la necesidad de que los supuestos macroeconómicos fuesen realistas, algo que la mayoría de los analistas cuestionaba de las metas del Presupuesto para ese año.

La evaluación que el FMI hizo del acuerdo de Macri (conocida antes de la Navidad) ratificó parte del discurso que el Gobierno usó para castigar a la anterior gestión, pero no liberó de piedras el camino del acuerdo. Por el contrario, demostró que el staff esta vez iba a ser menos generoso a la hora de aceptar concesiones.

Con todo este combo entre manos, la Casa Rosada cambió la hoja de ruta. Busca ahora el apoyo de gobernadores, empresarios y sindicalistas, para tratar de ablandar un poco a Washington. El tiempo corre para todos. Ya no habrá plan plurianual previo para discutir. Lo que pueda ser, será. Como diría Pablo Gerchunoff, la Argentina depende, una vez más, de una moneda que está en el aire.

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