
Se han dado a conocer los nombres de las personas más ricas del mundo. En el ranking elaborado por Bloomberg conocido hace pocos días, encabeza esa lista (una vez más) Elon Musk (fundador de Tesla, Starlink, SpaceX) y lo siguen Larry Page (presidente de Google), Jeff Bezos (fundador de Amazon), Larry Ellison (fundador de Oracle), Sergei Brin (cofundador de Google) y Mark Zuckerberg (presidente de META). Entre los 10 más ricos, luego, aparecen Steve Balmer (Microsoft) y Jensen Huang (Nvidia).
La lista muestra a quienes más dinero han generado en función del valor creado en sus empresas. Y los resultados nos llevan a una conclusión definitiva: se ha consolidado la nueva economía. Esta nueva economía se caracteriza por estar liderada por empresas mundiales, crear valor sobre la base del desarrollo de intangibles, premiar la innovación, funcionar en redes (ecosistemas) y ser “borderless”.
En tiempos en los que Argentina se encuentra frente a un cambio de matriz económica (que incluye la apertura y la reinserción internacional) por las diversas reformas en proceso de implementación, es crítico atender a las cualidades de una economía mundial que poco tiene que ver con la de hace un decenio.
Los nombres reconocidos no son sino el reflejo del nuevo tiempo. Hace unos años Dorothy Neufeld publicó un trabajo basado en aportes del Edelson Institute en el que explica que estamos cursando la “sexta ola de la innovación mundial”. Califica las olas sobre la base de las tecnologías predominantes (en la cuarta, a principios del siglo XX, la petroquímica, la aviación y la electrónica; en la quinta, a fines del siglo XX, las redes digitales, el software y la “new media”) y entiende que la actual (iniciada hace pocos años) se basa en la inteligencia artificial, internet de las cosas, robots y drones y tecnologías limpias. Explica que cada ola es mas corta en su duración que la anterior y que en la sexta se están redefiniendo modelos de negocios, procesos de producción y de consumo.
Este tiempo ha cambiado la definición de competitividad, desde “poder competir contra” hacia “ser competente para”, en la medida en que las disrupciones, la innovación, la constante creación de lo nuevo; se conjugan con la formación de arquitecturas vinculares (como las llama John Kay) que permiten la creación de redes funcionales.
Esta nueva economía es profundamente internacional. Así, pese a que ciertos países están implementando restricciones al comercio, la revolución suprafronteriza de las nuevas tecnologías prevalece, y está liderada por las empresas mundiales. Estas empresas mundiales son intrínsecamente supranacionales, han logrado una capitalización inusitada, concretan más negocios que nunca antes y trabajan sobre redes (conformando los “ETI”: ecosistemas trasfronterizos integrados) en las que eligen mercados y clientes, pero también socios.
En realidad, es una época en la que la globalización ya no está motorizada por los contenedores sobre los barcos (que siguen transitando a pesar de todo, por otra parte) sino por una profunda globalización de la vida humana, interpersonal e individual.
Lo que lleva a redefinir la relevancia y el poder de estas empresas mundiales que, por eso, logran capacidades que las hacen resilientes frente a ciertas restricciones que imponen la política y la geopolítica (que no pueden impedir que en 2025 el comercio internacional planetario haya llegado al récord mundial de 35 billones de dólares, según UNCTAD).
Esto ha llevado al futurista Jamais Cascio a afirmar que el mundo ya no vive une era “VUCA” (que significa, por las iniciales de 4 palabas en idioma inglés: volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad) como ha venido viviendo en los últimos años; sino que ahora transita una etapa “BANI”, que por sus siglas en palabras en idioma inglés significa frágil, ansioso, no lineal e incomprensible.
En la Universidad de Columbia, la destacada profesora (experta en estrategia de empresas) Rita G. McGrath expresa, entonces, que las empresas han arribado al “fin de las ventajas competitiva” y que los atributos para el éxito son hoy el oportunismo, la flexibilidad, el aprendizaje constante y el descubrimiento. Haciendo que se modifique el concepto de estrategia empresarial para llevar a las compañías a una actitud adaptativa frente al cambio constante implementando la “Discovery driven strategy”.
Una conclusión que puede obtenerse de descubrir quiénes son las personas más ricas del mundo es que ellas no lo son por obra de la suerte sino por crear una nueva encomia y novedosas formas de concebir el valor.
Y ese valor ya no se obtiene en la producción/manufacturación convencional sino sobre intangibles (como enseñan Jonathan Haskel y Stean Westlake en su obra “Capitalism without capital”, título que se refiere a la existencia de un sistema que crea valor más allá del capital físico, en activos como el conocimiento, los datos y su utilización sistémica para la construcción de conocimiento, el saber aplicado, las marcas, la propiedad intelectual, los nuevos modelos de organización -capital organizacional-, los modelos de liderazgo novedosos, el software, el capital intelectual).
Lo que lleva Lincoln Anthony a señalar que ya hemos superado la “economía del conocimiento” para insertarnos en la economía de la innovación, que se apoya en la introducción de nuevas ideas, productos, servicios o procesos (innovación) para impulsar el crecimiento económico, el desarrollo y el bienestar social. El tiempo de cambio global, por ende, nos interpela ante el tiempo de cambio local. Un proceso de adaptación es inexorable.
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