La recurrencia de los cisnes negros

Hace pocos días, Israel fue víctima del terrorismo. Otra vez un conflicto lejano como el de Ucrania, pero cercano desde el dolor, la incomprensión y la incertidumbre. Y aunque nos sorprenda, ya se conocen los primeros efectos económicos del ataque de Hamas: el aumento del crudo está en las primeras planas de los diarios con el consecuente temor a una nueva alza inflacionaria.

Hasta hace apenas un par de semanas, la matriz de riesgos geopolíticos -pese a tener cerca en la retina el Covid y la guerra en Ucrania- ponía el foco en posibles eventos no previstos de gran impacto de diversas índoles, muchos de ellos producto de dinámicas de segundo orden o efectos potenciales de las disrupciones recientes.

La ciberseguridad, la volatilidad financiera, la crisis alimentaria y la carrera armamentística subieron varias posiciones en la lista de eventos a seguir y en la definición de estrategias de cobertura.

El 2024 a la vista: ni la regla ni la excepción

En otro orden, la agenda que se abre por derivaciones del cambio climático, o temas asociados a las nuevas tecnologías, impacto de la inteligenica artificial y la concentración del poder digital, aparecen como vectores fundamentales de los próximos años.

Pero cuando hablamos de cisnes negros, no es solo con relación a algo extraordinario que se sale de la lógica y pasa muy de vez en cuando, sino especialmente a aquello que no vemos venir, que no dimensionamos en su magnitud y que su probabilidad de ocurrencia no está relacionada a un hecho reciente de similar envergadura.

Un nuevo conflicto bélico de gran escala como el que nos despertó este sábado compromete la estabilidad de toda una región y en un mundo interconectado, dispara sus secuelas hacia el resto del planeta, no sólo económicas y políticas, sino también culturales.

Otra vez el mundo se tiñe de incertidumbre. Es más difícil prever lo que vendrá, volver a rearmar escenarios y estrategias, y fundamentalmente bajar la exposición al riesgo creciente. El corto plazo se vuelve cuestión de minutos y las expectativas deben contemplar infinidad de opciones ya que ninguna es ilógica y ninguna es certera.

Es en este punto donde nuevas lógicas que emergen cobran mucho más sentido. Debajo de la superficie del caos, en las capas donde se tejen los proyectos y se moldean nuevas formas de organizar y producir, vemos como se fortalece un nuevo paradigma ecosistémico. Colaboramos, escalamos, mejoramos, ya no cómo empresa, sino cómo una red que encuentra en la tecnología y en los liderazgos la manera de hacer posible aquello que hasta hace poco no hubiéramos ni siquiera pensado y que, además, está dispuesto a gestionar las turbulencias del presente.

Ecosistemas dinámicos, un puente hacia el futuro

En este nuevo orden o, mejor dicho, desorden mundial, las empresas también recalculan, se redefinen, y en lugar de depender únicamente de estructuras jerárquicas tradicionales, buscan establecer relaciones y alianzas estratégicas con otras compañías, startups, proveedores, clientes y comunidades. Estas colaboraciones crean un ecosistema que les permite aprovechar sinergias y recursos complementarios generando mejores resultados cuando se acompañan de políticas públicas.

La macro, la micro y la metáfora de la tortuga

Aprovechar las sinergias sectoriales y el abordaje de las tendencias en común como sustentabilidad, transición energética, digitalización, regulación y requerimiento de habilidades de RR.HH., en un entorno de creciente complejidad y dinamismo de los entornos empresariales, contribuye a la creación de valor capturando las oportunidades que se presentan cuando alejamos la mirada y lo analizamos bajo la lupa de un ecosistema.

Los disparadores son múltiples con ganancias de valor, tanto en lo intangible como tangible, y potencian aspectos claves de las compañías. Por un lado, la innovación al reunir a diferentes actores con diversos skills y perspectivas, fomentan la colaboración y la generación de ideas innovadoras. Esto impulsa el desarrollo de nuevos productos, servicios y modelos de negocio, promoviendo el crecimiento y la competitividad empresarial.

A su vez, el acceso a recursos y capacidades complementarias que permite a las organizaciones llegar a recursos, capacidades y conocimientos que no poseen internamente. Por ejemplo, la asociatividad con startups tecnológicas para aprovechar su experiencia en Inteligencia Artificial o análisis de datos. Esto amplía las capacidades de la empresa y le permite ofrecer soluciones más completas y a sus clientes. También mayor agilidad y adaptabilidad, diseñado para adaptarse rápidamente a los cambios del entorno, proporcionando a las empresas una mayor flexibilidad y capacidad de respuesta ante los desafíos y oportunidades emergentes. Por ejemplo, en un ecosistema de fabricación colaborativa, las empresas pueden ajustar rápidamente su producción para satisfacer cambios en la demanda del mercado.

Mindset Latam: lo bueno, lo malo, lo feo

Colaborar con otras organizaciones en el ecosistema, abre un abanico de oportunidades para aprovechar su alcance y experiencia en diferentes segmentos de mercado, permite expandir la base de clientes y aumentar la presencia global. Además, se logran reducir costos y riesgos asociados a nuevas iniciativas al compartir recursos y capacidades con otros miembros, o bien acelerar la escalabilidad de las operaciones al contar con la infraestructura y la experiencia del resto de los miembros del ecosistema.

En tiempos de desconcierto e incertidumbre, las alianzas que se constituyen en los ecosistemas no sólo logran expandir las fronteras de negocios, un mejor entendimiento de las demandas y una adaptación más veloz a los cambios, sino que, al mismo tiempo, logran generar relaciones, compañía y sobre todo, confianza.

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