OPINIÓN

La macro y su entuerto al final de un año bisagra

El episodio del cierre intempestivo, propio de una tragicomedia de enredos, de la discusión del Presupuesto 2022 hubiera sido inimaginable un año atrás. En ese entonces el debate era si iba o no iba a haber límites al peligroso dominio legislativo absoluto que se perfilaba en la Argentina. La elección del 12 de septiembre cambió todo y cerramos lo que es, en retrospectiva, un año bisagra. La pandemia y los muertos han participado también en este cambio, como ha ocurrido en otros países. Hoy el único camino que se insinúa es transicional hacia otro gobierno y está mediado por la renegociación del perfil de vencimientos con el FMI, bajo el paraguas de un acuerdo de facilidades extendidas.

Esta es la esencia para entender la macro y su entuerto, que es el de navegar inexorablemente una estanflación estructural iniciada una década atrás. La combinación del resultado de la elección de septiembre y el acuerdo con el FMI despejan, "limpian" por así decirlo, el riesgo de ir a un evento hiperestanflacionario. Esto es mucho, pero no lo suficiente como para reencausar la economía hacia la estabilidad.

La caída del Presupuesto 2022 es una buena noticia porque va a permitir reescribir el mismo bajo premisas más realistas y bajo el paraguas del avance del acuerdo con el FMI. También va a permitir ejecutar una política de caja más austera, que no es deseable como régimen permanente, pero que va a ayudar a señalar alguna voluntad de consolidación fiscal, que es lo opuesto a las modificaciones que el gobierno quiso introducir la semana pasada. También para mostrar una operación de reducción de subsidios sólida y que sea más poderosa y esté basada en prácticas validadas en otros países.

Pero no nos engañemos. El problema de la economía argentina es complejo y el acuerdo con el FMI por sí solo no va a poder sacar a la economía de la trampa estanflacionaria. En estas condiciones la Argentina no está en condiciones de pasar -en este contexto transicional- el test de un DSA (Debt Sustainability Analysis) sostenible. La razón es que a menos que exista un cambio de régimen económico más sólido y creíble la Argentina no tiene crecimiento por delante. Podrá describir ciclos en la tasa de crecimiento como los que ha mostrado desde 2011, pero no una tendencia compatible con la sostenibilidad. Si en 2022 volvemos a crecer va a ser la primera vez en mucho tiempo que lo hacemos dos años seguidos, lo cual es un indicio de nuestro estancamiento estructural.

El problema es que el FMI no tiene como procesar bien esta situación. Su modus operandi habitual requiere consistencia, es decir que se tomen medidas que muestren que se pasa el rigor de DSA. Y esas medidas no podemos esperar que sean viables en esta transición. No con esta coalición oficial. El pedido del FMI, y la aceptación por parte del Gobierno, de buscar un plan plurianual con apoyo de la oposición suena a un verdadero ejercicio de expresión de deseos frente a lo que vimos la semana pasada. La grieta es algo que el FMI debería entender mejor. ¿O acaso iría a Chile a pedir que gobierno y oposición se pongan de acuerdo, cuando sabemos que eso es imposible? Estamos en América Latina, nosotros como un caso agravado.

Con este baño de realidad enfrente, que incluye saber que un país en semejante trampa de estanflación y con esta configuración político-social no puede ofrecer un DSA sostenible, el FMI va a tener que hacer una oferta de apoyo bastante generosa y con fondos o DEG de terceros para reforzar reservas, pero condicional a que la Argentina muestre que va por un camino de cooperación. Cooperación es la palabra clave. De ambos lados.

La salida del régimen estanflacionario es otro baile distinto. Es una operación político-económica que recién va a poder empezar a insinuarse como factible en 2023, cuando la transición ya sea una realidad. Requiere resolver vacíos que deben llenarse en la configuración macro-político-institucional de la Argentina, no es una novedad esto. La economía argentina se quedó huérfana después de la crisis de 2001 de un esquema cambiario-monetario que anclara las expectativas, lo cual pudo ser transitoriamente ocultado bajo el tremendo efecto del boom de commodities con el despertar económico global de China en la primera década de este siglo. Esto condujo a un salto espectacular concomitante del gasto público que no pudo ser financiado a los niveles de productividad subyacentes de la economía, reforzando la ruptura del "pacto fiscal" y el agravamiento de la inestabilidad macro y la pobreza.

Estamos pagando la cuenta de esos errores. Este patrón ha cruzado a gobiernos de distinto signo en la última década, porque se trata de un fenómeno estructural, no bien entendido o aceptado. Depende sólo en parte de la orientación del gobierno o de su "función" de respuesta de política económica frente a shocks, la que sin embargo puede agravar mucho el cuadro de situación si se hace mal. Un ejemplo de esto último es la negativa, real o gesticular, de una parte de la coalición del gobierno de hacer un acuerdo cooperativo con el FMI.

Recomponer el esquema macro-fiscal y cambiario-monetario ya requiere mucho esfuerzo e ideas que todavía no están disponibles para su implementación. La oposición todavía no las tiene y esto, para colmo, va a formar parte del debate político interno en la puja presidencial. Al mismo tiempo, para restablecer la salud de la parte real de la economía hay mucho, y distinto, para pensar en materia de reformas inteligentes y sostenibles.

Estas son, en realidad, "recontra-reformas" porque tienen que venir a ofrecer una respuesta a las contra-reformas que a su vez reemplazaron a comienzos de los 2000 las reformas pro mercado de los 90. Este ejercicio, no se entendió ni se hizo bien en 2015/16, no precisamente porque faltara gente inteligente y capaz. Esta vez va a tener que ser muy creativo y creíble, lo cual implica mostrar sostenibilidad político-social. Es de esta operación, esencialmente política, de donde va a emerger la sostenibilidad que hoy no está disponible. Y ésta va a ser la batalla más digna de pelear y apoyar para reencontrar la estabilidad económica perdida.

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