ANÁLISIS

La lógica política del acuerdo con el Fondo

A pesar de los esfuerzos discursivos de Martín Guzmán y de que representa un elemento crítico para el futuro de la economía argentina, sigue sin haber novedades concretas del acuerdo con el FMI. Las definiciones se postergan y el discurso que baja desde el gobierno muestra cada vez menos optimismo. Esto genera incertidumbre y aumenta el temor de los mercados, tal como lo refleja el recalentamiento del Riesgo País (que ya supera los 1900 puntos) y la perdida de valor de los activos argentinos.

Al margen de los pasos equívocos y los errores cometidos, el camino transitado hasta ahora permite suponer que la intención del gobierno siempre fue la de alcanzar un acuerdo. De otra manera, no se explicaría porqué cumplió con todos los pagos, a pesar de la situación crítica en la que se encuentran las reservas (en 2021 la Argentina pagó u$s 5160 millones al FMI, según las cifras de Cristina Kirchner). Sin embargo, el acuerdo no avanzó porque los costos implicados son percibidos como demasiado altos e imposibles de sustentar al interior de la coalición. En este sentido, Kirchner y su núcleo duro representan puntos de veto en el FdT que impidieron hasta ahora alcanzar un entendimiento dentro de los márgenes de negociación existentes.

Tal como está configurado el actual escenario, Guzmán intenta acercar posiciones y mantiene la negociación abierta a la espera de que alguna de las dos partes ceda: que "afloje" el FMI o que lo haga Cristina. Esto último no parece estar ocurriendo. De hecho, con Santiago Cafiero en Washington, intentando destrabar las negociaciones, la Vicepresidenta publicó una nueva carta atacando al FMI. Mientras tanto, lo que se escuchó durante estos meses fue la "sarasa" del ministro de Economía: promesas, incumplimientos y nuevas promesas; plazos diferidos una y otra vez; justificaciones absurdas; y acusaciones a actores locales e internacionales. La importancia de la "sarasa" no debe ser subestimada, porque fue la estrategia que el gobierno desplegó para ir ganando tiempo. Ex post es indudable que dilatar tanto el acuerdo fue un inmenso error y las negociaciones se podrían haber encarado de una manera distinta.

Sin embargo, esta es una perspectiva ideal que no tiene en cuenta los obstáculos y limitaciones que tenía y sigue teniendo Guzmán. Al margen de cuales sean sus intenciones, el ministro debe lidiar con el hecho de que hay eventuales "acuerdos" que no son tolerables para los miembros de su coalición. Como este veto interno hasta ahora parece no diluirse, el discípulo de Stiglitz (cuyos elogios desmedidos sirven de poco) aspira a que sea el staff del FMI y en especial su accionista mayoritario, Estados Unidos, quienes terminen cediendo.

Los últimos movimientos en materia de política internacional y el despliegue del "policía bueno y el policía malo" intentan acoplarse a este propósito: mientras Cafiero le recuerda al secretario de Estado, Antony Blinken, que la Argentina tiene voluntad de mantener un buen vínculo su gobierno y de acordar con el FMI; se confirmó que el presidente Fernández realizará en febrero una gira por China y Rusia, sumado a que el mandatario acaba de asumir la presidencia de la Celac, un organismo crítico de Estados Unidos. El mensaje enviado a Washington parece decir: la Argentina recibe el beneplácito que necesita para acordar o se terminará de concretar el giro hacia China y Rusia. Esta opción probablemente no brinde una salida económica (a esta altura, quienes soñaban con un salvataje chino ya han dejado de ilusionarse), pero sí una alternativa geopolítica para intentar ampliar la capacidad de negociación. Puede que sea un intento desesperado, pero son las últimas cartas por jugar.

La negociación entra ahora en el tramo final de un partido de básquet: un momento en el que ya no hay margen de error. Lo hecho hasta ahora, bien, regular o mal, importa poco y lo que pase de acá en adelante definirá el éxito o el fracaso del acuerdo, sus características y eventuales efectos sobre la economía. Si la posición negociadora argentina no logra que alguna de las dos posiciones ceda entonces podría ocurrir lo que muchos temen: el default, o a lo sumo un waiver, que permita ganar algo de tiempo, hasta que nuevamente no haya más opciones.

El escenario de default sin duda es dañino para ambos. No por lo que dice Guzmán respecto a que "el FMI puede perder legitimidad" sino por cuestiones estrictamente materiales: ningún prestamista puede ver con buenos ojos que su principal acreedor deje de pagarle. Y es nocivo para el gobierno por las consecuencias presumibles que la noticia generará: deterioro del clima de negocios, caída (aún más profunda) de la inversión, mayor tensión cambiaria y cierre de las pocas vías de financiamiento que le quedan al país (como el financiamiento comercial).

En el fondo, el Gobierno termina estructurando esta negociación bajo la forma de un "juego de la gallina" entre Cristina y el FMI. Por el lado del FMI, ceder puede implicar la solución más fácil a corto plazo, pero generaría problemas hacia adelante: concesiones especiales que pudiesen otorgarse a la Argentina serán reclamadas por el resto de los países que tengan que renegociar sus deudas (y lamentablemente puede que sean muchos en el futuro cercano). A su vez, un cierre de las negociaciones basado en puntos intermedios parece no ser una opción para el kirchnerismo duro, ya que la discusión no es meramente económica. Por el contrario, es principalmente política.

Cristina despliega una batalla simbólica, con la convicción de que solo una victoria manifiesta le permitirá conservar su reputación. Ni siquiera se trata de una cuestión electoral: según un sondeo de D'Alessio IROL - Berensztein, el 90% de los argentinos espera que se concrete un acuerdo (entre los votantes del FdT la cifra sigue siendo muy alta: 85%). No es entonces una discusión material ni tampoco electoral. Lo determinante son los componentes ideológicos y principistas del kirchnerismo, que se entrelazan en la negociación y constituyen un obstáculo mayor. Si se priorizan estos elementos por sobre la racionalidad económica, entonces el desenlace de este juego de gallina puede ser una fuerte colisión.

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