La Benjamin Button de los negocios

Una reflexión en torno a las tarjetas personales, las tipografías y Steve Jobs.

"Si creés que perdiste con el cambio tecnológico o con la pandemia, pensá en las tarjetas personales", Elon Musk, a su hijo X Æ A-12.

- Por favor, Nahuel, en esta hoja están los domicilios y teléfonos celulares de todos los empleados. Cargalos uno por uno en el formulario de la imprenta, pedile las muestras y mandáselas por fax a los empleados para que las verifiquen. Una vez que estén todas bien, encargá cien tarjetas personales para cada uno, pero tené cuidado con la calidad del papel. Las de todos los que tengan un asterisco al final del código postal, que sean en papel económico porque son de los que les dio mal la evaluación de desempeño y puede ser que en la próxima reestructuración no queden. Asegurate, también, de que vengan en esas cajitas de plástico transparentes. Sirven para los clips.

Éste es el primer trabajo para Nahuel. Con 22 años, terminó su carrera de Recursos Humanos más rápido que muchos de sus compañeros. Tal vez habría preferido no estudiar y dedicarse a programar, lo que realmente le apasiona, pero es muy difícil ir en contra de lo que opinan en su familia. Tanto, que ni siquiera lo pensó mucho. Eligió la carrera, como todos, porque quiere mejorar el mundo a través de ayudar a la gente en las empresas. Estaba -y aún está- convencido de que es lo más importante. "Sin sus empleados, una empresa es una cáscara vacía", le había dicho un profesor que, claramente, no tuvo una empresa en el siglo XXI.

Nahuel sabe que, en donde trabaja, tiene que pagar derecho de piso, que tiene que mantenerse callado sus primeros meses, mostrarse predispuesto, asentir. Pero se niega a obedecer textualmente, aún sabiendo que, si su abuela Anna se enterara, se enojaría bastante.

Si todas las innovaciones surgen de actos de desobediencia y las empresas necesitan las primeras, ¿por qué no premian las segundas?

Como no sabe usar la máquina de fax, toma una decisión rebelde con su cabeza de programador: les mandará por Whatsapp a cada uno una foto de sus datos, para que verifiquen si está todo bien. Sabe que así ahorrará dos o tres minutos por persona -tres horas de trabajo en total.


El ahorro de tiempo es la base de la fortuna -aunque a veces lo confundamos con vagancia.

Nahuel empieza a buscar estadísticas de uso de tarjetas personales en el mundo, convencido de que podrá convencer a otros de que el mundo cambió. Él no sabe que, mientras tanto, se gesta una fuerte reprimenda en su contra por desobedecer la clara orden de mandar un fax. "El whatsapp no sirve como documento legal", le dirían.

Las organizaciones generan anticuerpos de todo tipo contra el cambio, sin saber que eso es el cáncer que las matará.

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- Lo quiero como extrudado, con relieve -trataba de usar las palabras precisas, para que pareciera que tenía mucha experiencia, pero era mi primera vez.

- Relieve, opalina de 90 gramos, "Leonardo José Piccioli - Licenciado en Economía", ¿agregamos el teléfono? Tengo justo espacio para seis dígitos.

Una lapicera con pluma y cien tarjetas personales, el regalo de graduación que me hicieron mis padres.

No me llamó la atención que ni me preguntara la tipografía. ¿Alguien sabía en el siglo XX lo que era esa palabra? ¡Todas las letras son iguales!, habría respondido. Eso sí: antes de terminado el siglo aprendería que la serifa, esa patita extra que tenían las mayúsculas de mi tarjeta, viene del labrado en mármol de estatuas y tumbas de hace miles de años. Por suerte, alguien -un monje, que no era el que no llegó a tener una Ferrari- escribió el libro Origen de la serifa, en 1968. ¿Qué imagina el lector que pensó Steve Jobs cuando, a pesar de dejar los estudios en Stanford, fue como oyente a la materia "Caligrafía", dictada por un monje trapense?

  1. Un día voy a cambiar el mundo con el diseño, y las tipografías son parte de eso.

  2. Hay una chica o un chico que me gusta mucho en esta clase.

  3. Quiero unirme a la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, y el profesor me va a invitar.

  4. ¡Wow! ¡Esta clase sí que vale la pena, es divertida e interesante!

En 1994, veintidós años después de la incursión de Jobs en la materia de "Caligrafía", con mi tarjetero en el bolsillo, fui a donde trabajaba como consultor -algo que hoy recuerdo más como un juego. Hacíamos planes de gobierno para políticos, así que apenas vi la tarjeta de mi cliente del momento sentí que la mía no era suficiente. La suya tenía el escudo del partido de Moreno en relieve. Solo en relieve, sin tinta. Era perfecta. Y me la entregó con una reverencia y las dos manos, algo que después sabría que era una tradición en Oriente, en donde usaban tarjetas personales hace siglos... O no.

Las tarjetas personales son el Benjamin Button de los negocios: nacieron viejas, se fueron haciendo jóvenes y murieron.

Si pudiéramos viajar en el tiempo y poner las horas que dedicamos a tarjetas en algo productivo...

¿Cuáles son las tarjetas personales que nos chupan tiempo en el siglo XXI?

Esta precuela a "S06E40 ¿Cuándo aprenderás a trabajar duro?" (sí, que también es una precuela) fue inspirada en una de esas encuestas que odiás al entrar a LinkedIn (que repetí hace poco). Si te gustó, suscribite al newsletter "CEO en camiseta". Sale los lunes. Si tenés tarjeta personal, te sugiero que hagas el "Autodiagnóstico (gratuito) de Carrera". Y si querés entrar de lleno al siglo XXI, tal vez el programa exclusivo "Acelera tu Carrera" pueda ayudarte.

Una precuela de una precuela... ¡¡El Benjamin Button de los artículos!!

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